25 junio 2007

Tengo un premio


El querido Lagarto me lo ha concedido. Se llama, al parecer, Thinking blogger award, se concede a los blogs que hacen pensar y es, tal como están pensando, un meme.

Se trata de enlazar cinco blogs elegidos por tener esa cualidad, es decir, hacerle pensar a uno. Se supone que además hay que enlazar el blog que te ha otorgado el premio y también añadir la imagen del premio en cuestión.

Esto, como podréis comprender, me llena de orgullo y satisfacción. Me encanta decir obviedades.

Ahora debo ir con los míos. Algunos los tenéis ahí abajo, a la derecha. Otros, todavía no, incluso es probable que no estén nunca. Pa qué.

Se supone que los premiados deben hacer lo mismo, etcétera, etcétera. No hace falta decir que no hace falta.

El problema de estas listas es que son endogámicas. El lagarto me ha dejado sin poder decir tres que ha dicho él (más el suyo propio, claro) y yo haré lo mismo con los subsiguientes casi seguro, aunque voy a intentar dejarles un par libres. Para ello, enlazaré dos blogs de esos de cientos de miles de visitas, cuyos autores, huelga decirlo, no me leen, ni conocen mi existencia, ni falta que les hace. Si por esas cosas de las páginas de estadísticas llegaran hasta aquí, les pido disculpas.

And the Thinking Blogger Awards go to:

El señor Otis B. Driftwood. Me hace pensar con su sentido del humor, su inteligencia, su modo de quedarse fuera de las ventanas y atisbar. Le doy el premio por su inquebrantable fe en el ser humano, que le hace indignarse por las cosas más "ya, así es, menuda novedad", por sus gustos cinematográficos, escandalosamente parecidos a los míos, por su espléndida segunda casa, por su exquisita educación y por su buen gusto general (apreciación esta última que no tiene nada que ver con la previa consideración de que su gusto se parece al mío, por supuesto).

El señor Fanshawe. Me hace pensar con su sensibilidad, con la forma que tiene de enfrentarse a la vida y sus vaivenes, con su capacidad de observación de lo cotidiano, con el modo en que sabe provocar escalofríos contando lo que le provoca escalofríos a él. Le doy el premio por lo distinto que es a lo que soy yo y porque siempre me hace mirar las cosas de otra manera.

El señor Jaime, de La decadencia del ingenio. Me hace pensar con las mismas ideas absurdas con las que me hace reír, cosa muy difícil en los tiempos que corren. Le doy el premio por delirante y surrealista. Porque da en el clavo.

El señor Hernán Casciari. Me hace pensar en que otra tele es posible, porque ve la tele como la veo yo. Le doy el premio por considerar el p2p un derecho humano y por escribir de puta madre.

El señor Vigalondo. Me hace pensar porque piensa. Le doy el premio porque es muy friki, porque me ha demostrado cómo cambia un blog solo por el hecho de ser leído por una cantidad considerable de personas, pero cómo puede no cambiar el que lo escribe, o cómo lo escribe, o incluso, cuestión que parece una paradoja, pero no lo es, para quién lo escribe. El arte de mirarse el ombligo y sin embargo, conseguirlo.

No hay más. Sé que no hay chicas. Estoy en contra de la paridad en todas sus manifestaciones.

Chicas, sabéis que os quiero.

(Pd.: No preguntéis. Todavía queda mucho camino. No quiero hablar de eso.)

20 junio 2007

Break

Quedan dos días. Cada minuto que pasa voy sintiendo más los latidos del corazón, el dolor de barriga, el estómago cerrado, las ganas de fumar.

He decidido cerrar las ventanas unos días, centrarme. Recogerme un poco, evitar tanto las distracciones como las conversaciones sobre el tema, al menos en la medida de lo posible. Eso incluye, entre otras cosas, dejar en silencio el teléfono y apagar el ordenador.

Nos vemos la semana que viene.

18 junio 2007

Qué va, yo no estoy nerviosa

Como chocolate en el postre, en la merienda y en la cena. Y después otro trocito. Y he aumentado el consumo de cigarrillos a un paquete diario, es decir, casi el doble de lo normal.

Cuando llega la hora de irse a dormir, se me ocurren cien cosas inútiles que hacer: revisar el correo, mirar los comentarios del blog, ver un rato más la tele, lavar la cafetera, charlar con un ligue virtual. El caso es que al final no me acuesto hasta las dos. Y sin sensación de sueño. Aunque luego me quedo como un tronco.

Mientras duermo, sueño las historias más absurdas. En sueños me acuerdo de gente que durante la vigilia nunca se pasa por mi conciencia. Señoras del Orfeón, personas que hace tiempo no veo, mi hermana, gente inventada.

Cuando suena el despertador por la mañana, siento su sonido como una tortura. Lo apago y me duermo. Suena. Lo apago y me duermo. Suena. Lo apago y me duermo. Suena. Lo apago y me duermo. Deja de sonar. Entonces me despierto. Doy vueltas en la cama un cuarto de hora. Escucho la lluvia al otro lado de la ventana. Ya no tengo ganas ni de cagarme en dios por la puta lluvia. Hay una especie de resignación. Otro día nublado, pues bueno.

Me levanto, desayuno, me siento delante del ordenador. Otra vez a revisar el correo (no hay nada). A buscar respuestas a los comentarios o blogs que hayan sido actualizados (tampoco hay nada). A mirar el tiempo en terra (va a seguir nublado sine die).

Busco dos o tres palabras en el diccionario. La más friki de hoy, por el momento, es la reflexión sobre el uso reflexivo (perdón) del verbo leer. Ese invento de "el libro que me estoy leyendo", "una vez me leí un libro", "ese no me lo he leído", "léetelo, que mola". Pienso que los que usan ese reflexivo no han leído un libro (de verdad) en su puta vida. Y después me pregunto si yo misma no lo habré usado alguna vez.

Por fin abro la programación. Tengo que repasarla y traducirla a gallego. ¿Que por qué no escribo en gallego? Porque no es mi idioma materno. En gallego no sé expresarme. Y por una especie de rebeldía imbécil. Vale, tú me obligas y yo lo hago. Pero lo hago como me salga de los cojones. Y si meto morcillas, metidas quedan. Ahora que nadie me diga, por favor, que no me obligan. Hay muchas formas de obligar.

Y al tercer párrafo (la página de la Universidad de Vigo ayuda, pero se carga el formato, no sé qué será más laborioso), me canso. Abro el bloc de notas, que para estas cosas es más ágil que el word, total qué más da, y escribo esta chorrada.

Es verdad, no estoy nerviosa. Estoy descentrada, desmotivada, aburrida y con ganas de que acabe de una puta vez.

Pero hoy es martes. Y mañana, miércoles. Y pasado, jueves, que ya está ahí. Y el día siguiente me voy a Lugo. Ay. Que no estoy nerviosa, coño. Lo que estoy es acojonada.

17 junio 2007

Tarde de deportes dominguera con agujetas y resaca

Yo no sé nada de Fórmula 1, pero la pinta que me da es que Hamilton es la niña bonita de McLaren. Tengo la sensación de que en la escudería eligieron a Alonso por dos motivos: el primero, cubrirse las espaldas, por si las moscas; el segundo, azuzar a Hamilton, espolearle, motivarle para que llegara pronto a lo que estaba destinado a ser.

Es un buen piloto, probablemente mejor que Fernando, y necesitaba tal vez solo una cosa para ser un campeón: creer que era posible. No hay mejor forma de creer que es posible ser un campeón que desayunar con uno por las mañanas. Sobre todo si tienes talento, y Hamilton lo tiene a espuertas. Eso y el típico padre con un ojo siempre en su nuca, me dan escalofríos cuando veo a esos padres detrás de los niños triunfadores. Pero Lewis ya no es un niño.

Fernando Alonso ha nacido para estrella y en McLaren no va a seguir siéndolo, al menos no en la medida en que lo fue con Renault.

Lo que sí es cierto es que la escudería está bien blindada: tiene dos seguros a todo riesgo. Con esos dos portentos tienen garantizadas la competitividad y el espectáculo. Y casi también el mundial de pilotos y, por supuesto, el de fabricantes.

Pero cambiemos de asunto (siempre he querido usar esta frase). Yo soy una de esos madridistas asquerosos que se cagan en los pijos cuando pierden y dicen con amargura que les está bien empleado. Apenas he seguido la liga esta temporada, del mosqueo que tenía de años anteriores. Pero claro, a medida que se iba acercando el final y la cosa se ponía más y más interesante, me iba quedando yo también con la copla. En fin, que hoy estoy contenta.

¡Alirón! :)

15 junio 2007

Más cajones

No tienen precio muchas veces las frases que oyes a la gente por la calle, en los bares, en las tiendas, en el autobús, en la tele... Algunas veces solo me río. Otras veces me río y las apunto. Fanshawe tiene una sección que se llama Oído al pasar que ya es herencia de otra gente y que, dicho sea de paso, es una lástima que no utilice más a menudo, con la capacidad de observación que tiene.

El caso es que siempre me ha gustado esa categoría, así que hoy y aquí estreno yo la mía. Se llamará, para que no se note mucho el plagio, Al vuelo, y usaré para bautizarme una simple pero contundente frase que le dijo la empleada del bar de enfrente a su jefe en una leve discusión sobre una fuga de agua:

Yo sí te entiendo, pero tú no me entiendes a mí tampoco.

(¿En qué quedamos?)

Queda inaugurado este pantano.

14 junio 2007

Flaccidez

El otro día, hablando con una compañera de trabajo que tiene más o menos mi edad (aunque sus circunstancias son otras: funcionaria, esposa y madre, nada más lejos de mi situación e incluso de mi plan de vida, para bien o para mal), ella mencionó la palabra "flaccidez". Para evitar malentendidos, añadiré que se refería a su propio cuerpo: a su culo, a sus tetas, a la piel de su cara.

Yo me quedé un poco boquiabierta. Procuré que fuera por dentro, claro. Por fuera le dije que no pensara en zarandajas, que estaba estupenda (porque es verdad) y que al fin y al cabo, los veinte hace un tiempo que pasaron. Jamás había pensado en semejante concepto aplicado a mí misma. Era un tema que no podía estar más lejos de mis preocupaciones, las diarias y de andar por casa y más de las profundas y trascendentes.

Pero la semilla de la palabra flaccidez dejó por ahí un rastro invisible, y ahora me sorprendo espiando los reflejos (en los bares, en las ventanas al pasar, en la pantalla del ordenador, incluso en los escaparates, y odio con toda mi alma mirarme en los escaparates) y buscando los estragos de los años en mi piel.

Lo malo es que los encuentro.

Ayer comentaba esto mismo, más o menos, con otra compañera (no usé la palabra flaccidez, parece de anuncio de cremas, es horrible, pero dije, más o menos, "me veo más vieja"). Esta compañera, ya amiga, tiene algo más en común conmigo que la otra (una falta definitiva y desoladora de metas, una ignorancia absoluta sobre lo que ocurrirá mañana, una insatisfacción permanente) y me miraba con la misma cara de alucine con la que probablemente miré yo a la causante de esta debacle. Concluimos que puede ser por el contacto diario con chavales y chavalas de veintipocos. Nosotras, que seguimos viéndonos como siempre nos hemos visto, con veintiesos mismos, recién puestas en el mundo, parecemos haber obviado todo lo que hemos vivido entre entonces y ahora, no obviado en el sentido de la experiencia, sino en el del tiempo pasado mientras tanto. Y nos cuesta darnos cuenta de que ya no se cumplen treinta. Ni treinta y uno. Ni treinta y dos. Ni… Que son horas de establecerse, de hacer cosas sabiendo que son definitivas, de irse dando cuenta de que, recurramos al tópico, los años pasan cada vez más rápido (nunca terminaba de creerme esto cuando me lo decían).

Y no sé. Estoy segura de que es porque estos días ando preocupada con lo de la oposición. Si apruebas, tienes la vida relativamente resuelta. Si suspendes, y más en este extraño caso nuestro en el que las interinidades apenas sí existen, vuelves a empezar, a preguntarte qué vas a hacer cuando acabe el verano. Y, por otra parte, esa chica joven que vive por dentro (por debajo de la flaccidez), independiente y contestataria también dice, bueno, K, si apruebas ya sabes lo que harás el resto de tu vida; y si suspendes, todas las posibilidades siguen abiertas. Todavía intenta engañarme con la cantinela de la libertad.

Supongo que es uno de esos "momentos de la vida", por los que todo el mundo pasa, la crisis de los treinta y tres o algo así. Ya no tengo edad para muchas cosas. Y me siento demasiado joven para muchas otras. Mientras tanto, suena de fondo el tic tac de un reloj, ahí en la repisa sobre la tele. Es desesperante llevar tanto tiempo en el mismo punto. Pero, al mismo tiempo, ahí seguimos, ¿no?

Luchando.

(Pd para frikis de las palabras: el diccionario de la Academia dice cuando buscas flaccidez que flacidez, que realmente suena más colgante y laxo todavía, pero yo lo pronuncio con dos ces y me cuesta mucho trabajo escribirlo solo con una…)

11 junio 2007

Otro icono sexual

No hay palabras que yo pueda decir. Escuchad éstas en su voz:



Y aquí, su mirada:



(No sé lo que me pasa últimamente, cuento con vuestra indulgencia y vuestra comprensión...)

09 junio 2007

Una película pequeña

Hace unos cuatro años, cuando era socia del Círculo de Lectores, tuve que comprar un libro sin querer. Tocaba hacer la compra bimensual y ninguno de los libros que me ofrecía aquel catálogo era de mi interés. Así que me fui a la página en la que aparecían los libros que están a punto de ser descatalogados y elegí uno en cuya portada aparecían las fotos de Kevin Spacey y Julianne Moore. Al parecer, rezaba el texto publicitario o reseña que había debajo de la foto, era la novela en que se había basado la película Atando cabos, que yo no había visto. Pero me gusta Kevin Spacey y me gusta mucho Julianne Moore, y el libro no era caro, y había que elegir alguno, así que elegí aquel. El resto de la reseña hablaba de un hombre cuya vida estaba desestructurada y que volvía a la tierra de sus antepasados, en busca de sí mismo. El tema me pareció interesante. Cómo un pasado que desconocemos puede influir sobre nosotros y ayudarnos a construir un presente y un futuro, y cómo las personas miramos atrás en busca de nuestra memoria o para entender a la persona que somos.

Cuando el libro llegó a mis manos y como suele suceder, me encontré con una pequeña sorpresa. Para empezar (y para variar), el personaje descrito en la novela no podía tener un físico más diferente al de Spacey:

"Un cuerpo como una rebanada de pan mojado. A los seis años pesaba casi cuarenta kilos. A los dieciséis estaba enterrado bajo una gran masa de carne. Su cabeza tenía forma de pepino, carecía de cuello, tenía un pelo rojizo encañonado en la parte de atrás. Unos rasgos que formaban un racimo como yemas de dedos que se besan. Ojos de color de plástico. La barbilla monstruosa, una superficie rarísima saliéndole de la parte baja de la cara."

Y pensé que no me iba a gustar, pero seguí leyendo, porque por el momento me estaba gustando. Saqué muchas frases de aquella novela. He sacado muchas frases en las sucesivas relecturas, porque es de esas novelas que se dejan releer con gusto, de esas novelas que parecen escritas para ser releídas.

Es una historia sencilla y pequeña, sin pretensiones ni aspavientos, que ganó el premio Pulitzer en el año 1994. Fue adaptada para el cine y para estas dos estrellas en 2001 (y esto de las estrellas en las pelis made in Hollywood siempre me recuerda a Bruce Willis y Julia Roberts haciendo de sí mismos en El juego de Hollywood, de Robert Altman).

Tardé mucho tiempo en ver la película, en realidad nunca la busqué. Una vez me la encontré en televisión y quise saber qué habían hecho con Quoyle y su historia, con las expectativas reducidas al mínimo, y de nuevo me llevé una sorpresa. Porque Lasse Halström, un director cuyas adaptaciones, entendí entonces, suelen merecer la pena, había respetado intacto el espíritu, el núcleo duro, de la novela. Eliminado espacios, tiempos, por supuesto personajes, cambiado radicalmente el aspecto físico de los protagonistas, todas esas cosas inevitables que hay que hacer en las buenas adaptaciones, y sobre todo si se hacen en Hollywood y hay que meter a Kevin Spacey aunque sea con calzador.

Esta noche he vuelto a ver Atando cabos. También la película agradece el revisionado. Kevin Spacey, salvando esa insalvable distancia del aspecto físico de Quoyle, construye un personaje exacto al que yo imaginé leyendo las palabras de E. Annie Proulx. Su torpeza, su desconfianza hacia sí mismo, su invalidez sentimental (en la novela y en la película aparece una frase de esas que lo dicen todo: "aprendió a separar sus sentimientos de su vida".) En la película hay una voz en off, y sí, ya sé que he dicho muchas veces que no me gusta, pero como a los amigos, a las películas que te gustan les perdonas sus pequeños defectos y las quieres pese a ellos. Una historia de seres humanos pequeños a los que les cuesta encontrar un lugar dentro del mundo y dentro de ellos mismos, que se enfrentan valientes y diminutos a sus miedos y a sus tropiezos; una realización cuidada, discreta, en la que en muy pocas ocasiones recuerdas que hay una intención llamada "puesta en escena"; una música que no molesta los oídos y que no interfiere, sino que acompaña la acción; una acción lenta y que se recrea en sí misma, sin dejar por eso de avanzar en todo momento; la siempre impresionante presencia física y la tremenda fuerza de la mirada de Julianne Moore y una hermosa Judi Dench, fuerte y dulce; unos personajes secundarios solventes y redondos, hermosos, que hacen los coros y tapan los huecos a la perfección.

Mientras escribía esto último pensaba en el personaje interpretado por Pete Postlethwaite, que es el único personaje "negativo" de la película, Tert Card. Es tan tonto y tan malo, tan mezquino, envidioso, lameculos y jilipollas que no parece real. Pero lo es. Yo conozco un hombre así. Siempre es un compañero de trabajo que nos hace la vida imposible con su chabacanería y sus zancadillas. No siempre lo real es verosímil. Postlethwaite lo borda, feo y colorado.

El cine pequeño, aunque tenga un par de estrellas y venga de las laderas de Los Ángeles, esconde diminutos y durísimos diamantes a veces. Me gusta descubrir estos diamantes paseando por los recovecos del azar.

Ahora solo me falta verla en versión original… y creo que voy a aparcar un par de días al untuoso amigo de Prada y su interesante historia para volver a releer esta pequeña novela americana sobre el mar y el hallazgo del hogar.

07 junio 2007

Sobre lo que estoy leyendo ahora

Siempre estamos buscando algo. A veces, la mayor parte de ellas en mi caso, no sabemos qué buscamos, pero siempre hay algo. Buscas o esperas, que en otras ocasiones es lo mismo. Vas al cine buscando ver algo que te toque alguna fibra, unas veces de arriba y otras, de abajo, unas veces de fuera y otras, de dentro. Te cruzas con personas y esperas o buscas un entendimiento o una chispa, unas veces de arriba y otras... en fin, no hace falta repetirse, que estos lectores son avispados y entienden las entrelíneas a la perfección.

Estoy leyendo una novela cuyo autor utiliza palabras como truhanes y trapisondas, de modo que construye frases como "Una horda de mujeres desmelenadas y truhanes que, después de perpetrar las más variadas trapisondas durante los años de la ocupación, habían amanecido poseídos por un súbito fervor justiciero". A veces es cansado. Se demora en cada explicación, en cada descripción, siempre a mano el diccionario de sinónimos que debe de tener por cerebro. Soy una persona curiosa. Siempre voy al diccionario cuando encuentro una palabra cuyo significado no conozco. Pero a veces siento que en el caso de esta novela tendría más tiempo el diccionario que la propia novela entre las manos; y ¡son palabras que sé que jamás voy a usar! ¡Yo! La Usadora Oficial del Reino de Palabras Estrambóticas y en Desuso.

Pero, por otra parte, no está mal lo que cuenta. Cuando abro un libro y empiezo a leer, espero, busco, que sus palabras me lleven de la mano a algún mundo, inventado o real, verosímil si es posible, aunque no es un detalle imprescindible, y cuyos personajes tengan escondida un alma que yo pueda entender o admirar o despreciar o sentir cercana o posible, en la que pueda reconocerme o reconocer a la persona que desearía ser o tal vez a la que temo ser, o donde habite algún amigo o algún amor antiguo. Espero que esos personajes y ese mundo me conduzcan sin sobresaltos o con ellos, si están bien puestos, hasta la última página de la novela y que, cuando pase esa última página y cierre el libro se me quede en el borde de los ojos un gusto a algo, no sabría definir muy bien qué. Por ahora esta novela me está dando algo parecido a eso. Empiezo a leer y me cuesta trabajo parar, y tal vez esa pedantería y ese aire relamido me suenan de algo, me tocan alguna fibra sensible en algún sitio.

Ya lo dijo House: la pedantería es hereditaria, aunque no hayan descubierto el gen. Tendríais que conocer a mi tío Pepe para entender por qué sé tan bien de lo que habla esta frase.

La novela tiene algunas frases-párrafo que me dicen que este hombre ha leído a Muñoz Molina, aunque quizás lo que ocurra es que han bebido de las mismas fuentes. Por momentos me molestan mucho las referencias bíblicas y religiosas, pero debo admitir que las entiendo y las reconozco todas.

("Bajo el traje demasiado amplio se percibía esa vibración medrosa que nos asalta en las circunstancias agónicas, cuando preferimos alejar de nosotros un cáliz que, sin embargo, solo a nosotros corresponde apurar.")

Ah, que tenéis mucha curiosidad por saber qué libro estoy leyendo… es que me da un poco de vergüenza, pero os lo diré. Se trata de El séptimo velo, de Juan Manuel de Prada.

"Quizá la felicidad consista, a la postre, en reconciliarnos con lo que verdaderamente somos, con lo que verdaderamente fuimos, renunciando a vanas aspiraciones y vanos consuelos."

05 junio 2007

Iconos sexuales

Yo qué sé, las cosas son de una manera. Creo que uno de los motivos para ver deportes en televisión, uno de los criterios fundamentales a la hora de elegir deporte, es el estético. A mí me gusta el tenis, me gusta ver partidos de tenis. Como rasgo patrio, prefiero los partidos sobre tierra batida, supongo que porque veo mejor la bola o por tradición rolandgarrosera. Me recuerdo con no sé cuantos años, pero no muchos, viendo ganar a Arantxa Sánchez Vicario por primera vez, cuando ella tenía diecipocos años, un par más que yo. Me divierto, me gusta que se eternicen los puntos, advantage, deuce, otra vez advantage, me gusta que lleguen al quinto set, sobre todo cuando al final gana el jugador por el que siento preferencia, todas esas cosas.

Pero negar que me ponen los jugadores que gimen sería mentir. Sobre todo el señor Marat Safin

Ya sé, es la cosa de siempre, los ídolos, los modelos, los hombres de papel que nunca se encuentra una en el supermercado, y si en alguna ocasión esto ocurriera, estaría en compañía de alguna de las mujeres que le gustan, que los chicos rara vez se encuentran en el supermercado y que yo nunca llegaré a ser (y viendo esos pezones, ni ganas que me quedan, en fin, algún defecto tenía que tener el muchacho).

Pero sí. Hace calor y vienen los tirantes y el sol y la primavera la sangre altera y todas esas cosas. Yo, si me disculpáis, me voy a oír gemir a Carlos Moyá y a Rafa Nadal, que sí, que es un yogurín y no es tan guapo, y habla fatal el japonés pero, qué queréis que os diga, menos da una piedra.

Y por no tener, no tengo ni piedras. Me quedo con este señor virtual, que tiene de bueno que no ronca ni nada.

04 junio 2007

Vacaciones y Bruno Ganz

No sé si pedir disculpas por esta semana de silencio porque no sé si alguien se ha sentido solo por mi ausencia. En el fondo de la mente, una pregunta: ¿me estarán echando de menos? No hace falta decir que no contestéis, es retórica.

La semana pasada fue de esas en las que una visita alegre te saca de tus rutinas y te aleja temporalmente de tu vida. Un poco de cosas fuera de su sitio, un cepillo de dientes y una toalla extra, hacer el doble de comida, cenar fuera, el colchón hinchable ocupando medio salón, las ineludibles visitas a los lugares turísticos, que en el caso de mi ciudad son más bien pocos... En fin, una persona de carne y hueso sentada a tu lado en el sofá con la que hablar para sustituir el parpadeo de la pantalla del ordenador por unos días.

Con mi primo I, mi querido y bienvenido visitante, la conversación trata de las cosas de la vida, los trabajos, las expectativas, las perspectivas, los sueños y las desilusiones, los amigos comunes, la familia bien gracias, o mal, o lo que sea, las abuelas, los libros y las pelis que el otro tiene que leer o ver sin falta, los famosos del mundo que nos caen mal, los programas de la tele que no soportamos. De fondo, Roland Garros. Una delicia de semana. Sabréis disculparme, espero.

Ahora se han acabado las vacaciones y a cambio, menos mal, ha vuelto el sol. Sé que es un puto tópico de mierda, pero ya era hora. Más que nada porque tenía ganas de estrenar unas sandalias nuevas que se aburrían en su caja desde hace dos semanas. También los pies se aburrían de calcetines.

Sigo teniendo que estudiar y hacer la programación de marras, así que mi presencia aquí, en esta recta final, debería ser testimonial. Pero una, como es así de apañá, conseguirá robar horas a las amargas obligaciones opositoras para soltar un poco de mierda sobrante. Siempre hay mierda sobrante, aunque hoy casi mejor me la guardo.

El sábado me compré en el kiosko un pack de dvd que tenía El amigo americano y El Gatopardo. Anoche vi la primera de ellas. Siempre se me ha escapado el personaje de la Highsmith. Tendré que dedicarle un poco más de tiempo, tanto al literario como a sus diversas encarnaciones cinematográficas (admito sugerencias).

Pero desde anoche amo a Bruno Ganz.

24 mayo 2007

Mujeres desesperadas

Leo aquí un estupendo artículo sobre Mujeres desesperadas. Y me fijo en esta frase:

"Pasear por esa calle no traslada al peatón al epicentro de la serie, sino al corazón de Estados Unidos. Cualquier lugar en las afueras de una gran ciudad tiene un aspecto calcado al de Wisteria Lane. Por eso los productores reconocen en voz baja que les cuesta entender el éxito de la serie en países y espectadores para quienes esa calle, ese aspecto, no conjuga con el concepto de infelicidad."

Pero lo entendemos porque lo hemos mamado, llevamos décadas viéndolo. Es el mismo barrio de Aquellos maravillosos años, Los problemas crecen, Cosas de casa, Las chicas de oro, y así en adelante. Las mismas calles y casas donde viven los protagonistas de American Beauty o El último boy scout.

Incluso tenemos ese icono implantado en nuestra publicidad (ahora mismo me viene a la cabeza el anuncio del Volkswagen Touran).

El resto del mundo vivimos con la mirada puesta en Estados Unidos a través de nuestros televisores. Algunos lo hacen por costumbre, otros por envidia, otros por aburrimiento, otros por curiosidad, otros sencillamente porque es el único modo de ver una televisión de calidad. Y cuando digo el único, lo digo con toda la intención y también con todo el dolor de mi corazón.

Así que conocemos mejor de lo que ellos creen, y también mejor de lo que nosotros mismos creemos, el carácter de ese pueblo. Muy pocas de las cosas que allí ocurren pueden sorprendernos de verdad. Como mucho, somos como Obélix: "están locos estos americanos".

Y sin embargo los miramos un miércoles más, nos asomamos a Wisteria Lane a ver cómo se vuelven un poco más desquiciados cada día.

Es muy común ese pensamiento: todos los que han vivido una experiencia piensan que quienes no la han vivido no pueden entenderla. Se regodean en una egoísta y elitista sensación de unicidad. Es un tema que daría para un largo y jugoso debate. Yo lo interpreto más bien como un rasgo de narcisismo mal enfocado.

Está claro que, si nunca se me ha muerto nadie realmente querido, nadie que esté de verdad dentro de los muros de mi intimidad, no lo que se siente. Eso no voy a negarlo. Pero creo que sí estoy capacitada para entender lo que otro puede sentir. Odio cuando me dicen eso de "es que tú no lo has vivido, no lo entiendes". Me dan ganas de contestar algo como "pues entonces no sé a qué cojones vienes a llorarme aquí". Sueles recibir esa tolerante respuesta (la primera, digo) cuando intentas consolar; cuando buscas algo positivo, una frase de aliento. De lo que deduzco que lo único que se busca en ese momento es compasión: "pobrecito, cuánto estás sufriendo". Pues mira, no.

Pero me voy del tema. Hablaba de los productores de Mujeres desesperadas. Decía que los habitantes del resto del mundo, para ellos poco menos que extraterrestres, estamos perfectamente preparados, porque tampoco hacen falta grandes dosis de intuición ni de formación, para comprender que un barrio como ese sea el prototipo de la falsa felicidad, de un hermoso envoltorio para el horror. El éxito de esta serie, como el de casi todas las series que lo tienen, se debe a su universalidad, al hecho de que el espectador pueda sentirse identificado con sus situaciones y sus personajes, y reconocerlos en sus propias experiencias.

Es refrescante y liberador ver que alguien pone en voz alta las angustias que te atormentan desde un punto de vista socarrón, irreverente y despojado de pesos. Te sientes menos solo, menos psicópata.

Empiezas a intuir que más o menos a todo el mundo le pica en el mismo sitio.

21 mayo 2007

Horas y horas

Estoy leyendo en la Off-Off Crítica el comentario sobre Zodiac, la última de David Fincher. Esta mañana he leído en el periódico un comentario que se deshacía en elogios que me dio ganas de verla, pero no es bueno fiarse de una sola opinión, y menos aún si esta es entusiasta y apasionada (yo no me fío nada de la pasión); en este portal de crítica libre suelen ser bastante expeditivos en sus comentarios, además de que suelo estar de acuerdo con ellos y me parecen gente muy de fiar cuando no estás muy segura de en qué sala gastarte las pelas.

Da lo mismo lo que dicen sobre la película, en cuanto a sus virtudes o defectos cinematográficos. No la ponen tan por las nubes como Miguel Anxo Fernández o como se llame el crítico de La Voz, exactamente tal como yo esperaba.

(¿Les he dicho que no he visto Seven? En fin.)

Lo que me da por pensar es esta frase (copio): "Unido además a sus casi tres horas de duración, por momentos se vuelve tediosa."

Tres horas. Otra vez. Anoche estuve viendo en dvd Arizona baby (y dejamos aparte la originalidad española en la adaptación de títulos) y ¡lo flipé cuando acabó al cabo de una hora y veintinueve minutos!

Han conseguido que lo que debería ser norma parezca excepcional. Una buena historia contada en el tiempo que necesita. Ni un minuto más. Un milagro.

Pues tenía ganas de ver Zodiac, pero se me están quitando.

El señor Joe Gillis lo dice muchísimo mejor que yo. Lean algo escrito bien y con ganas, hagan el favor.

Que yo últimamente tengo la inspiración por los putos suelos.

Hablando sola

¿Sabéis cuando abrís el messenger deseando que haya alguien, quien sea, conectado, para poder hablar de algo un rato, y todos los nombres están apagados? ¿Esos días en que necesitas ese rato de contacto humano frívolo, trivial, insignificante, a falta de la presencia reparadora, consoladora, de un amigo de verdad, y no hay nadie al otro lado para decir "holaqtal"?

Bueno. Pues hoy es uno de esos.

17 mayo 2007

Desvariando

Me pregunto si no será cierto que en un momento determinado pierdes el control y dejas de comportarte como dicta la lógica. El poder de la razón tal vez sea limitado. Tal vez pueda más el deseo. O la insatisfacción. O el desconocimiento de quién eres en realidad.

Por ejemplo, la sensación de querer y rechazar al mismo tiempo, el deseo y la huida. Los vislumbres de conexión que se pierden en el tiempo y se quedan como imágenes inventadas que no tienen la validez suficiente para ser consideradas recuerdos.

A veces siento que me falta muy poco para que este poco de razón me abandone. Me pregunto qué haré entonces.

Este es el momento en que las personas equilibradas toman el camino correcto. Yo sé que no hay un camino correcto para mí. Y tengo miedo, porque ese no es un motivo válido para no tomar ninguno.

El caso es que nunca llegaré a estar cómoda instalada en una mediocre felicidad. Eso lo sé.

Bueno, ya sé algo.

15 mayo 2007

Offf 2007

Ir a Barcelona tenía como finalidad, entre otras cosas, una puesta de pilas. He visto el mar, cosa que nos suele gustar mucho a los de secano, esa brisa fresquita aunque apriete el sol, por ejemplo.

El CCCB barcelonés es un complejo cultural situado en el centro de la ciudad, en pleno barrio del Raval, que ha aprovechado un edificio antiguo y muy bien adaptado a la función que cumple, dedicada a, como ellos mismos dicen, la "experimentación artística y creativa". Desde su patio se ve el mar.


En una de las conferencias me di cuenta de que entendía a los señores que hablaban en inglés. Qué subidón cuando el tipo (un reputado artista digital, parece ser, hasta este fin de semana yo no sabía nada de este mundo y ahora solo sé todo lo que no sé sobre el mismo) llamado Joshua Davis terminó de contar su anécdota sobre un premio que le dieron en Austria y me di cuenta de que lo había entendido todo sin necesidad de ponerme el agobiante pinganillo que te desgranaba en la oreja el soniquete del traductor.

Supongo que allí sentada, en las sillas cuando llegaba pronto y conseguía una, en el suelo cuando llegaba algo menos pronto pero aún se cabía por allí, o de pie cuando el cigarro o la cerveza del descanso se alargaban un poco más de la cuenta, he podido asomarme al mundo que hay más allá de las paredes de mi casa, de los muros infranqueables de mi estrecho mundo mental. Una visión de vértigo.

Un dato curioso: ni una sola mujer en ocho horas por tres días. Miento, había una, perteneciente a un extraño grupo de creadores ingleses llamados Futurefarmers. Porque, eso sí, gente rara por todas partes, dando conferencias y escuchándolas. Mucha gente con zapatillas converse all stars, muchas rastas, bastantes porros, gente extranjera muy educada, algunos locos de la programación que hablaban en idiomas imposibles de entender (ahí no había traductor que valiera, vectores, datos, mapas, todo fuera del alcance de mis cortas entendederas).

Pero también mucha pasión, mucho amor al arte, mucha protesta, mucha conciencia de la injusticia, alguna alusión avergonzada a la política estadounidense (seguida de cálidos aplausos, hay que decirlo todo), mucha música (casi han conseguido convencerme de que hay música electrónica que se puede escuchar), mucha imagen en movimiento, mucha libertad de neurona, mucho loco suelto. Una maravilla.

Mi favorito, un norteamericano (oh, nada menos que profesor del MIT) de origen japonés, llamado John Maeda. Inteligente, brillante, excelente orador, creativo, cordial, ocurrente y encantador.

Cerró la maratón de tres días de conferencias de todo tipo el concierto de un artista llamado Takagi Masakatsu, un japonés que hace en el escenario un espectáculo audiovisual asombroso. Sentado delante de un piano de cola, su cuerpo huesudo, su ropa ambigua y su aspecto apocado se funden en una delicadeza exquisita y una fuerza sobrecogedora. En las pantallas se proyectan imágenes que él mismo graba y retoca, en una posproducción que les da un aire de sueños o de pinturas. Un fuera de serie que te pone los pelos de punta.

Aquí os lo dejo.

09 mayo 2007

(sin título)

Podría hablar del calor que ha hecho este par de días en mi ciudad (el sol derramándose sobre las calles y colándose por las ventanillas de los coches, las sandalias y los tirantes).

Podría hablar de la unidad didáctica que por fin he depositado esta mañana en el mostrador de registro de la delegación de educación (ya tengo un sello, después de vueltas, angustias, traducciones al gallego, correcciones, reescrituras, envíos, análisis).

Podría hablar de la muerte que sobrevuela mi familia (las horas en el hospital, el silencio detrás de las charlas de la gente, el grupo de gitanos que ha plantado allí su campamento, el chico de 23 años en coma un par de camas más allá, el terrazo, los desconchones, los arañazos en las paredes del ascensor, las ojeras, el miedo).

Podría hablar de la excursión que voy a hacer el jueves a Barcelona (Offf, la creación digital, la música electrónica, el flash, catorce alumnos que dormirán juntos en la misma habitación de un albergue, el avión, la previsible cena con la familia).

Podría hablar de cómo estos últimos días se me han trastocado todas las rutinas (la tele después de comer, los ratos de estar sola, la lectura, las pelis, internet).

Pero no tengo ganas. Me disculpáis.

03 mayo 2007

Una anécdota imbécil y su imbécil conclusión

Una vez una amiga (entonces lo era, aunque ahora la he perdido, no sé muy bien por qué) me puso en la mano una novela de Antonio Gala, que le encantaba, y me hizo leer el primer párrafo.

No me acuerdo de la novela, algo de un jardín, me parece, pero sí recuerdo que el párrafo de marras me pareció engolado, farragoso, sentimentaloide, poesioide y horriblemente vacuo. No niego que me dejo llevar muy a menudo, tal vez demasiado, por mis prejuicios. Se lo dije. No lo de los prejuicios, sino lo malo que me parecía.

Y dijo: "no entiendo cómo no te gusta; perfectamente podrías haberlo escrito tú".

Con lo cual me hundió en la miseria con todo el cariño del mundo.

Desde entonces he pensado mucho en eso: en que no escribo lo que me gustaría leer. Me gustaría poner por escrito, por ejemplo, mi sentido del humor o mi sencillez (deben de estar por ahí en alguna parte).

Pero no, qué va. Hablo de flores en el campo y del amor de la familia, por ejemplo. Cosas muy interesantes, sí. Para Paulo Coelho, si ustedes me entienden.

Ese es el motivo por el que nunca me he puesto a escribir en serio. Y lo más seguro es que el hecho de no haberme puesto a escribir en serio sea el motivo de que no encuentre mi voz. O lo que sea.

02 mayo 2007

Esta ausencia (flores y nieve)

Coges el coche, tomas la carretera que sube por la montaña. Te rodea un paisaje de flores moradas que tapizan las laderas de los montes. Entre la alfombra homogénea y tupida de esas flores empiezan a salir otras que lo salpican todo de amarillo y de blanco. En casa te esperan las personas que siempre te han querido.

Por la noche, bajas al pueblo de marcha con sus amigos. Vas con ella en su coche, donde suena el disco que le has grabado con tus canciones favoritas de Bruce Springsteen. Cantas con ella a gritos Bobby Jean, que aprendiste, también con ella, hace muchos años.

A la vuelta, con un par de copas, le traduces la letra de Thunder Road. Estas dos líneas pueden llevarnos a cualquier parte. Al final, le preguntas: "¿Qué hace Mary?" Y contesta: "No se va con él. Siempre ha sido gilipollas". Te ríes. Te encanta esa respuesta. Tú también piensas que él se va solo. To win.

Después de la comilona loca del domingo, sales de paseo con tu padre y tu tío Antonio. Dejas que te lleven por los caminos desaparecidos de su infancia, que te cuenten cuáles son los lindes de las tierras que seguramente nunca se volverán a utilizar, que Antonio rememore sus noches en la choza durmiendo sobre un jergón de paja. Dejas que tu padre vuelva a recordar la vez que un perro le mordió y tuvo que estar un mes entero en la cama, el miedo al practicante y a la cura, al dolor que sentía cuando le quitaban el esparadrapo. "¿Tuviste miedo?", le preguntas. "No me acuerdo", dice. Y te lo ha contado porque os habéis cruzado con dos perros sueltos, después de mirarlos con desconfianza: todavía les tiene miedo, aunque han pasado más de cincuenta años desde aquello y su mente racional de adulto sabe que es muy raro que un perro te muerda si nadie le hace nada.

Bebes a morro arrodillada a la orilla de los regatos de agua transparente, trepas con ellos por rocas bajo la amenaza de las nubes negras, sudando por el sol que logra ganar la partida por el momento.

Y al final, después de todo, cuando has llegado a casa y has corrido bajo el granizo para salvar los tiestos de geranios del jardín, miras a través de la ventana cómo empieza a caer la nieve igual que si fuera pleno enero y ves cómo los tejados y las montañas de alrededor se van poniendo blancos.


26 abril 2007

71 millones

71 millones de blogs, según Technorati (arriba, derecha...) Lo he visto en un informativo.

Setenta y un millones de personas que creen tener algo que decir.

Setenta y un millones de personas que quieren decirlo.

Comunicarse.

Inventar, soñar, conocer, expresarse, compartir, opinar, informar, transmitir, conectar, calumniar, describir, adular, conmover, bromear, mentir, despotricar, lloriquear, gritar, compadecerse, presumir, inventarse, fingir, confesar.

Setenta y un millones de personas alimentándose de palabras.