25 enero 2010

No sé nada

Veo Blowup (Michelangelo Antonioni, 1966) con la desconfianza a priori que siempre me dan las aclamadas obras maestras. Mis peores temores se cumplen. Es desconcertante. La modernidad fue superada y tragada por el tradicionalismo. Nada de aquella revolución visual y estilística de los años 60 y 70 ha llegado hasta hoy (o yo no lo veo). El espectador de hoy asiste pasmado a esas representaciones tan alejadas de lo que llamamos "cine convencional". Y yo, que me tengo sin asomo de humildad por cinéfila, culta, inteligente y abierta a lo diferente, no entiendo nada.

Es cierto que la imagen te absorbe. Aunque no puedes decir que lo que ves te está gustando, tampoco sientes en ningún momento el deseo de cerrar los ojos o parar la película. No sé si esperando encontrar el momento mágico en que conectarás con lo que está pasando o por el simple placer de mirar. Pero los elementos se yuxtaponen y sientes que nada de lo que ocurre te aporta nada. No entiendes al personaje, a duras penas logras entender nada de lo que sucede ante tus ojos, te preguntas si en algún momento va a ocurrir algo que puedas comprender. Te preguntas qué sentido tiene todo, qué relación tienen los planos entre sí, de dónde viene, adónde va, por qué se comporta así, qué dice.

No existe, en mi caso, la más mínima empatía. Veo a ese personaje (llamado Thomas, dicen los análisis) y no me parece humano. Hace cosas, dice cosas, se relaciona con las personas, deambula, da tumbos, se comporta como un lunático, de forma cruel, arbitraria, incomprensible.

Leo que en el apartamento del protagonista los objetos reencuadran a las personas, “prisioneras de las apariencias”. Leo en el mismo sitio que la ciudad (Londres) se utiliza como escenario para mostrar la superficialidad y la trampa de la realidad. Dos ideas que me encantan y que descubro después en el recuerdo de la película, pero que en el momento del visionado se me escaparon por completo, demasiado ocupada como estaba en buscar un sentido narrativo, una sola norma cumplida.

Compruebo que sí atisbé parte del mensaje en una fugaz reflexión que tuve a propósito de que la ampliación fotográfica aleja cada vez más lo representado de lo real, de modo que el objeto ampliado termina siendo prácticamente irreconocible. Pero no pude disfrutar del espectáculo porque buscaba (esperaba) otras cosas. Que no estaban.

No me acaba de gustar cuando una película me parece más interesante una vez he leído la explicación de por qué es interesante. Pero a veces ocurre. No solo quiero ver películas que me impresionen y me lleguen fácilmente adonde pretendían. Pero no puedo negar que esta película no me gustó. No entendí nada.

Me dijo a la cara: no sabes nada.

23 enero 2010

Jardín Secreto

La premisa parece ser "nunca darlo todo". El beso en la comisura de los labios de la madre de Wendy. Saber que tienes algo que jamás podrás compartir con nadie. No es una cuestión de querer, sino de poder. Ese secreto, ese algo que es solo tuyo, va creciendo. Aumenta a diario, a veces por segundos, el abismo que te separa del otro. Se hace insalvable. Comprendes que si no puedes compartirlo, nada de lo demás importa. Y de repente todo parece mentira.

Era una dama encantadora, de imaginación romántica y boca burlona y dulce a la vez. Su romántica imaginación era como esas cajas de fina madera que, unas dentro de otras, vienen del enigmático Oriente y en las que, por muchas que se descubran, queda siempre una más; y su boquita dulce y burlona guardaba un beso que, no obstante estar bien visible en el rinconcillo del lado derecho, Wendy no pudo alcanzar. (...) El señor Darling la conquistó (...). Todo lo consiguió de ella excepto la caja más recóndita y el beso.

J. M. Barrie, Peter Pan





Ella te dejará entrar en su casa si llamas a su puerta de madrugada.
Te dejará entrar en su boca si las palabras que dices son las correctas.
Si pagas el precio, te dejará entrar a lo más profundo.
Pero hay un jardín secreto que esconde.

Te dejará subirte a su coche para dar una vuelta por ahí.
Te dejará entrar en partes de ella que te dejarán hecho polvo.
Te dejará entrar en su corazón si tienes un martillo y un torno.
Pero en su jardín secreto, ni se te ocurra.

Has hecho un millón de kilómetros, has llegado tan lejos, hasta ese lugar donde no puedes recordar y no puedes olvidar.

Te guiará por un sendero, habrá ternura en el aire.
Te dejará llegar justo tan lejos como para que sepas que está ahí de verdad.
Te mirará y sonreirá y sus ojos dirán que tiene un jardín secreto donde todo lo que quieres, donde todo lo que necesitas siempre estará a un millón de kilómetros de distancia.

Bruce Springsteen, Secret Garden

22 enero 2010

Ficción y no ficción

Coloca juntas cosas que no tienen ningún sentido, que no soportarían el más mínimo análisis. Hace que nos las traguemos una por una sin cuestionarnos nada, solo queremos ir un poco más adelante, a la siguiente trampa, a la siguiente mentira, tan bien colocada, tan bien cosida. Nunca te deja mirar atrás, solo te hace esperar lo que vendrá a continuación. Teje una urdimbre de preguntas sin respuesta, de futuro sin pasado, de inmediatez y expectativa, de ansia por lo que vendrá. J.J. Abrams es un genio de la prestidigitación. Un padre de la esencia del siglo XXI. Corre, corre adelante, escapa, busca más lejos, no mires atrás. Nada de aquello importa.

Por lo demás, en cuanto a la no ficción, a la vida real que hay fuera de las ventanas, me desalienta comprobar que soy más sensible a la fealdad que a la belleza. Me descorazona salir a la calle. Solo percibo personas desagradables o enfadadas, tristeza, sordidez y angustia. Y me pasan desapercibidas o me dejan indiferente las cosas hermosas, los paisajes, los rasgos humanos, los buenos sentimientos. Hace que el aire sea pesado, la comida insípida, las obligaciones intolerables.

Le doy al play. Prefiero perseguir el futuro con Olivia Dunham, a quien todos los magníficos logros que consigue le parecen siempre poco y mal.

16 enero 2010

Contenidos sin interés

Me resulta difícil recuperarle el pulso a escribir.

Utilizo el ordenador todos los días. Aunque solo sea para poner una peli o un capítulo de las series que sigo. No solo para eso. También preparo clases, estudio, trasteo y tonteo. Pero no escribo. Nunca. De hecho, incluso he perdido pericia al teclear. Pierdo letras, confundo, descoloco, la errata es la norma, la tecla más usada es la de retroceso. Lo dejé atrás y ahora que lo quiero de nuevo de vuelta, está muy oxidado. Está casi perdido.

Pero pienso mucho en el blog. Quiero escribir, tengo cosas que contar. Una frase de una canción (mi fuente favorita), cosas que leo.

En el coche el otro día, mientras pensaba sobre un tema posible, vino a mi cabeza una frase y, para no olvidarla, la grabé con el móvil mientras conducía. Ha dado igual. Cuando olvidas una idea que en el momento de tenerla te pareció buena, sientes que has perdido algo. Pero cuando la apuntas, al rescatarla unas horas o unos días después, está huérfana, desprovista de todo su sentido, de toda su magia.

Así que no sé. La vuelta se produce, era necesaria, es un hecho. Pero va a ser más laboriosa y difícil de lo que preví en un primer momento.

Tengo la tecla un poco afónica.

09 enero 2010

De vuelta

Lo intenté mucho. Pensar un nombre mejor, un diseño más bonito, algo que sintiera que me definía y eso. Qué va. Solo necesitaba descansar. Ya lo véis, he cambiado otra vez los colores, el tipo de letra y además, para ser audaz, el título, esas cosas, como quien pinta el salón para fingir que entra en otra casa y en otra vida. Pero, como decía Tony Soprano en mi tele ayer: "There's no geographical solution to an emotional problem".

Lo que pasaba hace ahora un año y diez días era que quería parar de escribir.

Y lo que pasa hoy es que quiero volver.

Total, qué importancia tiene.

Estoy en casa.

30 diciembre 2008

Fin de Algo

Yo no sé, pero cada vez que entro aquí tengo la sensación de que la puerta chirría y todo está oscuro, silencioso y polvoriento. Casi nadie viene a ver, hace meses que esto va para abajo. El cierre se aproximaba y ha llegado, no porque vaya a quedarme sin blog, sino porque abriré otro un día de estos. Soy de ese tipo de gente que no aguanta mucho tiempo con las cosas una vez que las considera viejas. (Siempre les digo a mis alumnos que para todo hay dos tipos de personas: los que sí y los que no). A mí me gustan las cosas nuevas, el olor a nuevo de los libros, de los coches, de la ropa.

Hay que renovarse. No puedo estar mucho tiempo con un blog cuyo nombre, color o atmósfera general no me representa. Hace un tiempo que tengo esa sensación con este lugar. Yo he cambiado, o siento que he cambiado, y sin embargo aquí todo continúa igual. Necesito cajones nuevos, otro color, otra fuente, otro nombre y probablemente otro alojamiento que no sea blogger.

Llevo bastante tiempo dándole vueltas a la idea. No lo he hecho aún porque no tengo nombre para mi nuevo sitio, pero llegará cuando tenga que llegar. De todos modos, aprovechando las vacaciones y la entrada de un nuevo año impar doy por concluida una etapa.

Este blog me ha traído muchas cosas muy buenas. Me ayudó en un par de reencuentros, vino conmigo en un par de aventuras inolvidables, siempre será especial para mí. Pero ha llegado hasta aquí y aquí se va a quedar, alimentando para siempre la nostalgia.

Feliz Algo Nuevo. Ya os diré dónde encontrarme.

Y cómo no dejar una canción aquí. La mejor (hasta ahora) de las que se conocen del próximo disco de Bruce Springsteen. No puedo parar de escucharla. La adoro.



(Y un intento de traducción de la letra...

Nos conocimos en el valle, donde el vino del amor y la destrucción fluye
Allí en aquella curva de oscuridad donde las flores de la tentación crecen
Dejé el resto para los otros, eras tú y nada más
Me sentabas tan bien, nena, tan bien como la vida misma.

Eras la vida misma, precipitándose sobre mí
La vida misma, el viento en los olmos negros
La vida misma, en tu corazón y en tus ojos,
No puedo hacerlo sin ti.

Supe que tenías problemas, cualquiera podría decirlo
Llevabas tu pequeño libro negro del que caían todos tus secretos
Desperdiciaste todas tus riquezas, tu belleza y tu abundancia
Como si no tuvieran más uso para la vida misma.

Eras la vida misma...

¿Por qué son las cosas que más valoramos las que se desvanecen en el tiempo?
Hasta para la música crecemos sordos, y para la belleza de dios ciegos
¿Por qué las cosas que nos conectan son las que lentamente nos separan?
Hasta que desaparecemos en nuestra propia oscuridad
Extraños para nuestros propios corazones

Y para la misma vida, corriendo hacia mí..

Así que aquí hay uno para la carretera,
Aquí hay uno brindando a tu salud
Y para la vida misma, corriendo hacia mí
...
La vida misma
La vida misma
...
)

20 diciembre 2008

Caminar como un hombre

Hoy he acabado de ver la tercera temporada de Dexter. No hay ningún espoiler en lo que viene a continuación (si has visto al menos la segunda, advierto).

Esta tercera temporada mejora (y entonces resulta que era posible) con respecto a las dos anteriores. El personaje va adquiriendo profundidad y entidad. Se tridimensionaliza, escapa de la pantalla y se sienta a tu lado en el sofá jugando con el mismo gancho desde el primer episodio de la primera temporada: su parecido contigo. El famoso y manido proceso de la identificación.

La pregunta es ¿qué puedo tener yo en común con un asesino en serie psicópata? Y bueno, la respuesta es, siempre, el hecho de ser una persona.

El atractivo de Dexter Morgan es que atraviesa todas las fases del crecimiento humano pero (el 'pero' es la gracia) despojado de los sentimientos, a veces tan molestos y engorrosos. Por lo tanto, puede ofrecer un análisis desprovisto de los condicionantes sociales, de los supuestos obligatorios, de las normalmente inevitables emociones. Así, se echa una novia, la deja embarazada y se compra un monovolumen sin apenas crisis: es lo que hay que hacer. Le ves crecer, madurar, tomar sus propias decisiones, reflexionar en las encrucijadas, darle vueltas a las cosas, discutir consigo mismo, equivocarse y seguir avanzando. Y todo eso sin sufrir ni disfrutar, casi asistiendo como espectador a su propia vida y analizándolo todo sin apenas implicarse. Y digo apenas porque, a pesar de todo, sabe que se trata de su vida. Intenta construir una vida. Y eso es lo conmovedor (lo humano) de Dexter Morgan.

Pero no es esto, o no solo, lo que me hace escribir sobre él hoy: existe otra faceta de todo ser humano que en esta serie (en especial en su tercera temporada) se analiza particularmente bien: la relación padre - hijo. La noción de familia.

Dexter, el personaje, es quien es por el trabajo que su padre intentó hacer con él. Y a lo largo de estas tres temporadas vemos esa profunda relación que les une. Yo no puedo evitar ver algo muy real en esa relación, algo muy humano y muy verdadero, mío y seguramente de cualquiera. Vemos a Dexter a través de los ojos del padre. Y vemos al padre a través de los ojos de Dexter también. Las diferencias, el vínculo, la lealtad inquebrantable, los conflictos, la dureza del aprendizaje, las frustraciones, el amor. Ahora, viendo una de las secuencias de este último episodio, he recordado una frase de Oscar Wilde que memoricé de niña: "De pequeños, los niños admiran a sus padres. Cuando crecen, los juzgan. A veces los perdonan".

En algún episodio se produce un diálogo en la que se reflexiona sobre la importancia de la familia, el peso de la amistad, sobre lo fundamental que resulta caminar por la vida sabiendo que alguien te respalda. También sobre todas las cosas que nuestros padres, que quieren lo mejor para nosotros e intentan protegernos, no nos pueden, sin embargo, enseñar, porque son lecciones que debemos aprender solos. Ese diálogo es una especie de compendio del mensaje genérico que sobre este tema ofrece en conjunto toda la temporada, los 12 episodios puestos unos detrás de otros.

Por si a alguien lo dicho le parece poco, diré que además de eso, claro, están la sangre, las investigaciones, la hermana, la amistad desde varios puntos de vista, la lealtad, la traición y otras cosas interesantes.

Y para el final del todo, dejo esta canción de Bruce Springsteen que a mí me recuerda mucho a todo esto que acabo de decir y que últimamente me arranca las lágrimas siempre en la misma frase:



CAMINAR COMO UN HOMBRE

Recuerdo lo áspera que sentí tu mano sobre la mía
El día de mi boda
Y las lágrimas lloradas sobre mi hombro
Que no podía apartar
Bueno, tantas cosas me han pasado
Que no entiendo
Solo puedo pensar en cuando tenía cinco años
caminando detrás de ti por la playa
Pisando tus huellas en la arena
Intentando caminar como un hombre

Junto a Nuestra Señora de las Rosas
Vivíamos a la sombra de los olmos
Recuerdo a mi madre arrastrándonos a mi y a mi hermana
calle arriba a la iglesia
cada vez que oía aquellas campanas de boda
¿Volverán alguna vez a parecer tan felices
el guapo novio y su novia
como cuando entran en esa gran limusina negra
camino de su misterioso viaje?

Bueno, esta noche tú te apartas de mí
Y yo estoy solo en el altar
Y mientras miro a mi novia
acercarse por el pasillo rezo
para tener la fuerza de caminar como un hombre

Ahora los años han pasado y he crecido
De aquella semilla que sembraste
Pero nunca creí que habría tantos pasos
Que tenía que aprender por mi cuenta
Bueno, yo era joven y no supe qué hacer
Cuando vi cómo te robaban tus mejores pasos
Ahora haré lo que pueda
Caminaré como un hombre
Y seguiré caminando

Viendo cosas como esta, escuchando canciones como esta y reflexionando sobre esos profundos temas termino por pensar que a lo mejor tener hijos no es tan mala idea. Y entonces, aunque ya tengo bastante, desearía tener algo más de Dexter. Para poder vivir sin miedo a hacerme mayor. Para aceptar las cosas sin cuestionármelo todo.

14 noviembre 2008

25 ways to quit smoking, Bill Plympton (1989)



!Vamos a por la tercera semana!

02 noviembre 2008

Opiniones

Digo por ahí en los comentarios de un blog que a mí no me importa la ideología de los creadores, ni su carácter. Que lo que me importa de ellos es su obra. Y no sé si es del todo cierto. Tengo ejemplos que lo niegan: Bruce Springsteen me cae bien. Me gusta su música pero además lo admiro porque tiene unas ideas y es fiel a ellas, no tiene reparos en defenderlas públicamente, es un tipo familiar con unos valores sencillos y tiene la bendita paciencia de tratar a sus fans con amabilidad por muy maleducados que estos sean (cosas así).

Otro ejemplo: hace un año y pico me puse a leer una especie de biografía del Hollywood de los años 70 y no fui capaz de acabar porque supe que terminaría detestando a todos los directores, productores y actores que admiro precisamente por sus en ocasiones indefendibles comportamientos en aquellos tiempos.

Así pues, me pregunto hasta qué punto es cierto eso de que no me importa. Supongo que puedo afirmar que no me importa, aunque sí me afecta. Prefiero no saber cómo son en sus vidas privadas si eso va a hacer que no pueda disfrutar sus obras en la misma medida que antes de saberlo.

Hay cosas que me dan más igual que otras. Me da igual que Van Morrison sea maleducado con su público, Dylan prepotente. Me da menos igual que Dennis Hopper le pegara a su mujer. En cualquier caso, no son más que rumores. Creemos saber lo que vemos, lo que nos cuentan o lo que leemos, pero en realidad no sabemos nada, nada de lo que mueve a las personas a comportarse de determinadas maneras. Ahora, juzgamos en seguida, eso sí. Sacamos conclusiones, sentenciamos y condenamos sin despeinarnos ni un poquito. Lo que nunca nos paramos a pensar es qué conclusión podrían sacar los demás de nuestro propio comportamiento. Y si lo pensamos seguro que nos equivocamos de medio a medio. O lo más gracioso de todo: decimos (también sin que se nos mueva ni un pelo) que no nos importa. Una de las mayores mentiras que se pueden decir sin parpadear. Creemos que es cierto. Las cosas de la fe.

El caso es que llego a la conclusión de que sí: soy sincera cuando digo "no me importa la vida de los creadores". No me importa porque no me incumbe. Siempre está bien saber que un artista cuya obra te satisface tiene además grandes virtudes como ser humano (o lo que tú consideras grandes virtudes). Pero es innecesario conocer ese tipo de datos para disfrutar de la obra. De hecho, me atrevo a decir que es contraproducente.

Y en cualquier caso lo siento, pero me parece penoso oírle decir a gente que se supone inteligente cosas como "no escucho a X porque me cae mal". Eso no son argumentos. Y para mí nunca lo serán.

25 octubre 2008

Tarde de viernes

Me encierro en el salón, la puerta cerrada para que no escape el calor, como atrincherada en el pequeño rincón del mundo, etcétera. El año pasado estaba todavía harta de pasar frío en casa. Este año estoy harta de gastarme una pasta en una calefacción que después no puedo disfrutar. No sale a cuenta.

Me he traído el ordenador aquí, al sofá, con lo cual no tengo ni la obligación, como antes, de levantarme y atravesar el pasillo para mirar el correo. En estos… ¿cuántos? ¿quince metros cuadrados? me puedo pasar, me paso, varias horas, hasta días enteros si nadie lo remedia, si no lo remedio yo. Pongo la tele y veo el tenis, episodios sueltos de alguna serie mala, anuncios, y después abro el correo otra vez, me doy una vuelta y leo en la wikipedia qué pasó en 1989, hace diecinueve años. Me acuerdo de muchas de esas cosas, vi muchas de aquellas películas y las finales femenina y masculina de Roland Garros.

La mesa baja es demasiado pequeña para contener los restos de la actividad indolente de toda una tarde tapada con la manta, el vaso de agua, el cenicero, el cola cao, los mandos a distancia, las últimas pelis compradas y todavía envueltas en celofán (Rocky, El silencio de los corderos, Tiburón).

Este día no pasará a la historia. Tres comentarios en tres blogs. Un teléfono que no llegó a sonar a tiempo de evitar la tristeza o el enfado. Un texto sobre tenis que nunca verá la luz.

Estos días les cuento a mis alumnos lo importante que es tener una idea, lo inútil que es ponerse a escribir sin tenerla. Después les pongo ahí, con el papel y el boli, a buscarla. Deambulan por sus hojas en blanco, sus cerebros también en blanco, y con dos cojones son capaces de contar algo que yo aquí, con mi papel en blanco, mi mente en blanco, mi vida tal vez en blanco, no soy capaz de contar. Mierdas de historias mucho mejores que la que yo jamás escribí.

Supongo que en eso consiste ser un buen profesor. En conseguir que tus alumnos hagan lo que tú no pudiste hacer. Que sean lo que tú no pudiste ser. Lo que quieran. O tal vez solo conseguir que lo sepan.

Ahí enfrente, en la pared, Travis Bickle avanza hacia mí, las manos en los bolsillos, congelado en un paso. Mira al suelo. Su soledad y su vacío me inspiran. Yo también puedo ser lo que quiera. El día que lo sepa.

19 octubre 2008

Estoy cabreada

Mi casa parece tener un proceso autónomo de desorden progresivo. No sé qué coño hago, pero me doy el tute de poner fuera de la vista cualquier objeto que moleste, estorbe o desentone, y en un plazo máximo de dos semanas el caos se ha vuelto a hacer fuerte. No entiendo mi propia tendencia (debe de ser mía, puesto que no convivo) a dejar abiertas las puertas de los armarios, los pantalones tirados en la cama de la habitación que no uso, las gotas negras de jamás sabré qué sustancias en el suelo de la cocina. Necesito una esposa. Ah, no, que no están para eso. Carajo. Apenas veo la calle a través de las ventanas.

No entiendo por qué hay blogs que tienen la letra tan poco contrastada con el color de fondo y el tamaño minúsculamente diminuto. Yo no veo bien, uso gafas, vale, pero tampoco estoy cegata y con las gafas creo que mi visión es normal (no estoy segura, no sé exactamente qué es ver "normal", sé que me dejan conducir, por ejemplo). Pero entro en algunos sitios que me obligan a acercarme a treinta centímetros de la pantalla si quiero leer algo, cosa que, dicho sea de paso, no siempre merece la pena. (Si a alguien le parece que la letra de este blog es pequeña o no se ve bien es el momento de decirlo.)

Tampoco entiendo esa moda nueva del facebook. Es que me parece fatal. Te llegan invitaciones de las personas y lugares más peregrinos (la prima que no usa nunca internet, el colega que conociste hace 7 años en un foro literario y con el que llevas 3 sin hablar ni por el messenger). Invitaciones a "ver" sus fotos, no sin antes pasar por el laborioso, engorroso y sobre todo indeseado proceso de darte tú de alta y crear tu propio facebook. A ver. Yo no quiero tener uno de esos. No quiero porque para comunicarme con la pequeña parte del mundo que quiere saber algo de mí ya tengo mi blog y mi cuenta de flickr para mis fotos, no quiero porque no tengo el menor interés en conocer el grupo social de cada una de las personas que componen mi grupo social (si es que a mis cuatro queridos gatos se les puede llamar grupo social). No quiero porque me parece una mierda que te obliguen a dar tus datos para ver páginas que deberían ser de libre acceso, y porque (según he oído), este tipo de grupos (evolución de la evolución de foros, blogs y myspaces), son el mayor atentado a la intimidad que se ha llevado a cabo en internet desde el principio de los tiempos. Entre otras cosas. Qué coñazo dan.

He estado buscando durante toda la mañaña algún sitio donde me vendan un dvd original (me daba igual hasta que fuera de segunda mano) de una película que al parecer está descatalogada. Después de dar vueltas por google (y creo que cada vez soy más torpe haciendo búsquedas, pero supongo que esa es otra guerra), termino buscando el torrent. Dice el programa de p2p que la tendré en una hora. Joder, yo quiero ser legal y no me dejan. Si aunque solo sea por el tiempo que tardaría en llegarme no me compensa. Ahora otra cosa será que los subtítulos estén sincronizados. Si no lo están, cosa de lo más probable teniendo en cuenta que película y subs son cada uno de su padre y de su madre, tendré otro motivo para rebotarme con el mundo.

¿Será por ser domingo? ¿Tal vez necesito salir a que me dé un poco el sol aprovechando que hoy, día 19 de octubre, debe haber algo así como 27 grados en la calle?

Es que no tengo ganas. Coño.

14 octubre 2008

Billy Wilder (una cita)

Soy muy amiga de cierto tipo de citas. En eso mis gustos son como en cine, música o literatura, al final le pido muy pocas cosas a la vida: que no me amarguen la existencia, que no me hagan perder el tiempo, que me den un buen resumen de ciertas cosas que he vivido o que puedo vivir algún día o que no he vivido pero podría haber vivido o que nunca podré vivir, para entender lo que vivo y de paso hacerme una idea de todas las otras vidas posibles.

Me gustan las citas que me hacen pensar, las que me hacen reír con un fondo de amargura, las que demuestran que su dueño (o su autor, porque luego ya cualquiera se convierte en su dueño, cualquiera que las lee y las hace suyas en cualquier sentido) tenía una visión del mundo particularmente afinada. O afilada.

Bueno, así era Billy Wilder, por si a estas alturas alguien no lo sabía. Hoy, leyendo un extenso artículo sobre su vida, no he podido menos que apuntar lo que dijo cuando alguien le hizo la observación de que era el único habitante de Hollywood cuya familia había muerto en Auschwitz:

Están los optimistas y los pesimistas. Los primeros acabaron gaseados. Los otros tienen piscinas en Berverly Hills.

Ese sabor amargo pero siempre irónico es lo que me gusta de Wilder. La forma en que consideraba al ser humano una amalgama de rasgos ni limpios ni morales ni desinteresados. Me gusta cómo es capaz de darle siempre la vuelta a todo y mostrar la ambigüedad del otro lado, y sobre todo el modo en que consiguió aprovechar lo duro, lo enfermo, para hacernos reír pero sin dejar que nos olvidáramos de pensar.

Una vez asentado en Hollywood, volvió a Viena para ver a su familia, sobre 1938. Y volvió preocupado porque vio que allí nadie se daba cuenta del peligro potencial que suponía para los judíos el ascenso político del partido nazi alemán. Esa frase de ahí arriba es su forma de resumirlo. Y me parece un prodigio de síntesis, de ironía, de amargura y de penetración social.

Ahí os queda, para que penséis un rato.

06 octubre 2008

Otro otoño

El tiempo pasa, las estaciones se suceden, cada vez de forma más caótica y desordenada: llueve cuando debería hacer sol, hace sol cuando debería hacer viento, nacen las flores cuando deberían caer las hojas. Todo aquello que parecía inalterable es de hecho lo único que cambia, mientras que lo variable permanece intacto e indiferente. No parece una actitud muy inteligente esperar que los elementos se comporten como siempre lo han hecho. Llevo un tiempo aprendiendo solamente que lo inesperado es lo único posible. Pero no lo aprendo. Es una lección difícil.

Con el curso empieza un año más de incertidumbres. Volveré a llenar mi tiempo de planes y listas de tareas por hacer, volveré a perderlo en actividades inútiles y a solucionar los asuntos en el último minuto, volveré a decir que la próxima vez lo haré de otra manera.

Tengo una relación rara con las teclas últimamente. No escriben las palabras que quiero decir. También es cierto que quiero decir muy pocas.

29 septiembre 2008

Bueno...



Solo es la muerte.

25 septiembre 2008

Centauros del desierto (The searchers, John Ford, 1956)

(Y con el otoño habrá que ir pensando en volver…)

Me da bastante rabia buscar información y opiniones sobre una película y encontrarme con términos como "magistral interpretación", "obra maestra", "papel magnífico", "soberbia fotografía".

No digo que yo no los haya usado o los vaya a usar alguna vez, es cierto que a veces el entusiasmo añadido a la falta de imaginación o de creatividad nos juegan malas pasadas. O que al final tampoco es que andemos sobrados de expresiones para describir ciertas cosas. Pero jode verlo. Intentaré minimizar los daños de ahora en adelante, espero haber aprendido la lección.

En fin. El caso es que me he puesto a hacer los deberes atrasados (los divertidos, por ahora, no nos pasemos) y he visto una de John Ford por fin. Que ya era hora. Y ha sido Centauros del desierto.

Una de las críticas que he sobreleído (de Film Affinity, no pongo el enlace concreto por no buscarlo y porque es la primera que sale, quien sienta curiosidad que lo busque en google) me ha gustado porque dice sin pelos en la tecla que tanto ponerla por las nubes sin el mínimo rastro de intención crítica, de forma casi automática, es una vergüenza. Hombre, meterse con que en la ficción el Monument Valley lo colocan en Texas me parece una tontería (para el caso podríamos protestar porque los indios que vivían allí entonces eran navajos y no comanches). Para eso está el cine. Pero tiene razón en lo del desarrollo psicológico del personaje de Debbie (Natalie Wood, la niña raptada por los comanches). No es que tenga razón exactamente, porque dice "menos definida que un cuadro de Miró", como si ahora la abstracción tuviera que ser "definida", pero sí tiene razón (o yo se la doy, por mi parte) en la idea que pretende transmitir con tan desafortunada comparación. El caso es que como ejemplo vale. El personaje es una pura anécdota. Un macguffin. Pero al final hay que rescatarla, que si no, nos perdemos la clave de la redención de Ethan, el protagonista. Lo que viene a decir es que fallos, tiene, y que una obra maestra tiene que ser perfecta y redonda en todo. Pues bueno.

Esto me ha hecho pensar en qué se considera obra maestra, por qué y por parte de quién. Bueno, es un tema que me planteo muy a menudo.

¿Es una obra maestra una creación que te toca "algo" en algún momento? ¿A ti y a cuántos como tú? ¿Necesitas una enumeración exhaustiva de dieces en guión, preproducción, realización, interpretación, fotografía, montaje y hasta distribución, mercado en dvd o calidad de los subtítulos de Asia Team? ¿Necesitas el respaldo de treinta nominaciones a treinta diversificados premios internacionales, y a ser posible algún muñequito dorado anexo?

No sé. Había leído por ahí que la última de Batman era la rehostia (sí, lo de obra maestra también) y menudo truño que tuve que aguantar a costa de la tontería. Cago en todo, valiente tostón.

En fin. Empecemos otra vez, que me voy por los cerros de Úbeda (y total, para lo que me sirve).

Lo que me ha gustado de la película:

Los exteriores impresionantes, ahora tantas veces vistos pero siempre sorprendentes, filmados con buen ojo y fina sensibilidad (y esto intentando no caer en ningún tópico, eh, me estoy luciendo). Y además fue prime. Si hasta tuvieron que llevar el agua e instalar postes eléctricos. Lo he visto en los extras.

(Los recuerdos de mi infancia. Sí que había visto pelis de Ford. Pero tenía diez años y no sabía quién era Ford.)

La amargura, la soledad, la violencia y la obstinación cerril del personaje de Ethan Edwards (John Wayne). Casi el hecho de que no tengan explicación es lo mejor de todo, si lo piensas bien.

La forma tan sutil en que nos muestran al perdedor: de la guerra, de la chica (Martha, su cuñada, y él están enamorados pero por algún motivo él se fue y ella se casó con su hermano), de la familia.

La sensación que se me quedó por dentro de comprender al nómada, que vaga sin descanso y sin posibilidad de regreso (no hay donde regresar), como el alma del guerrero indio muerto al que arranca los ojos de dos disparos cerrándole así las puertas del paraíso.

Los paralelismos: entre el protagonista y los indios a los que odia (sin que se sepa muy bien por qué, ya que tan bien los conoce); entre las situaciones que vive Ethan y las que vive Marty, su compañero y casi alter ego (que también deja a su novia sola en casa, y también está a punto de perderla en brazos de un hombre más 'arraigado', aunque más soso); la novia india de este mismo Marty, que adquiere a cambio de unos sombreros sin saberlo; el ansia de venganza por la pérdida de los seres queridos, especular en el indio y en el vaquero (así se dividían cuando yo era niña: indios y vaqueros. ¿No?)

Los momentos cómicos e irónicos, como la rivalidad entre Ethan y el reverendo/capitán de los rangers o gran parte de la secuencia de la novia india de Marty.

Lo que no me ha gustado:

Que sus 115 minutos de duración se me han hecho largos, lo que atribuyo a un montaje un poco farragoso, hecho paradójicamente unido a un guión que por momentos se queda como incompleto.

La poca definición de algunos de los personajes, incluso del protagonista, difuso, en especial en el cambio de orientación de su sentido de la humanidad, conmovedor pero poco comprensible. Y muy especialmente el flojo personaje de Natalie Wood ya mencionado.

La música, demasiado estridente y empeñada en subrayar, aunque le reconozco su uso casi narrativo (o sin casi, lo que la hace un poco… ¿formalista? ¿John Ford? Esto sí es un sacrilegio, eh…)

Total. Que no sé con qué quedarme. Tal vez esperaba mucho más de la tan perorada epopeya. Pero para mí que va a ser una de esas pelis que se te quedan dentro dando vueltas y vueltas y vueltas…

10 septiembre 2008

Silencio

Uno de los elementos que le dan más peso a mi bolso es un bloc en el que suelo apuntar cosas. Esas frases que apunto a veces me sirven para después trasladarlas aquí y otras veces se quedan solo como recuerdo, anotaciones sueltas sin importancia.

En todo este verano no he apuntado en el bloc ni una sola palabra. No tengo nada que contar.

De todos modos, el bloc no lo suelto. Por si acaso. No vayamos a perder la esperanza.

21 agosto 2008

Vivo

Y... ¿cuánto tiempo hace que no escribo aquí? ¿Una eternidad aproximadamente? Es que he estado muy liada, he tenido oposiciones (ah, que no lo había comentado), y además, claro, estoy de vacaciones, tengo la suerte de tener un sitio para irme a medio descansar donde no hay internet ni nada, y no tengo ni la decencia de avisar, más que nada por si me da un día, como hoy sin ir más lejos, por volver en el medio de las mismas y soltar una parrafada sin puntos seguidos ni puta que los parió, aunque ahora, para joder, meteré un punto y aparte y ya vuelvo a la normalidad en el siguiente párrafo.

En fin. Que este verano tan raro sigue avanzando y van pasando fechas. Primero eran las opos (mal, pero ahí estamos, por lo menos conocí Ciudad Real y tuve un finde de regalo en Madrid que me sentó de maravilla), después las fechas clave eran los conciertos de Bruce de Madrid y Barcelona, que eran como los hitos del verano, o algo muy parecido (me lo pasé muy bien y me acuerdo de ellos con nostalgia y emoción y se quedarán, como los de noviembre, en la carpeta de "Cosas que nunca jamás debería olvidar"), después el pueblo y la familia, días de no hacer gran cosa y dedicarme, como en la infancia, a dejar pasar el tiempo, a dormir más horas que un lemur y a charlar de intrascendencias con la gente de toda la vida. Después las fiestas del pueblo, con el inevitable cordero al horno, los postres dobles y triples y las panzadas a fregar cacharros, y las visitas de familiares lejanos de los que no conoces el nombre, las alegres presencias de las personas queridas, de personas cada vez más queridas. Ahora viene una semana de vacaciones por ahí, cosa que hace años no disfruto y supongo que será por eso que tengo tantas ganas, y mi cumpleaños, que me pillará no sé ni dónde ni haciendo qué y eso es lo mejor de todo. No sé qué será de mí en septiembre, ni mucho menos en octubre, pero ahora mismo no tengo ganas de pensar en eso. Solo tengo ganas de seguir pasando los días así, con cosas pequeñas para llenarlos, y después... después ya veremos.

A los pocos que se arrimen aquí a leer les deseo un buen resto de Agosto. Nos vemos a la vuelta, supongo.

14 julio 2008

Saving private Ryan, Steven Spielberg, 1998

Omaha Beach.

Ponemos la cámara en Normandía. La hacemos agitarse en la lancha de desembarco, junto al sargento que masca tabaco, el capitán con temblor de parkinson y el soldado que besa su cruz porque se sabe un instrumento de dios. La hacemos mirar estoica o asombrada, sin apartar la vista, cómo mueren los primeros. Como blancos de entrenamiento, como fardos, caen agujereados.

(Y es que, algo que no vemos ni llegamos a saber, la única opción de los chicos del SS Standartenführer Kurt Panzer Meyer, niños apenas en un país en el que quedan cada vez menos hombres disponibles, es disparar hasta morir ¿qué otra cosa, si no? Es la guerra. Es lo que saben hacer. Es lo que tienen que hacer.)

Y mueren. Caen como moscas. Tiramos la cámara por la borda como un soldado más, y sin respiración vemos cómo nuestros compañeros se desprenden de sus fusiles para no caer al fondo y morir ahogados. Vemos las balas atravesando el agua y clavándose en los cuerpos. Sangre en el agua. Hombres muertos. Inútiles mochilas abandonadas en el lecho del mar.

Sacamos a flote al espectador mojado, lleno de frío y de miedo. Respira una bocanada de aire que parece devolverle la vida. A medida que avanzamos hacia la arena de la playa las balas vuelan, rebotan contra los metales, silban amenazando de muerte; por todas partes gritos de desesperación, de terror.

¿A qué huele? El olor del mar, el olor de la arena mojada, el aire pesado y húmedo del océano en un día de nubes grises, bajas, plúmbeas, se mezcla con el olor metálico de la sangre que mana y se diluye en el agua, que se filtra en la arena y que mancha los uniformes mojados de los soldados que lloran y llaman a sus madres, aterrados. Huele también a metal fundido, a humo, probablemente a mierda, a entrañas vaciadas.

Todo es caos y nadie sabe qué está sucediendo. Solo que los proyectiles llueven por todas partes y hay que correr, correr. Que en algún momento alguien cae junto a ti y llora y vocifera de dolor, y lo coges por el cuello de la chaqueta y lo arrastras hasta que te das cuenta de que ya no llora más porque estás arrastrando medio cuerpo irrealmente ligero. Que ves cómo las balas atraviesan los cráneos de los soldados y no puedes sino correr hacia cualquier parapeto.

Nadie parece saber por qué está ahí, ni para qué, ni qué hacer, ni dónde ir. Un hombre que es un capitán se convierte en un símbolo. Esos detalles que en los desfiles militares no tienen apenas sentido porque en tiempo de paz es difícil comprender lo que ocurre en otros tiempos, adquieren de pronto importancia. Los galones aportan una referencia, un vínculo con la razón, con lo comprensible. Cuando el mundo se hace tan plano que lo único importante es el siguiente paso y alguien que te diga qué debes hacer. Aunque tampoco lo sepa. Solo seguir ciegamente adelante.

Cuando los hombres son solamente un conjunto de músculos agarrotados por el frío y el miedo y lo único que demuestra que son hombres es que se sabe a ciencia cierta que los animales nunca harían una guerra; cuando el mayor ejemplo de organización humana pone al hombre al nivel de disciplina y obediencia de la hormiga; cuando una secuencia te hace comer arena ensangrentada y ofrecer tu chicle al capitán para pegar un espejo a la punta de la bayoneta…

(Objetivo: acabar con los chicos de Panzermeyer, tomar la playa, matar, morir, salvar Europa, ser el Bien del Mundo, la Mano de Dios.)

Entonces el cine sí, efectivamente, sirve para algo.

Esto es solo la primera secuencia de la película, tal como la vi hace unos años. Sirve para meternos en la acción, para contextualizar y presentarnos a los personajes que nos acompañarán las próximas dos horas.

Y también sirve crear un contraste entre la mortalidad anónima, la locura aparentemente caótica de la guerra y el rescate de un hombre que por una carambola desgraciada del azar toma relevancia entre cientos, miles como él, y adquiere nombre y apellidos.

Hace unos años leí Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer, y recuerdo haber pensado entonces en lo lejos que están en una guerra las intenciones, las ideas y las percepciones de los oficiales con respecto a las de los soldados que llevan a cabo sus indicaciones. Aquí pasa un poco lo mismo. No es igual estar en un despacho a miles de kilómetros de las balas y la muerte que estar ahí debajo. No se ven las cosas igual.

Pero el grupo de soldados que emprende la búsqueda de James Ryan (Matt Damon) emprende además un camino de comprensión y profundización en el símbolo. Y de eso creo yo que trata esta película. De símbolos.

No quiero poetizar sobre la guerra porque la guerra es una mierda. Pero esta película es un símbolo. Y es un símbolo de muchas otras cosas además de la guerra.

28 junio 2008

¿Último esfuerzo?

Que sí, que ya sé que debería estar estudiando o haciendo cualquier otra cosa útil y necesaria de todas las que tengo por hacer (deshacer las maletas de la última mini – mudanza, preparar el viaje de mañana, hacer la cama, quitar el polvo, doblar la ropa, planchar la falda y no sigo, total, para qué agobiarse).

Entro y miro una vez más el listado absurdo de "material para la prueba práctica" y me pregunto una vez más para qué cojones voy a usar yo una calculadora (exenta, eso sí, tuve que comprarla y la verdad es que aluciné de encontrarla con tan poco trabajo, ¿quién coño usa hoy en día calculadoras? ¿por qué siguen a la venta?)

Meto mi dni en el apartado denominado "Seguimiento personalizado de las oposiciones" y no hay nada nuevo, claro. Ya lo sabía. Mi tiempo estos días es sistemáticamente malgastado en acciones relativamente inútiles.

Fumo. Fumo más. Uno más y me marcho. Hace calor. Por fin. No olvidarme el bikini y la toalla (no vaya a ser que hagan falta, cosas más raras se han visto). Miro al lunes y al jueves y no sé muy bien qué esperar. ¿Nada, tal vez? Es imposible no esperar nada. La naturaleza humana, le dicen.

Escribo estas cuatro frases para que mi anhelante público no piense que me he muerto. Bueno, escribo estas cuatro frases para no enfrentarme a las páginas del libro de producción que hablan de "presupuestos". No tengo ni puta idea de presupuestos. ¿Para qué otra cosa puede servir una calculadora?

No sé si pensar en el tema o no pensar. Como si tuviera alguna capacidad de decisión sobre el asunto. Como si la hubiera tenido alguna vez.

Apartar los pensamientos negativos como si fueran moscas gordas, de las que se dejan golpear en el aire. Luego, en sueños, es otra cosa. Ahí mandan las moscas gordas, me parece. Cuando me despierto no me acuerdo, pero está la sensación de inquietud que permanece.

Miro a mi futuro y no sé qué veo, no sé qué esperar, no puedo hacer planes. Pero los planes se dibujan en mi cabeza sin que pueda apartarlos a manotazos. Plan A. Plan B. Plan C. Y así.

Saco la calculadora de su caja y de su bolsita protectora. Compruebo que funciona el botón del porcentaje. Pienso que tal vez se le acabe la pila antes de tiempo. Como si fuera a darle mucho uso, me río de mí misma. ¿Le pondré un marco y la colgaré en el cuarto de baño al acabar?

Después vendrá el examen de moto (el segundo, carajo, qué torpeza la mía). Y después las vacaciones. Que pintan preciosas, soleadas, felices. Merece la pena pasar este desierto con ese oasis en el horizonte.

Venga, vamos a pasar el rubicón de esta semana. No queda nada.

Hop!

05 junio 2008

Costumbres

Las personas tenemos costumbres. Nos gusta desayunar todos los días más o menos lo mismo, tenemos un orden en que nos gusta hacer las cosas, de ciertas personas esperamos ciertos comportamientos y adaptamos los nuestros a eso. No estoy hablando de expectativas, sino de cosas que son como siempre han sido y que están bien así.

Los cambios son variaciones en estas costumbres. Algunos los llevan mejor y otros peor. Hay que adaptarse a que las circunstancias a veces se comportan de formas inesperadas. En algunas ocasiones estos cambios son alegremente bienvenidos porque suponen modificaciones en ciertas rutinas que no siempre son agradables, o porque aumentan la sensación de agrado. Los cambios para mejor se agradecen, antes o después.

Pero hay otros cambios que son más jodidos.

En esta época del año, lo normal es que un ente indeterminado que se suele denominar "anticiclón de las Azores" se haya instalado en algún punto al oeste de nuestra vida (allá por las Azores, es de suponer). La función de este anticiclón es mandar las nubes hacia el norte, a los países donde no pueden presumir de un verano como el nuestro y permitirnos a los españoles empezar a quejarnos del calor que hace.

Ya el año pasado la cosa vino rara. Recuerdo que no pasé nada de calor en junio. Que apenas pude ponerme las sandalias (con lo que me gustan). Y este año mayo ha venido imbécil y junio está viniendo jilipollas.

No me gusta este cambio climatológico (no voy a decir climático porque eso es otra cosa, dice Al Gore). Me molesta. Me cuesta adaptarme. Me amarga la existencia levantar la persiana y volver a ver las putas nubes y que haga este puto fresquito. Quiero quitarme los putos calcetines. Quiero sacar del armario los putos tirantes. Me quiero asar de calor.

¿Dónde coño se ha metido el anticiclón de las Azores?