Es una película que habla sobre el paso del tiempo. Sobre el amor, la pasión, el dolor, los sueños, las realidades, la vida y la muerte.
Que no se complica demasiado para dividir el mundo en cosas que están bien y cosas que no, que tal vez separa con una brocha gorda a los buenos de los malos, pero que sin embargo juzga poco.
Una película de personajes completos, vivos, que comparten contigo sus miradas, sus anhelos, sus penas, sus miedos, sus risas.
Es una película que habla de mujeres desde las mujeres, pero para todos, en la que los hombres son buenos y necesarios, guías y apoyos, referencias.
Me gustaría no hacer mucha poesía sobre esta película, pero es una película hecha de poesía, si es que el cine narrativo puede ser alguna vez poético. Cuenta una historia con un principio, un medio y un final.
Juega en los límites que separan la realidad de los sueños.
Tiene una fotografía espectacular de una zona rural que podría ser mi pueblo, o el tuyo.
Bueno, es una película que me ha hecho llorar varias veces. Y que jamás me ha puesto triste. Tal vez porque cuenta el pasado y ayuda a conformar el futuro.
Tal vez porque trata los temas que trata sin miedo, sin guantes, y los acaricia con cariño pero sin pudor.
Yo no puedo evitarlo. Soy una chica fácil. Me gusta el cine fácil. El cine que me mira a los ojos y me cuenta historias sin faltas de ortografía, con inocencia, con candidez, que me dice en la misma frase que la vida puede ser la hostia aunque en realidad es una mierda casi siempre y muy poca cosa a la postre.
La ponen hoy, en la 2, a las nueve y media. Espero que a esa hora no tengáis mucho más que hacer. Sirve para conocerme mejor.
Soñé que paseaba por un extraño bosque de pinos en medio de una llanura desierta. Antes que nosotros, que íbamos de la mano como si estuviéramos enamorados, había pasado un perro enorme que había dejado dibujadas las huellas de sus zarpas gigantes en la arena. Tú tenías miedo y yo me reía. Eran pisadas de perro bueno.
El viento era suave y el sol calentaba, las palabras fluían y se creaba alrededor una sensación de magia, de cosa inverosímil, de milagro irrepetible, tal vez.
A veces merece la pena desactivar la realidad, dormir un rato, para poder soñar cosas así.
El jueves es fiesta. Bueno, no es fiesta pero es un día no lectivo.
Me parece curioso cómo el día de los muertos es considerado un día de fiesta. Me hace recordar la bronca que nos echó la madre de una amiga mía a ella y a mí hace muchos años porque le pedimos que la dejara ir a la discoteca el miércoles o el jueves santo. "Cristo muriendo en la cruz", le dijo, "y tú quieres ir a la discoteca". Menos mal que el parecido de esta santa mujer con la madre de Carrie acaba aquí.
En fin. El caso es que no hay que trabajar. Me levanté el lunes pensando en el puente y hoy me he enterado de que no nos han dado el viernes. No es grave, en el sentido de que los días de puente son regalos que no te mereces, te caen como bienes inesperados, y si son esperados (volvemos a lo mismo), es por un exceso de optimismo del que nadie es culpable. Pero jode porque los alumnos ya han notificado que no piensan aparecer.
De modo que a las nueve de la mañana estaré firmando para dejar que pasen cuatro horas (y tengo suerte, solo son cuatro) sin hacer nada. Estoy cabreadísima con el mundo. Se me ocurre putear a los alumnos, obligarles a venir o algo así, chantajearles o amenazarles con graves consecuencias, pero total para qué. Que disfruten, ellos que pueden. Yo qué sé.
Bueno. Esta chuminada por escribir algo y para que veáis que no solo vosotros os quejáis de vicio. Que puestos a lloriquear cualquier excusa es buena. Menudo día llevo.
La música te reconcilia con el mundo. Os dejo una canción de Tom Waits de su último disco, Orphans. Se titula Long way home.
Long way home
Well I stumbled in the darkness I'm lost and alone Though I said I'd go before us And show the way back home There a light up ahead I can't hold onto her arm Forgive me pretty baby but I always take the long way home
Money's just something you throw Off the back of a train Got a head full of lightning A hat full of rain And I know that I said I'd never do it again I love you pretty baby but I always take the long way home
I put food on the table And roof overhead But I'd trade it all tomorrow For the highway instead Watch your back if I should tell you Love's the only thing I've ever known One thing for sure pretty baby I always take the long way home
You know I love you baby More than the whole wide world You are my woman I know you are my pearl Let's go out past the party lights Where we can finally be alone Come with me and we can take the long way home Come with me, together we can take the long way home Come with me, together we can take the long way home.
El camino largo a casa
Bueno, tropecé en la oscuridad Estoy perdido y solo Creo que dije que iría delante de nosotros Y mostraría el camino a casa Hay una luz ahí adelante No puedo apoyarme en su brazo Perdóname, preciosa, pero siempre cojo el camino largo a casa.
El dinero es solo algo que extravías de la parte trasera de un tren. Tengo una cabeza llena de relámpagos un sombrero lleno de lluvia Y sé que dije que nunca lo haría otra vez Y te quiero, preciosa, pero siempre cojo el camino largo a casa.
Pongo comida en la mesa y un techo sobre la cabeza Pero cambiaría todo eso mañana por la autopista. Vigila tu espalda si te dijera que el amor es lo único que he conocido nunca Una cosa es segura, preciosa, siempre cojo el camino largo a casa.
Sabes que te quiero, nena más que al mundo entero Eres mi mujer Sabes que eres mi perla Salgamos, pasando las luces de la fiesta donde por fin podremos estar solos. Ven conmigo y podremos coger el camino largo a casa. Ven conmigo, juntos podemos coger el camino largo a casa. Ven conmigo, juntos podemos coger el camino largo a casa.
(Ehem. La traducción es mía así que si algún entendido sabe hacer algo mejor que una traducción literal con licencias en los tiempos verbales y tiene tiempo y ganas, pues eso.)
Por lo general procuro no hacerme muchas ilusiones con los planes que hago, intento mantener a raya las expectativas. He aprendido a no esperar demasiado de las personas o de las situaciones posibles, sobre todo porque odio culparlas de decepcionarme cuando, si alguien tiene la culpa de una situación así, es el que se inventa un futuro y después se enfada con la vida, o con el otro, porque esa invención no se cumple.
(Odio ese concepto judeocristiano, la culpa, si algún día tuviera un hijo intentaría educarlo sin la menor mención a él...)
Pero a veces las cosas, sencillamente, salen bien. Se ajustan como un traje a medida a lo planeado, a lo esperado. A ese mapa mental optimista y luminoso que te haces aunque siempre lo remates con el cuervo negro de la frase "... pero también puede ocurrir todo lo contrario".
Hace unos años en televisión se emitió un anuncio en la tele. Era de un coche. El eslógan en español decía: "a veces el mundo se pone de acuerdo".
Y una canción de Fito que he escuchado este fin de semana y que hoy me dice muchas cosas.
(Algo, lo que me invade, todo viene de dentro. Nunca lo que me sacie, siempre quiero, lobo hambriento. Todo me queda grande para no estar contigo. ¿Sabes? Quisiera darte siempre un poco más de lo que te pido. Sabes que soñaré, si no estás, que me despierto contigo. Sabes que quiero más, no sé vivir sólo con cinco sentidos. Este mar cada vez guarda más barcos hundidos.
Tú eres aire, yo papel, donde vayas, yo me iré. Si me quedo a oscuras, luz de la locura, ven y alúmbrame. Alguien dijo alguna vez "por la boca vive el pez" y yo lo estoy diciendo, te lo estoy diciendo otra vez.
Dime, ¿por qué preguntas cuánto te he echao de menos? Si en cada canción que escribo, corazón, eres tú el acento. No quiero estrella errante, no quiero ver la aurora. Quiero mirar tus ojos del color de la cocacola. Sabes que soñaré, si no estás, que me despierto contigo. Sabes que quiero más, no sé vivir sólo con cinco sentidos. Este mar cada vez guarda más barcos hundidos.
¿No estás conmigo siempre que te canto? ¿No hago canciones para estar contigo? Porque escribo igual que sangro. Porque sangro todo lo que escribo. Me he dado cuenta cada vez que canto que si no canto no sé lo que digo. La pena está bailando con el llanto y cuando quiera bailará conmigo. La vida eterna solo dura un rato, que es lo que tengo para estar contigo, para decirte lo que nunca canto, para cantarte lo que nunca digo.)
Leo por ahí a alguien que escribe que, a medida que el tiempo pasa y va cumpliendo años, se va sintiendo más sabio. Yo algunos días comparto ese sentimiento y otros tengo la sensación de que la vida nunca dejará de sorprenderme, incluso que yo misma nunca dejaré de sorprenderme.
A veces creo que me conozco tanto, tan bien. Y otros días paso junto a un espejo y pienso "¿quién coño era esa?"
Es como ese diálogo tontorrón de Pretty woman, y cito de memoria, en el que el personaje de Richard Gere comenta "Hay muy poca gente que pueda sorprenderme" y le contesta Julia Roberts: "Pues tienes suerte... a mí la mayoría me dejan de piedra".
Pues eso. Que me siento así exactamente, como los dos: unos días estoy convencida de que nadie puede sorprenderme y al día siguiente me dejan de piedra.
(El título es bilingüe, como yo, supoño, la parte gallega se traduce como "vamos viejos"; aclaración para no galegoparlantes, especialmente o africano, que sempre está dando a murga con cousiñas de tiquismiquis...)
Esta mañana me dormí y llegué tarde a trabajar. En la mayor parte de los trabajos no es muy grave, tus compañeros de oficina te preguntan si ha pasado algo, si estás bien, el jefe pregunta por ti, o tal vez ni se llega a enterar, o en personal te descuentan esa hora cuando te hacen la nómina a fin de mes. En mi caso no pasa nada de eso. Llegas a la puerta y los chavales están ahí sentados, esperando. Han tenido que madrugar, la mayoría de ellos han atravesado andando la ciudad para estar ahí a las nueve en punto porque si llegan a y diez les echas la bronca. Un telar. Qué cara pones para pedir disculpas. Yo no he llegado diez minutos tarde precisamente.
No tengo mucho que contar. Últimamente he visto películas de las que ya he hablado (Taxi Driver, mi acompañante se durmió) o de las que ya está todo dicho y vuelto a decir (Psicosis, en clase). En la tele veo Perdidos y en el ordenador, Boston Legal.
Estoy volviendo a leer Doctor Zhivago porque en las librerías de mi pueblo no hay nada que me apetezca comprar y aprovecho el cumpleaños de la única novela de Boris Pasternak para darle un repaso. Cuando acabe, veré la película, que me ha recomendado tantas veces el lagarto, y tal vez tenga algo que decir. O tal vez no.
Mi vida está siendo rara estos días. Me pasan cosas que no entiendo mucho, algunas que deseo y otras que no. No pienso demasiado para no agobiarme. Cuando no pienso, tampoco escribo. Es un tic, supongo.
Por lo tanto, este es un post de mantenimiento. También hay otro motivo, y es el de siempre, la pereza de irme a dormir.
Y algo que quería compartir con cualquiera que quiera escucharlo. Sonó la noche del 22 en Chicago. Es una canción especial.
Buenos ratos con cosas tontas. Lo de siempre: llegar a la gente por medio de las situaciones que entiende. No hace falta ser siempre ni profundo ni serio ni apelar a sentimientos trascendentales.
Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir “Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo”. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. (...)
Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. (...)
Me gusta contar aquí estas cosas por dos o tres motivos. El primero, la tremenda empatía. Cuatro frases y todo el mundo entiende. Después está la manera en que tus palabras rebotan en el otro y te vuelven filtradas por su experiencia o su inteligencia.
Mangamoncio da una opinión muy extendida y que alguna vez he considerado errada: el amor es generoso y no pide nada a cambio. No sé si estar de acuerdo. Nadie da nada por nada. El que lo hace se cansa pronto y deja de dar. El hecho de dar puede ser satisfactorio en sí mismo, pero siempre recibes a cambio, aunque solo sea esa misma satisfacción, o el agradecimiento. En el momento en que ese dar deja de ser algo que haces porque quieres y pasa a ser algo que los demás esperan que hagas, deja de ser agradable y empiezas a necesitar una retribución, la que sea, para poder sentir que lo que das no está cayendo a un terreno árido. Cuando amamos necesitamos saber que algo de eso vuelve a nosotros.
Fanshawe da en el clavo. No puede ser que alguien piense que estás obligado a quererle por el hecho de que él te quiere a ti. No tiene sentido, no se comprende que alguien considere amar una razón para ser amado. "Te quiero porque me quieres" en realidad no es algo que nadie desee escuchar. Digo yo.
Antígona trae el sentido común. Comprende que el enamorado no está para razones. Un enamorado sólo siente. Siente que puede dar todas esas cosas, necesita saber que le van a permitir darlas. Siente que ese torrente de emociones no viene de vuelta. Quiere inventar cosas que no ve. Después nos aporta una idea nueva que tal vez tampoco va desencaminada: ¿no será una estrategia más? Podría ser.
Anna se pone en el lugar del otro. Considera que la pregunta es ofensiva, dolorosa, tan injusta e irracional como la respuesta y, mira, tiene razón. El hecho de que alguien se niegue a quererte, te dé respuestas hirientes, te mire con ojos fríos, intente explicarse los motivos de tu amor y traerlos al suelo es doloroso, tan egoísta, probablemente, como tu pretensión de ser querido porque sí, porque debes tener una respuesta coherente a lo que tú mismo estás sintiendo. Anna dice otra cosa muy cierta, y es que el que ama y espera dice la verdad, aquello que firmemente cree. Aunque solo lo crea durante un día o dos.
Soy como un zueco de madera para estas cosas. No entiendo el amor, no entiendo mucho a la gente que hace cosas así. Me ayudáis mucho.
Hay personas que creen que el hecho de tener algún sentimiento por alguien les da algún tipo de derecho sobre el otro.
¿En base a qué misterio ocurre esto? ¿Por qué piensa alguien que tienes la obligación de sentir amor como si se tratra de una justa correspondencia al amor que recibes?
—¿Por qué crees que debo estar contigo?
—Porque tienes todo lo que busco en una mujer.
¿De verdad es posible que una conversación así pueda producirse?
Cualquiera que tenga un blog sabe lo que es esto, este milagro.
Es fácil, es lo normal, sentirse solo a menudo, saber que las personas que te quieren no siempre te entienden, del mismo modo que muchas veces no entiendes a las personas que quieres. Es una forma peculiar (aunque cotidiana) de soledad.
El fenómeno de los cuadernos de bitácora es una revolución en el modo de comunicarse. Se ha hecho realidad la posibilidad de escribir para lectores desconocidos, se ha hecho realidad, aunque sea a un nivel diminuto, el sueño de muchos de decir lo que se necesita decir y que esas palabras no se queden para siempre en un cajón acumulando olvido.
No es que lo escrito no vaya a ser olvidado. La intrascendencia sigue siendo el peor enemigo. Pero antes de olvidarlo, lo escrito pasa por ojos y mentes, estimula a otros.
Y al final resulta que lo que escribes y lo que lees te pone en contacto con gente que te da todo lo contrario: que te entiende sin quererte, o que tal vez llega a quererte porque te entiende o porque se sabe entendido por ti.
Se pueden llegar a crear unos vínculos fuertes y extraños. No puedes decir tal vez "ese otro que me lee y me entiende es mi amigo". Casi nadie busca un amigo a través de un blog. No somos amigos. No nos conocemos. Probablemente nunca nos veremos. Aunque lo hagamos, no pasará de unas cervezas en un bar, unas fotos, un buen recuerdo.
Sin embargo, te sientes cerca de esas personas. Te hacen compañía un día malo. Saben a lo que te refieres cuando piensas en alto a través de la pantalla. Se van contigo de viaje. Te acompañan en una nueva etapa de tu vida. Asisten a tus alegrías y a tus decepciones y las viven como propias. Se preocupan si te ven hundido. Te escriben si te echan de menos. Te dan aliento.
No sé qué tipo de relación es esta. No consigo entenderlo. Son personas sin las que era posible vivir hasta el momento en que aparecieron. Si desaparecen, no sabes dónde buscarlas, no sabes si el lugar que ocupan seguirá habitado cuando vuelvas a buscarles. Si desaparecen, todo sigue igual, sin dolor, tal vez con una pregunta flotando para siempre en la habitación que se les asigna en el corazón. Y nada más.
Sé que muchos de vosotros os vais a sentir aludidos por estas palabras. Podéis estar seguros de que es en vosotros en quienes estoy pensando.
Después de toda la mañana con el cuello en tensión por la espera. Después de que cinco horas duren tanto como un mes. Después de que otros temas mucho más importantes o del todo fundamentales se hayan solucionado de manera satisfactoria tras tantas dudas. Después de hacerme a la idea una vez más (y van…) de que las cosas no siempre salen como espero. Después de enfrentarme al hecho de que esta vez no va a ser. Después de aceptar las miradas de incomprensión de las personas que me quieren. Después de compartir unas horas la esperanza. Después de fumarme un paquete de Lucky en trece horas justas. Después de reírme de mí misma. Después de negarme despiadadamente la autocompasión.
Ahora es cuando me doy cuenta de cuánto quería ir a ese concierto.
Como todo el mundo, yo también tengo un pasado inconfesable, aunque ahora lo voy a confesar (no sin rubor): cuando tenía catorce años, me gustaban los Hombres G. (Hay cosas peores; no muchas, lo sé, pero seguro que hay alguna.)
Hace unos días, zapeando a las tantas sin decidirme a irme a la cama, en el canal MTV pude ver lo que debe de ser el último videoclip de Hombres G. No me gustó. Esto lo digo con total sinceridad y para mi descargo.
Después, ya acostada, sin poder dormirme, se me vino a la cabeza una de las canciones que más me gustaban de este grupo. Tengo muy buena memoria para las canciones, el archivo de letras y melodías que conozco tiene poco que envidiarle al listado de un karaoke (en cuanto a número, digo; la única vez que estuve en uno conté cinco canciones que me sonaran, pero esa es otra histora, bastante penosa, por cierto, que contaré en otra ocasión).
El caso es que ahí, tumbada en la oscuridad y con los ojos cerrados, escuché completa, con la voz de David Summers, la guitarrilla y la percusión, íntegra y sin faltar una nota, una canción que fácilmente hace 20 años que no escucho.
Puedo cantarla y puedo reproducir aquí y ahora la letra sin dudar, pero lo que me asombra es que, en el silencio de mi habitación, a las tres de la mañana, puedo cerrar los ojos y escucharla entera en mi cabeza.
Y no solo esa. Puedo escuchar sin problemas Suite nupcial de Gabinete Caligari (que es la que traigo al presente cuando quiero despegarme una melodía de esas que te taladran el cerebro durante horas, me funciona). Tengo un mp3 mental con todo el Camino Soria, de hecho. Y bueno, solo son un par de ejemplos.
Pero el curso pasado, cuando desenterré del fondo del armario los apuntes de la facultad para refrescar conocimientos que intentar transmitir a mis alumnos, había tacos enteros de folios escritos de mi puño y letra y después pasados a word, y estudiados con buenos resultados académicos, que yo no recordaba haber visto en mi vida.
Todo esto solo me sirve para hacerme (y haceros) una pregunta manida y absurda: ¿por qué reglas se rige lo que se conserva, acumulando polvo, en las ingentes estanterías de nuestra memoria?
Buscando un mundo con algo de alma… ¿hay alguien vivo ahí fuera?
Ya no podría contar cuántas veces he escuchado este disco en estos dieciocho días que hace que lo tengo. Me ocurre como con sus demás discos. No puedo elegir una canción. Ninguna me gusta del todo, no puedo prescindir de ninguna. Ninguna me rompe el corazón, pero todas pueden hacer que me tropiece en un latido, o en varios. Todas hablan de algo que siento, que he sentido, que entiendo, que puedo adaptar a mi mundo.
No te preocupes, cariño, no te agobies ahora. Estamos viviendo en el futuro, y nada de esto ha ocurrido todavía.
Creo que es de esos discos que se quedan contigo, de esos discos que te dicen algo distinto cada vez que los escuchas, que tienen un mensaje para cada sentimiento, para cada situación. Centras la atención y te encuentras descrito en algún sitio.
Cerraste los ojos y la viste. Supiste quién eras.
Cada día una canción se vuelve un poco más especial. De repente un verso resume lo que querrías decir tantas veces, a tantas personas.
A los muertos no les importa mucho quién está equivocado o quién tiene razón. Me hiciste esa pregunta, no acerté. Te metiste en tu oscuridad. Ahora todo lo que queda es mi amor por ti, hermano, que permanece inmóvil e invariable.
Algunas canciones te dicen más con las melodías que con las palabras. Aunque siempre hay una frase que te rescata.
Tal vez podrías salvar mi vida solo con una mirada.
Te hace sentir aludido, explicado o completado.
Lo que otros pueden querer gratis...
Somos egoístas, supongo. Todas las canciones, todos los poemas, los interpretamos en la clave de nuestros propios sentimientos o nuestras propias vivencias, diferentes en cada momento. Nos da igual que una canción se haya hecho pensando en la guerra, por ejemplo, en los que van y no vuelven. Somos individuos que vivimos en una sociedad próspera y solo nos importan nuestras propias pequeñas guerras.
Tengo una carta en la manga. Nómbrala y te la sacaré de la oreja.
No confíes en nada de lo que oigas y menos en lo que veas.
Así que deja todo lo que sabes, llévate solo lo que sientes.
Se trata de eso. De tratar de comprender sin saber, de sentir y no pensar. Para eso debe servir la música. Para volar. Dentro primero y fuera otra vez.
Alguna otra voz desde lejos.
Los hombres sabios están todos locos, ¿qué hacer?
El sol se pone en llamas mientras la ciudad arde. Otro día se va mientras la noche vuelve.
Y te llevo en mi corazón mientras las cosas se derrumban.
Si quieres escuchar, habla directo a cada corazón. Dice cosas que todos podemos entender. Sabe de personas, tal vez porque nunca ha dejado de ser una persona. Tal vez porque sabe leer en los ojos de las personas. De toda la gente que he leído y escuchado, creo que nadie me ha llegado tan dentro en cada palabra. No he visto nunca a nadie con una capacidad tan enorme de captar los sentimientos de la gente en cada una de las canciones que escribe. Tampoco he dedicado nunca a nadie tanto tiempo. No se trata solo de música.
Miré sus caras, todos eran unos completos desconocidos para mí.
Todo el mundo tiene un vecino, todo el mundo tiene un amigo, todo el mundo tiene una razón para volver a empezar.
Cuando te encuentras algo así, un regalo como este, poco hay que puedas decir, supongo. Te dedicas a escuchar y a agradecérselo a la vida, o a dios, si crees en dios. Agradeces las cosas buenas, las que te hacen sentir bien. Esta música me hace sentir bien. No sé el motivo y no me importa saberlo. Me basta con sentirlo.
El primer nudo en la garganta, el primer día que escuché:
El latido de tu corazón El latido de tu corazón El latido de tu corazón El latido de tu corazón El latido de tu corazón El latido de su corazón El latido de tu corazón
Estos días me cuesta mucho escribir para el blog (o lo que es lo mismo, escribir sin más).
El motivo es el siguiente: cuando abrí esta libreta, mi idea era evitar en lo posible hacer algo excesivamente personal. Todos los que pasáis por aquí con mayor o menor frecuencia sabéis que he fracasado en este intento pero, aún así, sigo procurando no ser demasiado egocéntrica, ombliguera, y a fe que, aunque no lo consigo, podría hacerlo mucho peor, circunstancia de la que me siento orgullosa en una medida bastante limitada, pero indudable.
Dios, qué párrafo.
Lo que quiero decir es que ya sé que hablo de mí misma, pero tendríais que ver lo que haría si no ejerciera una potente autocensura.
Me jode.
Y últimamente solo se me ocurre escribir sobre las tonterías obsesivas que me preocupan personalmente. Con eso de "personalmente" quiero decir en mi penoso fuero interno: hablo de las preocupaciones diminutas de persona insignificante, preguntas imbéciles del tipo "por qué la gente no contesta los correos" o "qué es lo que realmente busco en mis relaciones personales". Cosas de este palo. No lo soporto.
Intento, ya que soy consciente de ser una persona con múltiples facetas e inquietudes, volver mi vista hacia otros temas, como el estupendísimo libro que estoy leyendo, alguna noticia interesante en el ámbito deportivo, la penúltima película que he visto o mi opinión sobre el extraño clima de este verano, por mencionar algunos temas manifiestamente frívolos, pero soy incapaz. Todo se me vuelve pensar por qué cada noche que salgo regreso a casa con una sensación de fracaso y aburrimiento, por qué hablo sola cada vez a mayor volumen o por qué espero de las personas cosas que no me quieren dar.
En fin. Que hasta me he planteado suspender mi suscripción a internet y tomarme un descanso, alejarme de todo mundanal ruido hasta recuperar a esa K que de una forma incomprensible se me está desvaneciendo, eclipsada por pensamientos circulares que por definición no llevan a ninguna parte.
Leía esta mañana a alguien que afirmaba que es posible llegar al conocimiento de uno mismo. Yo, en este momento, discrepo profundamente de esa afirmación. Al menos en lo que a mí respecta.
Cuando llego a ese punto, a ese "en lo que a mí respecta.", me quedo sin saber qué más decir. Y también me quedo con la sensación de que lo escrito no está cerrado, no acaba, no tiene conclusión.
Me gusta, por una parte, ver que sigo mirando cada texto que escribo aquí como una especie de artículo que debe tener un remate claro, de modo que lo que no es más que un desvarío onanístico sigue siendo considerado por una parte de mi mente como una especie de obra literaria con entidad propia. Supongo que es una buena señal: aunque hago una confesión que, sin parecerlo, es bastante dolorosa, sigue presente la parte fría que considera una redacción de este tipo como un ejercicio estilístico más.
Así que supongo que mi yo creativo, la K que escribe por el puro placer de escribir, todavía no ha muerto. Está de parranda.
Lo escribí hace tres años, entonces mis circunstancias eran otras. Yo solo escribo poesía cuando tengo que soltar presión, aunque me da vergüenza llamar poesía a esto. En fin. No quería irme a la cama hoy sin dejar aquí algo nuevo (aunque sea viejo).
Te regalo el viento que me despeina.
Todas las letras que no escribo.
(You kiss my lips)
Conozco un lugar donde sonreír es gratis.
Y sé, aunque rara vez lo digo, que el amor no es real.
No te lleva. No te elige.
Sé que en límite de una hoja de papel no cabe el mundo.
No sé para qué he venido.
Tumbada sobre las flores pienso en las miles de razones para irme.
O para quedarme. No me voy ni me quedo.
El polvo de la encrucijada esconde fantasmas que quieren ser héroes.
En un mundo de perdedores el que alarga la mano agarra el premio.
Hay muy pocas cosas que tengo claras de verdad. Pero hay una que tengo clarísima. Tanto que creo que, aparte del hecho de que la muerte nos llevará a todos algún día, es lo que más claro tengo de todo: las personas no nos entendemos.
Las personas no nos entendemos.
Yo, particularmente, no entiendo a casi nadie. Así, a priori, digo. No entiendo por qué la gente se comporta de determinadas maneras, no entiendo por qué dicen determinadas cosas.
Puedo llegar a entender algo si me lo explican, es decir, si consigo ponerme, aunque solo sea un momento, en la piel del otro. Al menos siempre permito que me expliquen lo que no entiendo. Otra cosa es que me lo quieran explicar, pero ahí ya entramos en terrenos que no entiendo: los otros.
Voy a poner un ejemplo tonto. El señor A va conduciendo por la calle y le pita exasperado a otro conductor que va a 20 por hora delante de él. Al cabo de 50 metros, se pone a 20 por hora: ha llegado a su casa y busca dónde aparcar. Y se caga en la puta madre de quien, detrás de él, exasperado, le pita.
A mí, la verdad, no me parece normal. Lo que no quiere decir, por supuesto, que no haga exactamente lo mismo cada vez que tengo ocasión. No entiendo a la gente y la mayor parte de las veces, además, me olvido de intentarlo.
Otras veces lo intento, de verdad que lo intento. Hago cábalas, suposiciones, me planteo hipótesis. Me pasa mucho, por ejemplo, cuando me hacen daño, o cuando oigo a alguien criticar a alguien. Intento dar a entender al que critica que en realidad lo que pasa es que no entiende al otro. Que no está dentro de sus zapatos y no sabe los motivos que le impulsan.
"La ignorancia", decía un novio que tuve, "es muy atrevida". Y es cierto. Nos creemos poseedores de la verdad, nos creemos que sabemos. Sacamos conclusiones enormes de datos diminutos. Juzgamos y sentenciamos con una frivolidad aterradora. Es aterradora porque, aunque nunca lo pensamos, sabemos que también somos víctimas de esos mismos procedimientos, y no solo ejecutores.
La vida da muchas vueltas. Tantas vueltas da que, en este ordenador desde el que escribo siempre (y desde el que me asomo al mundo, dicho sea de paso), ni siquiera tengo mi currículum.
Resulta que tengo que enviar mi currículum por si acaso. Es decir, un poco vuelta a empezar, solo un poco, no es lo mismo que el otro millón cuatrocientas mil veces que lo he enviado. Esta vez es más bien, "sobrina, aquí mi amigo te puede contratar, si ves que tal, manda tu currículum". Nada que ver, ya entendéis.
Pues a buscar. Al final se me ocurre que tal vez en la bandeja de enviados de yahoo haya alguno. Y sí. Menos mal. Porque si tengo que volver a confeccionarlo me pego un tiro.
Y añado los dos últimos trabajos que he desempeñado. Como soy así, de natural prolijo, pues lo explico todo. Me planteo si cortarlo para que no mida tres páginas. No sé qué coño hacer. Tanto que lees cuando buscas trabajo sobre el currículum tal y cual, y al final encuentras o no encuentras trabajo independientemente del número de páginas que tenga el puto currículum.
Y, la verdad, si el encontrar trabajo tiene que depender de un imbécil que cuenta las páginas del currículum para saber si la persona le interesa o no, en lugar de leerlo, pues ese trabajo, en fin, que se lo meta por donde le quepa. Aunque si no hace falta un curri de tres páginas para desempeñarlo, probablemente le cabe en cualquier sitio.
Que no. Que la reflexión de hoy iba por el tema de que lo ves crecer, como un hijo. Cuando sales de la carrera te matas a poner todas las chorraditas que has hecho, las practiquitas, los seminaritos, la vez que fuiste script en el corto de tu colega Víctor. Te devanas los sesos buscando mierdecitas que poner que le den algo de relumbre a esa cosa tan esquelética.
Y ahora lo miras y dices… "joder, ese primer trabajo que fueron dos meses de sustitución de mi prima en la recepción del despacho del abogao… ¿lo dejo o lo quito?" Porque casi te da hasta vergüenza, con el orgullo con el que lo pusiste la primera vez. Y lo dejo. Por respeto a la chavala acojonada que veía cómo el mundo se le venía encima como un puto tsunami. Que ha llegado hasta aquí.
"Ya le digo yo, que tiene un estilo que está a medio camino entre Britney Spears y Marifé de Triana. Que un día va con unas pintas que parece el cantante de Kortatu, que solo le falta cagarse en dios, con los vaqueros a la vena y las converse de calaveras y las camisetas de anarkía, anarkía y antiglobalización, y la palestina pa rematar, y al día siguiente te la ves con una minifalda de punto y con un pompón colgando..."
"Cuando llega el invierno y te empieza a dar la pereza... y entonces te vas a Zara y ves unos zapatos monísimos, pero monísimos, monísimos, y te coges un vestido y te lo pruebas todo, sin medias ni nada, porque has ido en pantalones, y apareces enfrente del espejo con esas piernas de Macario... y te dices, va a ser que es todo precioso, pero hoy no me veo... no me veo..."
Menos mal que todavía hay gente capaz de hacerme llorar de risa.
Uno de los libros que estoy leyendo ahora (empecé ayer, no voy a hacer una crítica literaria) se titula Moteros tranquilos, toros salvajes, y lo ha escrito Peter Biskind. Al parecer trata sobre la década prodigiosa del cine de Hollywood que, como todo buen cinéfilo sabe, es la de los 70. En la introducción hace un resumen de la situación antes y después de la aparición de aquel grupo de jóvenes que llegaron rompiendo todos los moldes: Scorsese, Coppola, Kubrick, Spielberg o Lucas, por nombrar solo a los más famosos de entre los directores.
Como todavía estoy en la preproducción de Bonnie and Clyde no voy a emitir ninguna opinión sobre este ensayo por ahora. Entonces para qué coño estoy escribiendo esto.
En fin. Es que se me ocurre mientras leo que el cine necesita un buen meneo como el que le dio aquella gente en aquel tiempo. Y que ahora no hay lo que tiene que haber para que eso suceda. No hay creatividad en aquel lado, no hay valor en los que toman las decisiones, y tampoco, probablemente, hay un público de este lado que respalde una revolución de ese calibre, aunque el tópico más manido reza con razón que lo que el público quiere es siempre un misterio.
Pero después miro a la televisión y pienso que tal vez es ahí donde está la esperanza. Bueno, no miro la televisión sino el ordenador, reconozco que lo pienso viendo Boston Legal en streaming (qué invento), que no es precisamente una serie revolucionaria en apenas ningún aspecto (es una heredera directa de Ally McBeal) pero es divertida, tiene buenos guiones, algunas buenas interpretaciones y una producción cuidada y tiene mucha, mucha calidad.
Se me ocurre que el futuro, la revolución, la alternativa, está en Los Soprano, en A dos metros bajo tierra, en 24, en Perdidos, en Dexter… La televisión está cambiando. Nosotros, los espectadores, también. Decía el otro día Hernán Casciari en Espoiler que el concepto de espectador ha cambiado. Estamos dejando de ser un ente alienado y descerebrado que se traga lo que la pantalla escupe, para pasar a ser personas que deciden lo que quieren ver y por qué lo quieren ver y que no comen mierda solo porque es lo único que hay. La mierda ya no es lo único que hay.
Esta tarde he mirado la cartelera de los multicines de Ponferrada porque no sabía qué hacer con mi tiempo. La oferta era la siguiente (no me voy a tomar la molestia de enlazar nada con imdb, como supongo comprenderéis):
Bratz, Death Proof (Grindhouse), Doraemon y el pequeño dinosaurio, Dos días en París, El club de los suicidas, El ultimátum de Bourne, La última Legión, Locos por el surf, Los Simpson: la película, Los 4 fantásticos y Silver Surfer, Ratatouille y Sigo como Dios.
Reconozco que Tarantino llamaba mi curiosidad, pero no para hacerme media hora en coche.
Cuando te planteas una situación posible, cuando imaginas una escena, en tu mente están todos los detalles. Cómo será, qué personas habrá, cuáles serán los pasos, las circunstancias, cómo te comportarás, cómo te sentirás, las palabras que dirás, cómo se cruzarán las miradas, si llorarás, si se te pondrá la piel de gallina.
En un caso como el mío, penosa cineasta mental, incluso hay montaje: planos generales, planos cortos, ángulos y movimientos de cámara, iluminación. Pero supongo que esa es otra historia.
Y después, en el caso poco común, las más de las veces inesperado, de que esa escena se produzca realmente, siempre hay cientos de detalles insignificantes que no habías tenido en cuenta, minúsculas realidades con las que no contabas. Buenas, malas, inclasificables, sorprendentes.
Por eso es mejor no hacer demasiados planes, no tener grandes (tal vez ni siquiera pequeñas) expectativas.
La vida viene y te lleva por delante, y esa es la única certeza.
Estoy de vuelta (más o menos), lo que significa que ya tengo el ordenador conectado y mis ojos se volverán hacia la pantalla, y mis dedos a las teclas (ya echaba de menos este sonido) con más asiduidad.
De todas formas, sigue siendo verano aunque llueva, sigue habiendo gente en la calle a la que ver y con la que cenar, estas cosas que son más bien excepcionales y que hay que aprovechar mientras suceden.
Que me voy de vacaciones y no aviso a nadie. Descanso, sobredosis de familia, reencuentro con esos amigos que te duran desde la infancia a pesar de que solo los ves una vez al año (o tal vez precisamente por eso).
En pocas palabras, grandes comilonas, algo de música, olvido de las cosas que no van tan bien, disfrute de unas vacaciones únicas en su especie...
En fin, lo que quiero decir es que no me he ido del todo. Y que sigo viva, por si alguien se lo preguntaba...
He sentido cierto afecto por estas personas mientras me ocupaba de ellas. Han sido bastante contradictorias, a veces preocupantemente pueriles, a veces bastante maduras. Dicen muchas tonterías, a veces exponen algo juicioso. Son temerosas, alegres, egoístas, tontas, buenas, sensatas, abnegadas,afectuosas, irascibles, indulgentes, sentimentales, insoportables y adorables. Todo revuelto.
(Del prólogo a la edición de sus guiones Saraband y Secretos de un matrimonio, Tusquets, febrero 2007.)
Espero que su vida haya sido plena. Y que descanse en paz.
y levanto los ojos hacia la ventana y pienso, ya no sé dónde estás, y sigo andando y me pregunto adónde va la vida cuando se detiene.
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y salió, estaba oscureciendo pero la dejé irse uno aprende cuándo dejar que una mujer se vaya si quiere conservarla y si no quieres conservarla la dejas irse de todos modos o sea que siempre es un proceso de dejar que se vayan, por lo uno o lo otro
El otro día conducía escuchando Tunnel of love, el disco de Springsteen que más veces ha sonado a lo largo de mi vida. Bueno, probablemente a estas alturas ya sea el disco que más ha sonado, en general. Y pensé que nunca había hablado de él aquí y que tal vez era el momento.
Todas las personas que conozco a quienes les gusta Springsteen tienen un disco preferido. Con el tiempo incluso he llegado a jugar a adivinar la edad de la gente por su disco del alma de Springsteen. Lo normal es que sea el primero que escuchaste, de modo que suele coincidir con "el disco que salió al mercado cuando yo tenía 13-15-17". Todos los discos de Springsteen llegan al alma, si los dejas llegar. Así que el favorito suele ser el primero que lo consiguió.
El mío, entonces, es Tunnel of love. Es de 1987. Por lo tanto, yo tenía 14 años cuando salió al mercado. Me gustaba ver en la tele un programa de vídeos que ponían los sábados. Era el único contacto con la música del mundo exterior que yo tenía por aquel entonces. La cultura no era el fuerte de mi pueblo (tampoco ahora lo es, pero algo hemos avanzado). Las únicas revistas que podías encontrar sin problemas eran Pronto y Superpop. Las cuatro Fotogramas que llegaban al kiosko se vendían el mismo día que llegaban, conque, si no andabas lista, te quedabas sin ella. Bueno. El caso es que aquel sábado, en la lista de éxitos, estaba Brilliant disguise.
Bruce sentado en una cocina, con una camisa a cuadros remangada, sentado con su guitarra. Un plano secuencia, un lentísimo travelling y nada más. Solo la música.
No quiero extenderme mucho. Tunnel of Love fue mi puerta a Bruce Springsteen y siempre será el disco que escucho cuando no sé qué disco escuchar, el disco que pongo cuando las cosas no van bien, el disco que llevo encima cuando todo va de puta madre. El Disco que Escucho.
Las canciones de este disco giran todas alrededor de un mismo grupo de ideas: hacer lo correcto, sobreponerse a los errores o a los golpes, mirar atrás con la mayor serenidad posible. Y el amor, de todas las maneras posibles, en su dolor, en su alegría, en su esperanza, en su miedo, en su deseo.
Los entendidos conocen mejor que yo las circunstancias concretas en las que fue creado, esas cosas de la ruptura con su anterior esposa, el inicio de su relación con la mujer que todavía hoy le acompaña: el dolor de la pérdida unido a la esperanza del nuevo comienzo.
Es un disco que se grabó, según tengo entendido, no soy una experta, con pocos medios, en casa, sin la E Street Band, en la intimidad y la soledad. Y desprende todas estas cosas en cada canción y en cada verso. Y yo creo que me gusta tanto por ese gusto tan tonto que tengo por las cosas pequeñas.
Una frase de cada canción, para acabar.
De Ain't got you:
Until I got you in my arms I can't be satisfied. (Hasta que no te tenga entre mis brazos no podré estar satisfecho.)
La satisfacción solo depende del deseo. Si el deseo no se suspende, la satisfacción no llega jamás.
De Tougher than the rest:
I learned you get what you can get. (Aprendí que consigues lo que puedes conseguir.)
No hay más cera que la que arde. La opción es: ¿eres fuerte? ¿estás preparado?
De All that heaven will allow:
'Cause I got something on my mind that sets me straight and walkin' proud. (Porque hay algo en mi mente que me hace enderezarme y caminar orgulloso.)
Eso es lo que nadie puede quitarnos, nunca, bajo ninguna circunstancia, lo que nos hace mantenernos en pie cuando todo se derrumba, lo que nos ayuda a ser quienes somos.
De Spare parts:
Sometimes my whole life feels like one big mistake. (A veces toda mi vida parece un gran error.)
Esa sensación que nos ataca a veces, ¿es que no he hecho nada bien? Pero hay que sobreponerse y seguir caminando, e intentar hacer lo correcto, hacer lo correcto, una y otra vez.
De Cautious man:
On his right hand Billy tattooed the word love and on his left hand the word fear, and in which hand he held his fate was never clear. (En su mano derecha Billy tatuó la palabra amor y en la izquierda la palabra miedo, y nunca quedó claro en qué mano había puesto su destino.)
Siempre nos debatimos entre esos dos sentimientos, ¿no? El amor y el miedo son el motor y el freno de nuestros coches.
De Walk like a man:
And I'll keep on walking. (Y seguiré andando.)
Es todo. Pase lo que pase, seguiré caminando.
De Tunnel of love:
You've got to learn to live with what you can't rise above. (Tienes que aprender a vivir con aquello que no puedes superar.)
Esta es la frase del millón. Una de esas leyes no escritas que es mejor aprender cuanto antes.
De Two faces:
One that laughs, one that cries, one says hello, one says goodbye, one does things I don't understand, make me feels like half a man. (Una que ríe, una que llora, una dice hola, una dice adiós, una hace cosas que no puedo comprender, me hace sentir como medio hombre.)
Nunca soy yo del todo. Siempre hay una cara oculta que no puedo mostrar. O que no aparece cuando la necesito.
De Brilliant disguise:
So when you look at me you better look hard and look twice; is that me, baby, or just a brilliant disguise? (Así que cuando me mires, mejor mira bien y dos veces; ¿soy yo o solo un brillante disfraz?)
¿Qué es lo que ves cuando me miras? ¿Alguna vez nos quitamos la máscara?
De One step up:
When I look at myself I don't see the man I wanted to be. (Cuando me miro no veo el hombre que quise ser.)
Todos esos sueños, todo lo que pensábamos que era la vida, que iba a ser la vida. Cogeremos prestada la gastada frase de Lennon (¿era de Lennon?): la vida es lo que ocurre mientras te empeñas en hacer otros planes.
De When you're alone:
Nobody knows honey where love goes but when it goes it's gone gone. (Nadie sabe, cariño, dónde se va el amor, pero cuando se va, se ha ido.)
Aquí me vienen a la mente los versos de Bécquer: los suspiros son aire y van al aire / las lágrimas son agua y van al mar / dime, mujer, cuando el amor se acaba / ¿sabes tú adónde va? Si es que en el fondo soy una sentimental.
Y deValentine's day:
They say he travels fastest who travels alone but tonight I miss my girl, mister, tonight I miss my home. (Dicen que viaja más rápido el que viaja solo, pero esta noche echo de menos a mi chica, señor, esta noche echo de menos mi casa.)
Esta frase la aplico a mi propia vida en este momento. Caminar sola es una opción. Pero algunas noches…
Por fin se ha acabado. Ahora toca esperar. Me voy a tomar un (esta vez creo que de verdad merecido) descanso. No sé si tendré tiempo, ganas o conexión a internet. Si se dan las tres circunstancias, tal vez los lectores del blog no os enteréis de la pausa.
A la pregunta "¿Qué tal te ha ido?" tendré que responder lo mismo que la mayoría de opositores: ni puta idea.
Puedo decir que he tenido una dosis considerable de suerte, toda la calma que he sido capaz de acumular y que le he dedicado lo mejor de mí. Por supuesto, todo esto no significa nada en absoluto. Son tres plazas y nos presentamos veintitrés personas. La ratio no es espectacular vista desde fuera, pero desde aquí parece un tsunami, os lo aseguro. Después de la nota del examen (o más bien de los exámenes), que sabremos algún día indeterminado de los próximos diez, más o menos (supongo), quedará la fase de concurso. Es imposible prever nada.
Ahora, después de haber estado ahí, haciendo lo posible, todo depende de factores ajenos. Por eso me voy a pasar una semana lo más lejos posible, tanto física como mentalmente, del aquí y ahora, y también del allí y ayer.
Esto de opositar es toda una experiencia. No se la recomiendo a nadie.
Lo que sí recomiendo, caso de tener que vivirlo, es la cura que me voy a dar yo. Soledad, largos paseos por la playa, ponerme morena, ver muchas pelis y series de la tele (me espera Northern Exposure, nada menos, y la primera temporada de The Sopranos, por si lo otro fuera poco!)
Llego de Lugo de leer el análisis de cuatro obras audiovisuales (¡y qué obras!) que hice el lunes, lo que, dicho sea de paso y para información fugaz sobre la puta opo, representa el penúltimo examen, o la primera parte de la parte práctica. Hace calor (por fin), llego cansada, no he dormido bien y he tenido que madrugar, la tensión acumulada, todo eso. Me quito las lentillas, me lavo los dientes y me siento delante del ordenador. Mientras abro el correo pienso que tengo que actualizar el blog, intento buscar un tema interesante del que hablar. Veo que tengo un mensaje de BillyWild donde me dice que tengo una tarea. Lo agradezco. Procedo.
1. Me paso el día pensando en mí misma y, si me dejan y como casi todo el mundo, hablando de mí misma. Pero si me lo piden expresamente, me quedo sin saber qué decir.
2. Una de las frases que más me repito a mí misma es: "Nadie tiene la culpa de que seas idiota". Cuando me tienta escaquearme de la responsabilidad de algo que me sale mal, por ejemplo. Esto me recuerda una frase que dijo un compañero de trabajo, un tipo encantador al que admiro bastante y que, dicho sea de paso, forma parte del tribunal que juzga mi proceso opositor (por desgracia, le admiro por su ecuanimidad y su sentido de la justicia y de la mesura, y también por su nula propensión a llamar la atención): "Las culpas nunca caen al suelo". El resumen de este segundo punto es que soy amiga de frases, sentencias y refranes. Forman parte de todas mis conversaciones. Resumen muchas grandes verdades.
3. Al hilo de la anterior, tengo muchísima memoria. En el almacén de mi cerebro se acumulan millones de conocimientos inútiles. No siempre recuerdo lo que quiero recordar, el filtro de lo que permanece y lo que se disipa no está bajo el control de mi conciencia. Pero cuando algo me llega, lo normal es que se quede ahí para siempre.
4. Sin embargo, apenas guardo recuerdos de mi infancia. Algún comportamiento extravagante de mi madre (como cuando nos besó con lengua a mi hermana y a mí para que supiéramos cómo se besaban los mayores, en mi vida he pasado más asco); algún sueño. Creo que la mayor parte de mis recuerdos son cosas que me han contado, no verdaderos recuerdos.
5. Mi sueño frustrado es cantar. Descubrí tarde lo mucho que me gustaba, nunca he estudiado música, intenté con seis o siete años estudiar solfeo pero el profesor me daba tanto miedo que lo dejé a la mitad y cuando conseguí alejar la imagen de aquella figura aterradora de las redondas, blancas, negras, corcheas y semicorcheas era tarde. Para compensarlo, canto en una coral que me da más digustos que alegrías. Soy contralto. Tengo muy buen oído.
6. Ganarme la vida escribiendo es un sueño que sigue vivo. Nunca me he puesto a hacerlo en serio pero estoy segura de que lo haré algún día.
7. Si apruebo la oposición me regalaré el carné de moto, primero, y la moto, después. Es otra de las cosas de mi interminable lista de "cosas que siempre quise hacer".
8. Me da miedo el compromiso. No tengo instinto maternal. Creo que estas dos frases tienen una conexión profunda y sólida.
No sé a quién pasarle este meme. La gata apenas habla de sí misma. Desconvencida, tampoco. El lagarto lo hizo hace poco. Antígona debe de estar harta de recibir memes. Con Jafatron, Oyros y Lula Fortune no tengo la suficiente confianza (aunque así se fabrica, se supone). Me falta uno. Yhebra.
Ocho cosas sobre uno mismo, el enlace a la persona que te lo manda, ocho destinatarios voluntarios, un comentario en el blog de cada uno de los ocho. Estoy pensando que lo del comentario no lo voy a hacer. Si venís aquí y lo veis, pues actuáis según vuestras tripas o lo que sea.
La verdad es que los memes son un coñazo… si no fueran una excusa tan perfecta para hablar de lo que más nos gusta hablar y si no fueran una solución tan buena para la falta de ideas.
Llevo dos días intentando sentarme aquí a contar algo, pero solo se me ocurre hablar de mudanzas, bolsas, cajas, maletas, desorden, falta de espacio, nervios, estrés, expectativas, cuándo convocarán el examen práctico, todavía me falta, por fin hace sol aunque dicen que no durará mucho, falta de tiempo, falta de ganas, más nervios, más desorden, un poco de ansiedad, mucha ansiedad, bastante desconcierto, algo de miedo, un no saber.
Pero es que cuando abrí este blog lo hice con la sana intención de no hablar demasiado de mí misma. Y no sé, supongo que no lo consigo, cada uno es como es.
A ver si veo una buena peli y os la cuento.
No he sido capaz de acabar la novela de Prada. Me he puesto a releer La hoguera de las vanidades y me está gustando mucho más que la primera vez hace yo qué sé, catorce años.
Tengo que ir al banco. Tengo que recoger la cocina. Tengo que ir a ayudar a mis padres con sus cosas. Tengo que pensar en el examen que me queda. Tengo que dejar que me dé el sol. Tengo que depilarme. Tengo que llamar al vecino para echarle la bronca porque no llama al puto fontanero. Tengo que forrar los armarios. Tengo que comprarme estanterías para los excedentes de libros. Tengo que hacer algo con esos cuadros. Tengo que cambiar el billete a París. Tengoquetengoquetengoque. Tengo que organizar mi vida.
El querido Lagarto me lo ha concedido. Se llama, al parecer, Thinking blogger award, se concede a los blogs que hacen pensar y es, tal como están pensando, un meme.
Se trata de enlazar cinco blogs elegidos por tener esa cualidad, es decir, hacerle pensar a uno. Se supone que además hay que enlazar el blog que te ha otorgado el premio y también añadir la imagen del premio en cuestión.
Esto, como podréis comprender, me llena de orgullo y satisfacción. Me encanta decir obviedades.
Ahora debo ir con los míos. Algunos los tenéis ahí abajo, a la derecha. Otros, todavía no, incluso es probable que no estén nunca. Pa qué.
Se supone que los premiados deben hacer lo mismo, etcétera, etcétera. No hace falta decir que no hace falta.
El problema de estas listas es que son endogámicas. El lagarto me ha dejado sin poder decir tres que ha dicho él (más el suyo propio, claro) y yo haré lo mismo con los subsiguientes casi seguro, aunque voy a intentar dejarles un par libres. Para ello, enlazaré dos blogs de esos de cientos de miles de visitas, cuyos autores, huelga decirlo, no me leen, ni conocen mi existencia, ni falta que les hace. Si por esas cosas de las páginas de estadísticas llegaran hasta aquí, les pido disculpas.
And the Thinking Blogger Awards go to:
El señor Otis B. Driftwood. Me hace pensar con su sentido del humor, su inteligencia, su modo de quedarse fuera de las ventanas y atisbar. Le doy el premio por su inquebrantable fe en el ser humano, que le hace indignarse por las cosas más "ya, así es, menuda novedad", por sus gustos cinematográficos, escandalosamente parecidos a los míos, por su espléndida segunda casa, por su exquisita educación y por su buen gusto general (apreciación esta última que no tiene nada que ver con la previa consideración de que su gusto se parece al mío, por supuesto).
El señor Fanshawe. Me hace pensar con su sensibilidad, con la forma que tiene de enfrentarse a la vida y sus vaivenes, con su capacidad de observación de lo cotidiano, con el modo en que sabe provocar escalofríos contando lo que le provoca escalofríos a él. Le doy el premio por lo distinto que es a lo que soy yo y porque siempre me hace mirar las cosas de otra manera.
El señor Jaime, de La decadencia del ingenio. Me hace pensar con las mismas ideas absurdas con las que me hace reír, cosa muy difícil en los tiempos que corren. Le doy el premio por delirante y surrealista. Porque da en el clavo.
El señor Hernán Casciari. Me hace pensar en que otra tele es posible, porque ve la tele como la veo yo. Le doy el premio por considerar el p2p un derecho humano y por escribir de puta madre.
El señor Vigalondo. Me hace pensar porque piensa. Le doy el premio porque es muy friki, porque me ha demostrado cómo cambia un blog solo por el hecho de ser leído por una cantidad considerable de personas, pero cómo puede no cambiar el que lo escribe, o cómo lo escribe, o incluso, cuestión que parece una paradoja, pero no lo es, para quién lo escribe. El arte de mirarse el ombligo y sin embargo, conseguirlo.
No hay más. Sé que no hay chicas. Estoy en contra de la paridad en todas sus manifestaciones.
Chicas, sabéis que os quiero.
(Pd.: No preguntéis. Todavía queda mucho camino. No quiero hablar de eso.)
Quedan dos días. Cada minuto que pasa voy sintiendo más los latidos del corazón, el dolor de barriga, el estómago cerrado, las ganas de fumar.
He decidido cerrar las ventanas unos días, centrarme. Recogerme un poco, evitar tanto las distracciones como las conversaciones sobre el tema, al menos en la medida de lo posible. Eso incluye, entre otras cosas, dejar en silencio el teléfono y apagar el ordenador.
Como chocolate en el postre, en la merienda y en la cena. Y después otro trocito. Y he aumentado el consumo de cigarrillos a un paquete diario, es decir, casi el doble de lo normal.
Cuando llega la hora de irse a dormir, se me ocurren cien cosas inútiles que hacer: revisar el correo, mirar los comentarios del blog, ver un rato más la tele, lavar la cafetera, charlar con un ligue virtual. El caso es que al final no me acuesto hasta las dos. Y sin sensación de sueño. Aunque luego me quedo como un tronco.
Mientras duermo, sueño las historias más absurdas. En sueños me acuerdo de gente que durante la vigilia nunca se pasa por mi conciencia. Señoras del Orfeón, personas que hace tiempo no veo, mi hermana, gente inventada.
Cuando suena el despertador por la mañana, siento su sonido como una tortura. Lo apago y me duermo. Suena. Lo apago y me duermo. Suena. Lo apago y me duermo. Suena. Lo apago y me duermo. Deja de sonar. Entonces me despierto. Doy vueltas en la cama un cuarto de hora. Escucho la lluvia al otro lado de la ventana. Ya no tengo ganas ni de cagarme en dios por la puta lluvia. Hay una especie de resignación. Otro día nublado, pues bueno.
Me levanto, desayuno, me siento delante del ordenador. Otra vez a revisar el correo (no hay nada). A buscar respuestas a los comentarios o blogs que hayan sido actualizados (tampoco hay nada). A mirar el tiempo en terra (va a seguir nublado sine die).
Busco dos o tres palabras en el diccionario. La más friki de hoy, por el momento, es la reflexión sobre el uso reflexivo (perdón) del verbo leer. Ese invento de "el libro que me estoy leyendo", "una vez me leí un libro", "ese no me lo he leído", "léetelo, que mola". Pienso que los que usan ese reflexivo no han leído un libro (de verdad) en su puta vida. Y después me pregunto si yo misma no lo habré usado alguna vez.
Por fin abro la programación. Tengo que repasarla y traducirla a gallego. ¿Que por qué no escribo en gallego? Porque no es mi idioma materno. En gallego no sé expresarme. Y por una especie de rebeldía imbécil. Vale, tú me obligas y yo lo hago. Pero lo hago como me salga de los cojones. Y si meto morcillas, metidas quedan. Ahora que nadie me diga, por favor, que no me obligan. Hay muchas formas de obligar.
Y al tercer párrafo (la página de la Universidad de Vigo ayuda, pero se carga el formato, no sé qué será más laborioso), me canso. Abro el bloc de notas, que para estas cosas es más ágil que el word, total qué más da, y escribo esta chorrada.
Es verdad, no estoy nerviosa. Estoy descentrada, desmotivada, aburrida y con ganas de que acabe de una puta vez.
Pero hoy es martes. Y mañana, miércoles. Y pasado, jueves, que ya está ahí. Y el día siguiente me voy a Lugo. Ay. Que no estoy nerviosa, coño. Lo que estoy es acojonada.
Yo no sé nada de Fórmula 1, pero la pinta que me da es que Hamilton es la niña bonita de McLaren. Tengo la sensación de que en la escudería eligieron a Alonso por dos motivos: el primero, cubrirse las espaldas, por si las moscas; el segundo, azuzar a Hamilton, espolearle, motivarle para que llegara pronto a lo que estaba destinado a ser.
Es un buen piloto, probablemente mejor que Fernando, y necesitaba tal vez solo una cosa para ser un campeón: creer que era posible. No hay mejor forma de creer que es posible ser un campeón que desayunar con uno por las mañanas. Sobre todo si tienes talento, y Hamilton lo tiene a espuertas. Eso y el típico padre con un ojo siempre en su nuca, me dan escalofríos cuando veo a esos padres detrás de los niños triunfadores. Pero Lewis ya no es un niño.
Fernando Alonso ha nacido para estrella y en McLaren no va a seguir siéndolo, al menos no en la medida en que lo fue con Renault.
Lo que sí es cierto es que la escudería está bien blindada: tiene dos seguros a todo riesgo. Con esos dos portentos tienen garantizadas la competitividad y el espectáculo. Y casi también el mundial de pilotos y, por supuesto, el de fabricantes.
Pero cambiemos de asunto (siempre he querido usar esta frase). Yo soy una de esos madridistas asquerosos que se cagan en los pijos cuando pierden y dicen con amargura que les está bien empleado. Apenas he seguido la liga esta temporada, del mosqueo que tenía de años anteriores. Pero claro, a medida que se iba acercando el final y la cosa se ponía más y más interesante, me iba quedando yo también con la copla. En fin, que hoy estoy contenta.
No tienen precio muchas veces las frases que oyes a la gente por la calle, en los bares, en las tiendas, en el autobús, en la tele... Algunas veces solo me río. Otras veces me río y las apunto. Fanshawe tiene una sección que se llama Oído al pasar que ya es herencia de otra gente y que, dicho sea de paso, es una lástima que no utilice más a menudo, con la capacidad de observación que tiene.
El caso es que siempre me ha gustado esa categoría, así que hoy y aquí estreno yo la mía. Se llamará, para que no se note mucho el plagio, Al vuelo, y usaré para bautizarme una simple pero contundente frase que le dijo la empleada del bar de enfrente a su jefe en una leve discusión sobre una fuga de agua:
Yo sí te entiendo, pero tú no me entiendes a mí tampoco.
El otro día, hablando con una compañera de trabajo que tiene más o menos mi edad (aunque sus circunstancias son otras: funcionaria, esposa y madre, nada más lejos de mi situación e incluso de mi plan de vida, para bien o para mal), ella mencionó la palabra "flaccidez". Para evitar malentendidos, añadiré que se refería a su propio cuerpo: a su culo, a sus tetas, a la piel de su cara.
Yo me quedé un poco boquiabierta. Procuré que fuera por dentro, claro. Por fuera le dije que no pensara en zarandajas, que estaba estupenda (porque es verdad) y que al fin y al cabo, los veinte hace un tiempo que pasaron. Jamás había pensado en semejante concepto aplicado a mí misma. Era un tema que no podía estar más lejos de mis preocupaciones, las diarias y de andar por casa y más de las profundas y trascendentes.
Pero la semilla de la palabra flaccidez dejó por ahí un rastro invisible, y ahora me sorprendo espiando los reflejos (en los bares, en las ventanas al pasar, en la pantalla del ordenador, incluso en los escaparates, y odio con toda mi alma mirarme en los escaparates) y buscando los estragos de los años en mi piel.
Lo malo es que los encuentro.
Ayer comentaba esto mismo, más o menos, con otra compañera (no usé la palabra flaccidez, parece de anuncio de cremas, es horrible, pero dije, más o menos, "me veo más vieja"). Esta compañera, ya amiga, tiene algo más en común conmigo que la otra (una falta definitiva y desoladora de metas, una ignorancia absoluta sobre lo que ocurrirá mañana, una insatisfacción permanente) y me miraba con la misma cara de alucine con la que probablemente miré yo a la causante de esta debacle. Concluimos que puede ser por el contacto diario con chavales y chavalas de veintipocos. Nosotras, que seguimos viéndonos como siempre nos hemos visto, con veintiesos mismos, recién puestas en el mundo, parecemos haber obviado todo lo que hemos vivido entre entonces y ahora, no obviado en el sentido de la experiencia, sino en el del tiempo pasado mientras tanto. Y nos cuesta darnos cuenta de que ya no se cumplen treinta. Ni treinta y uno. Ni treinta y dos. Ni… Que son horas de establecerse, de hacer cosas sabiendo que son definitivas, de irse dando cuenta de que, recurramos al tópico, los años pasan cada vez más rápido (nunca terminaba de creerme esto cuando me lo decían).
Y no sé. Estoy segura de que es porque estos días ando preocupada con lo de la oposición. Si apruebas, tienes la vida relativamente resuelta. Si suspendes, y más en este extraño caso nuestro en el que las interinidades apenas sí existen, vuelves a empezar, a preguntarte qué vas a hacer cuando acabe el verano. Y, por otra parte, esa chica joven que vive por dentro (por debajo de la flaccidez), independiente y contestataria también dice, bueno, K, si apruebas ya sabes lo que harás el resto de tu vida; y si suspendes, todas las posibilidades siguen abiertas. Todavía intenta engañarme con la cantinela de la libertad.
Supongo que es uno de esos "momentos de la vida", por los que todo el mundo pasa, la crisis de los treinta y tres o algo así. Ya no tengo edad para muchas cosas. Y me siento demasiado joven para muchas otras. Mientras tanto, suena de fondo el tic tac de un reloj, ahí en la repisa sobre la tele. Es desesperante llevar tanto tiempo en el mismo punto. Pero, al mismo tiempo, ahí seguimos, ¿no?
Luchando.
(Pd para frikis de las palabras: el diccionario de la Academia dice cuando buscas flaccidez que flacidez, que realmente suena más colgante y laxo todavía, pero yo lo pronuncio con dos ces y me cuesta mucho trabajo escribirlo solo con una…)
Hace unos cuatro años, cuando era socia del Círculo de Lectores, tuve que comprar un libro sin querer. Tocaba hacer la compra bimensual y ninguno de los libros que me ofrecía aquel catálogo era de mi interés. Así que me fui a la página en la que aparecían los libros que están a punto de ser descatalogados y elegí uno en cuya portada aparecían las fotos de Kevin Spacey y Julianne Moore. Al parecer, rezaba el texto publicitario o reseña que había debajo de la foto, era la novela en que se había basado la película Atando cabos, que yo no había visto. Pero me gusta Kevin Spacey y me gusta mucho Julianne Moore, y el libro no era caro, y había que elegir alguno, así que elegí aquel. El resto de la reseña hablaba de un hombre cuya vida estaba desestructurada y que volvía a la tierra de sus antepasados, en busca de sí mismo. El tema me pareció interesante. Cómo un pasado que desconocemos puede influir sobre nosotros y ayudarnos a construir un presente y un futuro, y cómo las personas miramos atrás en busca de nuestra memoria o para entender a la persona que somos.
Cuando el libro llegó a mis manos y como suele suceder, me encontré con una pequeña sorpresa. Para empezar (y para variar), el personaje descrito en la novela no podía tener un físico más diferente al de Spacey:
"Un cuerpo como una rebanada de pan mojado. A los seis años pesaba casi cuarenta kilos. A los dieciséis estaba enterrado bajo una gran masa de carne. Su cabeza tenía forma de pepino, carecía de cuello, tenía un pelo rojizo encañonado en la parte de atrás. Unos rasgos que formaban un racimo como yemas de dedos que se besan. Ojos de color de plástico. La barbilla monstruosa, una superficie rarísima saliéndole de la parte baja de la cara."
Y pensé que no me iba a gustar, pero seguí leyendo, porque por el momento me estaba gustando. Saqué muchas frases de aquella novela. He sacado muchas frases en las sucesivas relecturas, porque es de esas novelas que se dejan releer con gusto, de esas novelas que parecen escritas para ser releídas.
Es una historia sencilla y pequeña, sin pretensiones ni aspavientos, que ganó el premio Pulitzer en el año 1994. Fue adaptada para el cine y para estas dos estrellas en 2001 (y esto de las estrellas en las pelis made in Hollywood siempre me recuerda a Bruce Willis y Julia Roberts haciendo de sí mismos en El juego de Hollywood, de Robert Altman).
Tardé mucho tiempo en ver la película, en realidad nunca la busqué. Una vez me la encontré en televisión y quise saber qué habían hecho con Quoyle y su historia, con las expectativas reducidas al mínimo, y de nuevo me llevé una sorpresa. Porque Lasse Halström, un director cuyas adaptaciones, entendí entonces, suelen merecer la pena, había respetado intacto el espíritu, el núcleo duro, de la novela. Eliminado espacios, tiempos, por supuesto personajes, cambiado radicalmente el aspecto físico de los protagonistas, todas esas cosas inevitables que hay que hacer en las buenas adaptaciones, y sobre todo si se hacen en Hollywood y hay que meter a Kevin Spacey aunque sea con calzador.
Esta noche he vuelto a ver Atando cabos. También la película agradece el revisionado. Kevin Spacey, salvando esa insalvable distancia del aspecto físico de Quoyle, construye un personaje exacto al que yo imaginé leyendo las palabras de E. Annie Proulx. Su torpeza, su desconfianza hacia sí mismo, su invalidez sentimental (en la novela y en la película aparece una frase de esas que lo dicen todo: "aprendió a separar sus sentimientos de su vida".) En la película hay una voz en off, y sí, ya sé que he dicho muchas veces que no me gusta, pero como a los amigos, a las películas que te gustan les perdonas sus pequeños defectos y las quieres pese a ellos. Una historia de seres humanos pequeños a los que les cuesta encontrar un lugar dentro del mundo y dentro de ellos mismos, que se enfrentan valientes y diminutos a sus miedos y a sus tropiezos; una realización cuidada, discreta, en la que en muy pocas ocasiones recuerdas que hay una intención llamada "puesta en escena"; una música que no molesta los oídos y que no interfiere, sino que acompaña la acción; una acción lenta y que se recrea en sí misma, sin dejar por eso de avanzar en todo momento; la siempre impresionante presencia física y la tremenda fuerza de la mirada de Julianne Moore y una hermosa Judi Dench, fuerte y dulce; unos personajes secundarios solventes y redondos, hermosos, que hacen los coros y tapan los huecos a la perfección.
Mientras escribía esto último pensaba en el personaje interpretado por Pete Postlethwaite, que es el único personaje "negativo" de la película, Tert Card. Es tan tonto y tan malo, tan mezquino, envidioso, lameculos y jilipollas que no parece real. Pero lo es. Yo conozco un hombre así. Siempre es un compañero de trabajo que nos hace la vida imposible con su chabacanería y sus zancadillas. No siempre lo real es verosímil. Postlethwaite lo borda, feo y colorado.
El cine pequeño, aunque tenga un par de estrellas y venga de las laderas de Los Ángeles, esconde diminutos y durísimos diamantes a veces. Me gusta descubrir estos diamantes paseando por los recovecos del azar.
Ahora solo me falta verla en versión original… y creo que voy a aparcar un par de días al untuoso amigo de Prada y su interesante historia para volver a releer esta pequeña novela americana sobre el mar y el hallazgo del hogar.
Siempre estamos buscando algo. A veces, la mayor parte de ellas en mi caso, no sabemos qué buscamos, pero siempre hay algo. Buscas o esperas, que en otras ocasiones es lo mismo. Vas al cine buscando ver algo que te toque alguna fibra, unas veces de arriba y otras, de abajo, unas veces de fuera y otras, de dentro. Te cruzas con personas y esperas o buscas un entendimiento o una chispa, unas veces de arriba y otras... en fin, no hace falta repetirse, que estos lectores son avispados y entienden las entrelíneas a la perfección.
Estoy leyendo una novela cuyo autor utiliza palabras como truhanes y trapisondas, de modo que construye frases como "Una horda de mujeres desmelenadas y truhanes que, después de perpetrar las más variadas trapisondas durante los años de la ocupación, habían amanecido poseídos por un súbito fervor justiciero". A veces es cansado. Se demora en cada explicación, en cada descripción, siempre a mano el diccionario de sinónimos que debe de tener por cerebro. Soy una persona curiosa. Siempre voy al diccionario cuando encuentro una palabra cuyo significado no conozco. Pero a veces siento que en el caso de esta novela tendría más tiempo el diccionario que la propia novela entre las manos; y ¡son palabras que sé que jamás voy a usar! ¡Yo! La Usadora Oficial del Reino de Palabras Estrambóticas y en Desuso.
Pero, por otra parte, no está mal lo que cuenta. Cuando abro un libro y empiezo a leer, espero, busco, que sus palabras me lleven de la mano a algún mundo, inventado o real, verosímil si es posible, aunque no es un detalle imprescindible, y cuyos personajes tengan escondida un alma que yo pueda entender o admirar o despreciar o sentir cercana o posible, en la que pueda reconocerme o reconocer a la persona que desearía ser o tal vez a la que temo ser, o donde habite algún amigo o algún amor antiguo. Espero que esos personajes y ese mundo me conduzcan sin sobresaltos o con ellos, si están bien puestos, hasta la última página de la novela y que, cuando pase esa última página y cierre el libro se me quede en el borde de los ojos un gusto a algo, no sabría definir muy bien qué. Por ahora esta novela me está dando algo parecido a eso. Empiezo a leer y me cuesta trabajo parar, y tal vez esa pedantería y ese aire relamido me suenan de algo, me tocan alguna fibra sensible en algún sitio.
Ya lo dijo House: la pedantería es hereditaria, aunque no hayan descubierto el gen. Tendríais que conocer a mi tío Pepe para entender por qué sé tan bien de lo que habla esta frase.
La novela tiene algunas frases-párrafo que me dicen que este hombre ha leído a Muñoz Molina, aunque quizás lo que ocurra es que han bebido de las mismas fuentes. Por momentos me molestan mucho las referencias bíblicas y religiosas, pero debo admitir que las entiendo y las reconozco todas.
("Bajo el traje demasiado amplio se percibía esa vibración medrosa que nos asalta en las circunstancias agónicas, cuando preferimos alejar de nosotros un cáliz que, sin embargo, solo a nosotros corresponde apurar.")
Ah, que tenéis mucha curiosidad por saber qué libro estoy leyendo… es que me da un poco de vergüenza, pero os lo diré. Se trata de El séptimo velo, de Juan Manuel de Prada.
"Quizá la felicidad consista, a la postre, en reconciliarnos con lo que verdaderamente somos, con lo que verdaderamente fuimos, renunciando a vanas aspiraciones y vanos consuelos."
Yo qué sé, las cosas son de una manera. Creo que uno de los motivos para ver deportes en televisión, uno de los criterios fundamentales a la hora de elegir deporte, es el estético. A mí me gusta el tenis, me gusta ver partidos de tenis. Como rasgo patrio, prefiero los partidos sobre tierra batida, supongo que porque veo mejor la bola o por tradición rolandgarrosera. Me recuerdo con no sé cuantos años, pero no muchos, viendo ganar a Arantxa Sánchez Vicario por primera vez, cuando ella tenía diecipocos años, un par más que yo. Me divierto, me gusta que se eternicen los puntos, advantage, deuce, otra vez advantage, me gusta que lleguen al quinto set, sobre todo cuando al final gana el jugador por el que siento preferencia, todas esas cosas.
Pero negar que me ponen los jugadores que gimen sería mentir. Sobre todo el señor MaratSafin…
Ya sé, es la cosa de siempre, los ídolos, los modelos, los hombres de papel que nunca se encuentra una en el supermercado, y si en alguna ocasión esto ocurriera, estaría en compañía de alguna de las mujeres que le gustan, que los chicos rara vez se encuentran en el supermercado y que yo nunca llegaré a ser (y viendo esos pezones, ni ganas que me quedan, en fin, algún defecto tenía que tener el muchacho).
Pero sí. Hace calor y vienen los tirantes y el sol y la primavera la sangre altera y todas esas cosas. Yo, si me disculpáis, me voy a oír gemir a Carlos Moyá y a Rafa Nadal, que sí, que es un yogurín y no es tan guapo, y habla fatal el japonés pero, qué queréis que os diga, menos da una piedra.
Y por no tener, no tengo ni piedras. Me quedo con este señor virtual, que tiene de bueno que no ronca ni nada.
No sé si pedir disculpas por esta semana de silencio porque no sé si alguien se ha sentido solo por mi ausencia. En el fondo de la mente, una pregunta: ¿me estarán echando de menos? No hace falta decir que no contestéis, es retórica.
La semana pasada fue de esas en las que una visita alegre te saca de tus rutinas y te aleja temporalmente de tu vida. Un poco de cosas fuera de su sitio, un cepillo de dientes y una toalla extra, hacer el doble de comida, cenar fuera, el colchón hinchable ocupando medio salón, las ineludibles visitas a los lugares turísticos, que en el caso de mi ciudad son más bien pocos... En fin, una persona de carne y hueso sentada a tu lado en el sofá con la que hablar para sustituir el parpadeo de la pantalla del ordenador por unos días.
Con mi primo I, mi querido y bienvenido visitante, la conversación trata de las cosas de la vida, los trabajos, las expectativas, las perspectivas, los sueños y las desilusiones, los amigos comunes, la familia bien gracias, o mal, o lo que sea, las abuelas, los libros y las pelis que el otro tiene que leer o ver sin falta, los famosos del mundo que nos caen mal, los programas de la tele que no soportamos. De fondo, Roland Garros. Una delicia de semana. Sabréis disculparme, espero.
Ahora se han acabado las vacaciones y a cambio, menos mal, ha vuelto el sol. Sé que es un puto tópico de mierda, pero ya era hora. Más que nada porque tenía ganas de estrenar unas sandalias nuevas que se aburrían en su caja desde hace dos semanas. También los pies se aburrían de calcetines.
Sigo teniendo que estudiar y hacer la programación de marras, así que mi presencia aquí, en esta recta final, debería ser testimonial. Pero una, como es así de apañá, conseguirá robar horas a las amargas obligaciones opositoras para soltar un poco de mierda sobrante. Siempre hay mierda sobrante, aunque hoy casi mejor me la guardo.
El sábado me compré en el kiosko un pack de dvd que tenía El amigo americano y El Gatopardo. Anoche vi la primera de ellas. Siempre se me ha escapado el personaje de la Highsmith. Tendré que dedicarle un poco más de tiempo, tanto al literario como a sus diversas encarnaciones cinematográficas (admito sugerencias).