He sentido cierto afecto por estas personas mientras me ocupaba de ellas. Han sido bastante contradictorias, a veces preocupantemente pueriles, a veces bastante maduras. Dicen muchas tonterías, a veces exponen algo juicioso. Son temerosas, alegres, egoístas, tontas, buenas, sensatas, abnegadas,afectuosas, irascibles, indulgentes, sentimentales, insoportables y adorables. Todo revuelto.
(Del prólogo a la edición de sus guiones Saraband y Secretos de un matrimonio, Tusquets, febrero 2007.)
Espero que su vida haya sido plena. Y que descanse en paz.
y levanto los ojos hacia la ventana y pienso, ya no sé dónde estás, y sigo andando y me pregunto adónde va la vida cuando se detiene.
*****************
y salió, estaba oscureciendo pero la dejé irse uno aprende cuándo dejar que una mujer se vaya si quiere conservarla y si no quieres conservarla la dejas irse de todos modos o sea que siempre es un proceso de dejar que se vayan, por lo uno o lo otro
El otro día conducía escuchando Tunnel of love, el disco de Springsteen que más veces ha sonado a lo largo de mi vida. Bueno, probablemente a estas alturas ya sea el disco que más ha sonado, en general. Y pensé que nunca había hablado de él aquí y que tal vez era el momento.
Todas las personas que conozco a quienes les gusta Springsteen tienen un disco preferido. Con el tiempo incluso he llegado a jugar a adivinar la edad de la gente por su disco del alma de Springsteen. Lo normal es que sea el primero que escuchaste, de modo que suele coincidir con "el disco que salió al mercado cuando yo tenía 13-15-17". Todos los discos de Springsteen llegan al alma, si los dejas llegar. Así que el favorito suele ser el primero que lo consiguió.
El mío, entonces, es Tunnel of love. Es de 1987. Por lo tanto, yo tenía 14 años cuando salió al mercado. Me gustaba ver en la tele un programa de vídeos que ponían los sábados. Era el único contacto con la música del mundo exterior que yo tenía por aquel entonces. La cultura no era el fuerte de mi pueblo (tampoco ahora lo es, pero algo hemos avanzado). Las únicas revistas que podías encontrar sin problemas eran Pronto y Superpop. Las cuatro Fotogramas que llegaban al kiosko se vendían el mismo día que llegaban, conque, si no andabas lista, te quedabas sin ella. Bueno. El caso es que aquel sábado, en la lista de éxitos, estaba Brilliant disguise.
Bruce sentado en una cocina, con una camisa a cuadros remangada, sentado con su guitarra. Un plano secuencia, un lentísimo travelling y nada más. Solo la música.
No quiero extenderme mucho. Tunnel of Love fue mi puerta a Bruce Springsteen y siempre será el disco que escucho cuando no sé qué disco escuchar, el disco que pongo cuando las cosas no van bien, el disco que llevo encima cuando todo va de puta madre. El Disco que Escucho.
Las canciones de este disco giran todas alrededor de un mismo grupo de ideas: hacer lo correcto, sobreponerse a los errores o a los golpes, mirar atrás con la mayor serenidad posible. Y el amor, de todas las maneras posibles, en su dolor, en su alegría, en su esperanza, en su miedo, en su deseo.
Los entendidos conocen mejor que yo las circunstancias concretas en las que fue creado, esas cosas de la ruptura con su anterior esposa, el inicio de su relación con la mujer que todavía hoy le acompaña: el dolor de la pérdida unido a la esperanza del nuevo comienzo.
Es un disco que se grabó, según tengo entendido, no soy una experta, con pocos medios, en casa, sin la E Street Band, en la intimidad y la soledad. Y desprende todas estas cosas en cada canción y en cada verso. Y yo creo que me gusta tanto por ese gusto tan tonto que tengo por las cosas pequeñas.
Una frase de cada canción, para acabar.
De Ain't got you:
Until I got you in my arms I can't be satisfied. (Hasta que no te tenga entre mis brazos no podré estar satisfecho.)
La satisfacción solo depende del deseo. Si el deseo no se suspende, la satisfacción no llega jamás.
De Tougher than the rest:
I learned you get what you can get. (Aprendí que consigues lo que puedes conseguir.)
No hay más cera que la que arde. La opción es: ¿eres fuerte? ¿estás preparado?
De All that heaven will allow:
'Cause I got something on my mind that sets me straight and walkin' proud. (Porque hay algo en mi mente que me hace enderezarme y caminar orgulloso.)
Eso es lo que nadie puede quitarnos, nunca, bajo ninguna circunstancia, lo que nos hace mantenernos en pie cuando todo se derrumba, lo que nos ayuda a ser quienes somos.
De Spare parts:
Sometimes my whole life feels like one big mistake. (A veces toda mi vida parece un gran error.)
Esa sensación que nos ataca a veces, ¿es que no he hecho nada bien? Pero hay que sobreponerse y seguir caminando, e intentar hacer lo correcto, hacer lo correcto, una y otra vez.
De Cautious man:
On his right hand Billy tattooed the word love and on his left hand the word fear, and in which hand he held his fate was never clear. (En su mano derecha Billy tatuó la palabra amor y en la izquierda la palabra miedo, y nunca quedó claro en qué mano había puesto su destino.)
Siempre nos debatimos entre esos dos sentimientos, ¿no? El amor y el miedo son el motor y el freno de nuestros coches.
De Walk like a man:
And I'll keep on walking. (Y seguiré andando.)
Es todo. Pase lo que pase, seguiré caminando.
De Tunnel of love:
You've got to learn to live with what you can't rise above. (Tienes que aprender a vivir con aquello que no puedes superar.)
Esta es la frase del millón. Una de esas leyes no escritas que es mejor aprender cuanto antes.
De Two faces:
One that laughs, one that cries, one says hello, one says goodbye, one does things I don't understand, make me feels like half a man. (Una que ríe, una que llora, una dice hola, una dice adiós, una hace cosas que no puedo comprender, me hace sentir como medio hombre.)
Nunca soy yo del todo. Siempre hay una cara oculta que no puedo mostrar. O que no aparece cuando la necesito.
De Brilliant disguise:
So when you look at me you better look hard and look twice; is that me, baby, or just a brilliant disguise? (Así que cuando me mires, mejor mira bien y dos veces; ¿soy yo o solo un brillante disfraz?)
¿Qué es lo que ves cuando me miras? ¿Alguna vez nos quitamos la máscara?
De One step up:
When I look at myself I don't see the man I wanted to be. (Cuando me miro no veo el hombre que quise ser.)
Todos esos sueños, todo lo que pensábamos que era la vida, que iba a ser la vida. Cogeremos prestada la gastada frase de Lennon (¿era de Lennon?): la vida es lo que ocurre mientras te empeñas en hacer otros planes.
De When you're alone:
Nobody knows honey where love goes but when it goes it's gone gone. (Nadie sabe, cariño, dónde se va el amor, pero cuando se va, se ha ido.)
Aquí me vienen a la mente los versos de Bécquer: los suspiros son aire y van al aire / las lágrimas son agua y van al mar / dime, mujer, cuando el amor se acaba / ¿sabes tú adónde va? Si es que en el fondo soy una sentimental.
Y deValentine's day:
They say he travels fastest who travels alone but tonight I miss my girl, mister, tonight I miss my home. (Dicen que viaja más rápido el que viaja solo, pero esta noche echo de menos a mi chica, señor, esta noche echo de menos mi casa.)
Esta frase la aplico a mi propia vida en este momento. Caminar sola es una opción. Pero algunas noches…
Por fin se ha acabado. Ahora toca esperar. Me voy a tomar un (esta vez creo que de verdad merecido) descanso. No sé si tendré tiempo, ganas o conexión a internet. Si se dan las tres circunstancias, tal vez los lectores del blog no os enteréis de la pausa.
A la pregunta "¿Qué tal te ha ido?" tendré que responder lo mismo que la mayoría de opositores: ni puta idea.
Puedo decir que he tenido una dosis considerable de suerte, toda la calma que he sido capaz de acumular y que le he dedicado lo mejor de mí. Por supuesto, todo esto no significa nada en absoluto. Son tres plazas y nos presentamos veintitrés personas. La ratio no es espectacular vista desde fuera, pero desde aquí parece un tsunami, os lo aseguro. Después de la nota del examen (o más bien de los exámenes), que sabremos algún día indeterminado de los próximos diez, más o menos (supongo), quedará la fase de concurso. Es imposible prever nada.
Ahora, después de haber estado ahí, haciendo lo posible, todo depende de factores ajenos. Por eso me voy a pasar una semana lo más lejos posible, tanto física como mentalmente, del aquí y ahora, y también del allí y ayer.
Esto de opositar es toda una experiencia. No se la recomiendo a nadie.
Lo que sí recomiendo, caso de tener que vivirlo, es la cura que me voy a dar yo. Soledad, largos paseos por la playa, ponerme morena, ver muchas pelis y series de la tele (me espera Northern Exposure, nada menos, y la primera temporada de The Sopranos, por si lo otro fuera poco!)
Llego de Lugo de leer el análisis de cuatro obras audiovisuales (¡y qué obras!) que hice el lunes, lo que, dicho sea de paso y para información fugaz sobre la puta opo, representa el penúltimo examen, o la primera parte de la parte práctica. Hace calor (por fin), llego cansada, no he dormido bien y he tenido que madrugar, la tensión acumulada, todo eso. Me quito las lentillas, me lavo los dientes y me siento delante del ordenador. Mientras abro el correo pienso que tengo que actualizar el blog, intento buscar un tema interesante del que hablar. Veo que tengo un mensaje de BillyWild donde me dice que tengo una tarea. Lo agradezco. Procedo.
1. Me paso el día pensando en mí misma y, si me dejan y como casi todo el mundo, hablando de mí misma. Pero si me lo piden expresamente, me quedo sin saber qué decir.
2. Una de las frases que más me repito a mí misma es: "Nadie tiene la culpa de que seas idiota". Cuando me tienta escaquearme de la responsabilidad de algo que me sale mal, por ejemplo. Esto me recuerda una frase que dijo un compañero de trabajo, un tipo encantador al que admiro bastante y que, dicho sea de paso, forma parte del tribunal que juzga mi proceso opositor (por desgracia, le admiro por su ecuanimidad y su sentido de la justicia y de la mesura, y también por su nula propensión a llamar la atención): "Las culpas nunca caen al suelo". El resumen de este segundo punto es que soy amiga de frases, sentencias y refranes. Forman parte de todas mis conversaciones. Resumen muchas grandes verdades.
3. Al hilo de la anterior, tengo muchísima memoria. En el almacén de mi cerebro se acumulan millones de conocimientos inútiles. No siempre recuerdo lo que quiero recordar, el filtro de lo que permanece y lo que se disipa no está bajo el control de mi conciencia. Pero cuando algo me llega, lo normal es que se quede ahí para siempre.
4. Sin embargo, apenas guardo recuerdos de mi infancia. Algún comportamiento extravagante de mi madre (como cuando nos besó con lengua a mi hermana y a mí para que supiéramos cómo se besaban los mayores, en mi vida he pasado más asco); algún sueño. Creo que la mayor parte de mis recuerdos son cosas que me han contado, no verdaderos recuerdos.
5. Mi sueño frustrado es cantar. Descubrí tarde lo mucho que me gustaba, nunca he estudiado música, intenté con seis o siete años estudiar solfeo pero el profesor me daba tanto miedo que lo dejé a la mitad y cuando conseguí alejar la imagen de aquella figura aterradora de las redondas, blancas, negras, corcheas y semicorcheas era tarde. Para compensarlo, canto en una coral que me da más digustos que alegrías. Soy contralto. Tengo muy buen oído.
6. Ganarme la vida escribiendo es un sueño que sigue vivo. Nunca me he puesto a hacerlo en serio pero estoy segura de que lo haré algún día.
7. Si apruebo la oposición me regalaré el carné de moto, primero, y la moto, después. Es otra de las cosas de mi interminable lista de "cosas que siempre quise hacer".
8. Me da miedo el compromiso. No tengo instinto maternal. Creo que estas dos frases tienen una conexión profunda y sólida.
No sé a quién pasarle este meme. La gata apenas habla de sí misma. Desconvencida, tampoco. El lagarto lo hizo hace poco. Antígona debe de estar harta de recibir memes. Con Jafatron, Oyros y Lula Fortune no tengo la suficiente confianza (aunque así se fabrica, se supone). Me falta uno. Yhebra.
Ocho cosas sobre uno mismo, el enlace a la persona que te lo manda, ocho destinatarios voluntarios, un comentario en el blog de cada uno de los ocho. Estoy pensando que lo del comentario no lo voy a hacer. Si venís aquí y lo veis, pues actuáis según vuestras tripas o lo que sea.
La verdad es que los memes son un coñazo… si no fueran una excusa tan perfecta para hablar de lo que más nos gusta hablar y si no fueran una solución tan buena para la falta de ideas.
Llevo dos días intentando sentarme aquí a contar algo, pero solo se me ocurre hablar de mudanzas, bolsas, cajas, maletas, desorden, falta de espacio, nervios, estrés, expectativas, cuándo convocarán el examen práctico, todavía me falta, por fin hace sol aunque dicen que no durará mucho, falta de tiempo, falta de ganas, más nervios, más desorden, un poco de ansiedad, mucha ansiedad, bastante desconcierto, algo de miedo, un no saber.
Pero es que cuando abrí este blog lo hice con la sana intención de no hablar demasiado de mí misma. Y no sé, supongo que no lo consigo, cada uno es como es.
A ver si veo una buena peli y os la cuento.
No he sido capaz de acabar la novela de Prada. Me he puesto a releer La hoguera de las vanidades y me está gustando mucho más que la primera vez hace yo qué sé, catorce años.
Tengo que ir al banco. Tengo que recoger la cocina. Tengo que ir a ayudar a mis padres con sus cosas. Tengo que pensar en el examen que me queda. Tengo que dejar que me dé el sol. Tengo que depilarme. Tengo que llamar al vecino para echarle la bronca porque no llama al puto fontanero. Tengo que forrar los armarios. Tengo que comprarme estanterías para los excedentes de libros. Tengo que hacer algo con esos cuadros. Tengo que cambiar el billete a París. Tengoquetengoquetengoque. Tengo que organizar mi vida.
El querido Lagarto me lo ha concedido. Se llama, al parecer, Thinking blogger award, se concede a los blogs que hacen pensar y es, tal como están pensando, un meme.
Se trata de enlazar cinco blogs elegidos por tener esa cualidad, es decir, hacerle pensar a uno. Se supone que además hay que enlazar el blog que te ha otorgado el premio y también añadir la imagen del premio en cuestión.
Esto, como podréis comprender, me llena de orgullo y satisfacción. Me encanta decir obviedades.
Ahora debo ir con los míos. Algunos los tenéis ahí abajo, a la derecha. Otros, todavía no, incluso es probable que no estén nunca. Pa qué.
Se supone que los premiados deben hacer lo mismo, etcétera, etcétera. No hace falta decir que no hace falta.
El problema de estas listas es que son endogámicas. El lagarto me ha dejado sin poder decir tres que ha dicho él (más el suyo propio, claro) y yo haré lo mismo con los subsiguientes casi seguro, aunque voy a intentar dejarles un par libres. Para ello, enlazaré dos blogs de esos de cientos de miles de visitas, cuyos autores, huelga decirlo, no me leen, ni conocen mi existencia, ni falta que les hace. Si por esas cosas de las páginas de estadísticas llegaran hasta aquí, les pido disculpas.
And the Thinking Blogger Awards go to:
El señor Otis B. Driftwood. Me hace pensar con su sentido del humor, su inteligencia, su modo de quedarse fuera de las ventanas y atisbar. Le doy el premio por su inquebrantable fe en el ser humano, que le hace indignarse por las cosas más "ya, así es, menuda novedad", por sus gustos cinematográficos, escandalosamente parecidos a los míos, por su espléndida segunda casa, por su exquisita educación y por su buen gusto general (apreciación esta última que no tiene nada que ver con la previa consideración de que su gusto se parece al mío, por supuesto).
El señor Fanshawe. Me hace pensar con su sensibilidad, con la forma que tiene de enfrentarse a la vida y sus vaivenes, con su capacidad de observación de lo cotidiano, con el modo en que sabe provocar escalofríos contando lo que le provoca escalofríos a él. Le doy el premio por lo distinto que es a lo que soy yo y porque siempre me hace mirar las cosas de otra manera.
El señor Jaime, de La decadencia del ingenio. Me hace pensar con las mismas ideas absurdas con las que me hace reír, cosa muy difícil en los tiempos que corren. Le doy el premio por delirante y surrealista. Porque da en el clavo.
El señor Hernán Casciari. Me hace pensar en que otra tele es posible, porque ve la tele como la veo yo. Le doy el premio por considerar el p2p un derecho humano y por escribir de puta madre.
El señor Vigalondo. Me hace pensar porque piensa. Le doy el premio porque es muy friki, porque me ha demostrado cómo cambia un blog solo por el hecho de ser leído por una cantidad considerable de personas, pero cómo puede no cambiar el que lo escribe, o cómo lo escribe, o incluso, cuestión que parece una paradoja, pero no lo es, para quién lo escribe. El arte de mirarse el ombligo y sin embargo, conseguirlo.
No hay más. Sé que no hay chicas. Estoy en contra de la paridad en todas sus manifestaciones.
Chicas, sabéis que os quiero.
(Pd.: No preguntéis. Todavía queda mucho camino. No quiero hablar de eso.)
Quedan dos días. Cada minuto que pasa voy sintiendo más los latidos del corazón, el dolor de barriga, el estómago cerrado, las ganas de fumar.
He decidido cerrar las ventanas unos días, centrarme. Recogerme un poco, evitar tanto las distracciones como las conversaciones sobre el tema, al menos en la medida de lo posible. Eso incluye, entre otras cosas, dejar en silencio el teléfono y apagar el ordenador.
Como chocolate en el postre, en la merienda y en la cena. Y después otro trocito. Y he aumentado el consumo de cigarrillos a un paquete diario, es decir, casi el doble de lo normal.
Cuando llega la hora de irse a dormir, se me ocurren cien cosas inútiles que hacer: revisar el correo, mirar los comentarios del blog, ver un rato más la tele, lavar la cafetera, charlar con un ligue virtual. El caso es que al final no me acuesto hasta las dos. Y sin sensación de sueño. Aunque luego me quedo como un tronco.
Mientras duermo, sueño las historias más absurdas. En sueños me acuerdo de gente que durante la vigilia nunca se pasa por mi conciencia. Señoras del Orfeón, personas que hace tiempo no veo, mi hermana, gente inventada.
Cuando suena el despertador por la mañana, siento su sonido como una tortura. Lo apago y me duermo. Suena. Lo apago y me duermo. Suena. Lo apago y me duermo. Suena. Lo apago y me duermo. Deja de sonar. Entonces me despierto. Doy vueltas en la cama un cuarto de hora. Escucho la lluvia al otro lado de la ventana. Ya no tengo ganas ni de cagarme en dios por la puta lluvia. Hay una especie de resignación. Otro día nublado, pues bueno.
Me levanto, desayuno, me siento delante del ordenador. Otra vez a revisar el correo (no hay nada). A buscar respuestas a los comentarios o blogs que hayan sido actualizados (tampoco hay nada). A mirar el tiempo en terra (va a seguir nublado sine die).
Busco dos o tres palabras en el diccionario. La más friki de hoy, por el momento, es la reflexión sobre el uso reflexivo (perdón) del verbo leer. Ese invento de "el libro que me estoy leyendo", "una vez me leí un libro", "ese no me lo he leído", "léetelo, que mola". Pienso que los que usan ese reflexivo no han leído un libro (de verdad) en su puta vida. Y después me pregunto si yo misma no lo habré usado alguna vez.
Por fin abro la programación. Tengo que repasarla y traducirla a gallego. ¿Que por qué no escribo en gallego? Porque no es mi idioma materno. En gallego no sé expresarme. Y por una especie de rebeldía imbécil. Vale, tú me obligas y yo lo hago. Pero lo hago como me salga de los cojones. Y si meto morcillas, metidas quedan. Ahora que nadie me diga, por favor, que no me obligan. Hay muchas formas de obligar.
Y al tercer párrafo (la página de la Universidad de Vigo ayuda, pero se carga el formato, no sé qué será más laborioso), me canso. Abro el bloc de notas, que para estas cosas es más ágil que el word, total qué más da, y escribo esta chorrada.
Es verdad, no estoy nerviosa. Estoy descentrada, desmotivada, aburrida y con ganas de que acabe de una puta vez.
Pero hoy es martes. Y mañana, miércoles. Y pasado, jueves, que ya está ahí. Y el día siguiente me voy a Lugo. Ay. Que no estoy nerviosa, coño. Lo que estoy es acojonada.
Yo no sé nada de Fórmula 1, pero la pinta que me da es que Hamilton es la niña bonita de McLaren. Tengo la sensación de que en la escudería eligieron a Alonso por dos motivos: el primero, cubrirse las espaldas, por si las moscas; el segundo, azuzar a Hamilton, espolearle, motivarle para que llegara pronto a lo que estaba destinado a ser.
Es un buen piloto, probablemente mejor que Fernando, y necesitaba tal vez solo una cosa para ser un campeón: creer que era posible. No hay mejor forma de creer que es posible ser un campeón que desayunar con uno por las mañanas. Sobre todo si tienes talento, y Hamilton lo tiene a espuertas. Eso y el típico padre con un ojo siempre en su nuca, me dan escalofríos cuando veo a esos padres detrás de los niños triunfadores. Pero Lewis ya no es un niño.
Fernando Alonso ha nacido para estrella y en McLaren no va a seguir siéndolo, al menos no en la medida en que lo fue con Renault.
Lo que sí es cierto es que la escudería está bien blindada: tiene dos seguros a todo riesgo. Con esos dos portentos tienen garantizadas la competitividad y el espectáculo. Y casi también el mundial de pilotos y, por supuesto, el de fabricantes.
Pero cambiemos de asunto (siempre he querido usar esta frase). Yo soy una de esos madridistas asquerosos que se cagan en los pijos cuando pierden y dicen con amargura que les está bien empleado. Apenas he seguido la liga esta temporada, del mosqueo que tenía de años anteriores. Pero claro, a medida que se iba acercando el final y la cosa se ponía más y más interesante, me iba quedando yo también con la copla. En fin, que hoy estoy contenta.
No tienen precio muchas veces las frases que oyes a la gente por la calle, en los bares, en las tiendas, en el autobús, en la tele... Algunas veces solo me río. Otras veces me río y las apunto. Fanshawe tiene una sección que se llama Oído al pasar que ya es herencia de otra gente y que, dicho sea de paso, es una lástima que no utilice más a menudo, con la capacidad de observación que tiene.
El caso es que siempre me ha gustado esa categoría, así que hoy y aquí estreno yo la mía. Se llamará, para que no se note mucho el plagio, Al vuelo, y usaré para bautizarme una simple pero contundente frase que le dijo la empleada del bar de enfrente a su jefe en una leve discusión sobre una fuga de agua:
Yo sí te entiendo, pero tú no me entiendes a mí tampoco.
El otro día, hablando con una compañera de trabajo que tiene más o menos mi edad (aunque sus circunstancias son otras: funcionaria, esposa y madre, nada más lejos de mi situación e incluso de mi plan de vida, para bien o para mal), ella mencionó la palabra "flaccidez". Para evitar malentendidos, añadiré que se refería a su propio cuerpo: a su culo, a sus tetas, a la piel de su cara.
Yo me quedé un poco boquiabierta. Procuré que fuera por dentro, claro. Por fuera le dije que no pensara en zarandajas, que estaba estupenda (porque es verdad) y que al fin y al cabo, los veinte hace un tiempo que pasaron. Jamás había pensado en semejante concepto aplicado a mí misma. Era un tema que no podía estar más lejos de mis preocupaciones, las diarias y de andar por casa y más de las profundas y trascendentes.
Pero la semilla de la palabra flaccidez dejó por ahí un rastro invisible, y ahora me sorprendo espiando los reflejos (en los bares, en las ventanas al pasar, en la pantalla del ordenador, incluso en los escaparates, y odio con toda mi alma mirarme en los escaparates) y buscando los estragos de los años en mi piel.
Lo malo es que los encuentro.
Ayer comentaba esto mismo, más o menos, con otra compañera (no usé la palabra flaccidez, parece de anuncio de cremas, es horrible, pero dije, más o menos, "me veo más vieja"). Esta compañera, ya amiga, tiene algo más en común conmigo que la otra (una falta definitiva y desoladora de metas, una ignorancia absoluta sobre lo que ocurrirá mañana, una insatisfacción permanente) y me miraba con la misma cara de alucine con la que probablemente miré yo a la causante de esta debacle. Concluimos que puede ser por el contacto diario con chavales y chavalas de veintipocos. Nosotras, que seguimos viéndonos como siempre nos hemos visto, con veintiesos mismos, recién puestas en el mundo, parecemos haber obviado todo lo que hemos vivido entre entonces y ahora, no obviado en el sentido de la experiencia, sino en el del tiempo pasado mientras tanto. Y nos cuesta darnos cuenta de que ya no se cumplen treinta. Ni treinta y uno. Ni treinta y dos. Ni… Que son horas de establecerse, de hacer cosas sabiendo que son definitivas, de irse dando cuenta de que, recurramos al tópico, los años pasan cada vez más rápido (nunca terminaba de creerme esto cuando me lo decían).
Y no sé. Estoy segura de que es porque estos días ando preocupada con lo de la oposición. Si apruebas, tienes la vida relativamente resuelta. Si suspendes, y más en este extraño caso nuestro en el que las interinidades apenas sí existen, vuelves a empezar, a preguntarte qué vas a hacer cuando acabe el verano. Y, por otra parte, esa chica joven que vive por dentro (por debajo de la flaccidez), independiente y contestataria también dice, bueno, K, si apruebas ya sabes lo que harás el resto de tu vida; y si suspendes, todas las posibilidades siguen abiertas. Todavía intenta engañarme con la cantinela de la libertad.
Supongo que es uno de esos "momentos de la vida", por los que todo el mundo pasa, la crisis de los treinta y tres o algo así. Ya no tengo edad para muchas cosas. Y me siento demasiado joven para muchas otras. Mientras tanto, suena de fondo el tic tac de un reloj, ahí en la repisa sobre la tele. Es desesperante llevar tanto tiempo en el mismo punto. Pero, al mismo tiempo, ahí seguimos, ¿no?
Luchando.
(Pd para frikis de las palabras: el diccionario de la Academia dice cuando buscas flaccidez que flacidez, que realmente suena más colgante y laxo todavía, pero yo lo pronuncio con dos ces y me cuesta mucho trabajo escribirlo solo con una…)
Hace unos cuatro años, cuando era socia del Círculo de Lectores, tuve que comprar un libro sin querer. Tocaba hacer la compra bimensual y ninguno de los libros que me ofrecía aquel catálogo era de mi interés. Así que me fui a la página en la que aparecían los libros que están a punto de ser descatalogados y elegí uno en cuya portada aparecían las fotos de Kevin Spacey y Julianne Moore. Al parecer, rezaba el texto publicitario o reseña que había debajo de la foto, era la novela en que se había basado la película Atando cabos, que yo no había visto. Pero me gusta Kevin Spacey y me gusta mucho Julianne Moore, y el libro no era caro, y había que elegir alguno, así que elegí aquel. El resto de la reseña hablaba de un hombre cuya vida estaba desestructurada y que volvía a la tierra de sus antepasados, en busca de sí mismo. El tema me pareció interesante. Cómo un pasado que desconocemos puede influir sobre nosotros y ayudarnos a construir un presente y un futuro, y cómo las personas miramos atrás en busca de nuestra memoria o para entender a la persona que somos.
Cuando el libro llegó a mis manos y como suele suceder, me encontré con una pequeña sorpresa. Para empezar (y para variar), el personaje descrito en la novela no podía tener un físico más diferente al de Spacey:
"Un cuerpo como una rebanada de pan mojado. A los seis años pesaba casi cuarenta kilos. A los dieciséis estaba enterrado bajo una gran masa de carne. Su cabeza tenía forma de pepino, carecía de cuello, tenía un pelo rojizo encañonado en la parte de atrás. Unos rasgos que formaban un racimo como yemas de dedos que se besan. Ojos de color de plástico. La barbilla monstruosa, una superficie rarísima saliéndole de la parte baja de la cara."
Y pensé que no me iba a gustar, pero seguí leyendo, porque por el momento me estaba gustando. Saqué muchas frases de aquella novela. He sacado muchas frases en las sucesivas relecturas, porque es de esas novelas que se dejan releer con gusto, de esas novelas que parecen escritas para ser releídas.
Es una historia sencilla y pequeña, sin pretensiones ni aspavientos, que ganó el premio Pulitzer en el año 1994. Fue adaptada para el cine y para estas dos estrellas en 2001 (y esto de las estrellas en las pelis made in Hollywood siempre me recuerda a Bruce Willis y Julia Roberts haciendo de sí mismos en El juego de Hollywood, de Robert Altman).
Tardé mucho tiempo en ver la película, en realidad nunca la busqué. Una vez me la encontré en televisión y quise saber qué habían hecho con Quoyle y su historia, con las expectativas reducidas al mínimo, y de nuevo me llevé una sorpresa. Porque Lasse Halström, un director cuyas adaptaciones, entendí entonces, suelen merecer la pena, había respetado intacto el espíritu, el núcleo duro, de la novela. Eliminado espacios, tiempos, por supuesto personajes, cambiado radicalmente el aspecto físico de los protagonistas, todas esas cosas inevitables que hay que hacer en las buenas adaptaciones, y sobre todo si se hacen en Hollywood y hay que meter a Kevin Spacey aunque sea con calzador.
Esta noche he vuelto a ver Atando cabos. También la película agradece el revisionado. Kevin Spacey, salvando esa insalvable distancia del aspecto físico de Quoyle, construye un personaje exacto al que yo imaginé leyendo las palabras de E. Annie Proulx. Su torpeza, su desconfianza hacia sí mismo, su invalidez sentimental (en la novela y en la película aparece una frase de esas que lo dicen todo: "aprendió a separar sus sentimientos de su vida".) En la película hay una voz en off, y sí, ya sé que he dicho muchas veces que no me gusta, pero como a los amigos, a las películas que te gustan les perdonas sus pequeños defectos y las quieres pese a ellos. Una historia de seres humanos pequeños a los que les cuesta encontrar un lugar dentro del mundo y dentro de ellos mismos, que se enfrentan valientes y diminutos a sus miedos y a sus tropiezos; una realización cuidada, discreta, en la que en muy pocas ocasiones recuerdas que hay una intención llamada "puesta en escena"; una música que no molesta los oídos y que no interfiere, sino que acompaña la acción; una acción lenta y que se recrea en sí misma, sin dejar por eso de avanzar en todo momento; la siempre impresionante presencia física y la tremenda fuerza de la mirada de Julianne Moore y una hermosa Judi Dench, fuerte y dulce; unos personajes secundarios solventes y redondos, hermosos, que hacen los coros y tapan los huecos a la perfección.
Mientras escribía esto último pensaba en el personaje interpretado por Pete Postlethwaite, que es el único personaje "negativo" de la película, Tert Card. Es tan tonto y tan malo, tan mezquino, envidioso, lameculos y jilipollas que no parece real. Pero lo es. Yo conozco un hombre así. Siempre es un compañero de trabajo que nos hace la vida imposible con su chabacanería y sus zancadillas. No siempre lo real es verosímil. Postlethwaite lo borda, feo y colorado.
El cine pequeño, aunque tenga un par de estrellas y venga de las laderas de Los Ángeles, esconde diminutos y durísimos diamantes a veces. Me gusta descubrir estos diamantes paseando por los recovecos del azar.
Ahora solo me falta verla en versión original… y creo que voy a aparcar un par de días al untuoso amigo de Prada y su interesante historia para volver a releer esta pequeña novela americana sobre el mar y el hallazgo del hogar.
Siempre estamos buscando algo. A veces, la mayor parte de ellas en mi caso, no sabemos qué buscamos, pero siempre hay algo. Buscas o esperas, que en otras ocasiones es lo mismo. Vas al cine buscando ver algo que te toque alguna fibra, unas veces de arriba y otras, de abajo, unas veces de fuera y otras, de dentro. Te cruzas con personas y esperas o buscas un entendimiento o una chispa, unas veces de arriba y otras... en fin, no hace falta repetirse, que estos lectores son avispados y entienden las entrelíneas a la perfección.
Estoy leyendo una novela cuyo autor utiliza palabras como truhanes y trapisondas, de modo que construye frases como "Una horda de mujeres desmelenadas y truhanes que, después de perpetrar las más variadas trapisondas durante los años de la ocupación, habían amanecido poseídos por un súbito fervor justiciero". A veces es cansado. Se demora en cada explicación, en cada descripción, siempre a mano el diccionario de sinónimos que debe de tener por cerebro. Soy una persona curiosa. Siempre voy al diccionario cuando encuentro una palabra cuyo significado no conozco. Pero a veces siento que en el caso de esta novela tendría más tiempo el diccionario que la propia novela entre las manos; y ¡son palabras que sé que jamás voy a usar! ¡Yo! La Usadora Oficial del Reino de Palabras Estrambóticas y en Desuso.
Pero, por otra parte, no está mal lo que cuenta. Cuando abro un libro y empiezo a leer, espero, busco, que sus palabras me lleven de la mano a algún mundo, inventado o real, verosímil si es posible, aunque no es un detalle imprescindible, y cuyos personajes tengan escondida un alma que yo pueda entender o admirar o despreciar o sentir cercana o posible, en la que pueda reconocerme o reconocer a la persona que desearía ser o tal vez a la que temo ser, o donde habite algún amigo o algún amor antiguo. Espero que esos personajes y ese mundo me conduzcan sin sobresaltos o con ellos, si están bien puestos, hasta la última página de la novela y que, cuando pase esa última página y cierre el libro se me quede en el borde de los ojos un gusto a algo, no sabría definir muy bien qué. Por ahora esta novela me está dando algo parecido a eso. Empiezo a leer y me cuesta trabajo parar, y tal vez esa pedantería y ese aire relamido me suenan de algo, me tocan alguna fibra sensible en algún sitio.
Ya lo dijo House: la pedantería es hereditaria, aunque no hayan descubierto el gen. Tendríais que conocer a mi tío Pepe para entender por qué sé tan bien de lo que habla esta frase.
La novela tiene algunas frases-párrafo que me dicen que este hombre ha leído a Muñoz Molina, aunque quizás lo que ocurra es que han bebido de las mismas fuentes. Por momentos me molestan mucho las referencias bíblicas y religiosas, pero debo admitir que las entiendo y las reconozco todas.
("Bajo el traje demasiado amplio se percibía esa vibración medrosa que nos asalta en las circunstancias agónicas, cuando preferimos alejar de nosotros un cáliz que, sin embargo, solo a nosotros corresponde apurar.")
Ah, que tenéis mucha curiosidad por saber qué libro estoy leyendo… es que me da un poco de vergüenza, pero os lo diré. Se trata de El séptimo velo, de Juan Manuel de Prada.
"Quizá la felicidad consista, a la postre, en reconciliarnos con lo que verdaderamente somos, con lo que verdaderamente fuimos, renunciando a vanas aspiraciones y vanos consuelos."
Yo qué sé, las cosas son de una manera. Creo que uno de los motivos para ver deportes en televisión, uno de los criterios fundamentales a la hora de elegir deporte, es el estético. A mí me gusta el tenis, me gusta ver partidos de tenis. Como rasgo patrio, prefiero los partidos sobre tierra batida, supongo que porque veo mejor la bola o por tradición rolandgarrosera. Me recuerdo con no sé cuantos años, pero no muchos, viendo ganar a Arantxa Sánchez Vicario por primera vez, cuando ella tenía diecipocos años, un par más que yo. Me divierto, me gusta que se eternicen los puntos, advantage, deuce, otra vez advantage, me gusta que lleguen al quinto set, sobre todo cuando al final gana el jugador por el que siento preferencia, todas esas cosas.
Pero negar que me ponen los jugadores que gimen sería mentir. Sobre todo el señor MaratSafin…
Ya sé, es la cosa de siempre, los ídolos, los modelos, los hombres de papel que nunca se encuentra una en el supermercado, y si en alguna ocasión esto ocurriera, estaría en compañía de alguna de las mujeres que le gustan, que los chicos rara vez se encuentran en el supermercado y que yo nunca llegaré a ser (y viendo esos pezones, ni ganas que me quedan, en fin, algún defecto tenía que tener el muchacho).
Pero sí. Hace calor y vienen los tirantes y el sol y la primavera la sangre altera y todas esas cosas. Yo, si me disculpáis, me voy a oír gemir a Carlos Moyá y a Rafa Nadal, que sí, que es un yogurín y no es tan guapo, y habla fatal el japonés pero, qué queréis que os diga, menos da una piedra.
Y por no tener, no tengo ni piedras. Me quedo con este señor virtual, que tiene de bueno que no ronca ni nada.
No sé si pedir disculpas por esta semana de silencio porque no sé si alguien se ha sentido solo por mi ausencia. En el fondo de la mente, una pregunta: ¿me estarán echando de menos? No hace falta decir que no contestéis, es retórica.
La semana pasada fue de esas en las que una visita alegre te saca de tus rutinas y te aleja temporalmente de tu vida. Un poco de cosas fuera de su sitio, un cepillo de dientes y una toalla extra, hacer el doble de comida, cenar fuera, el colchón hinchable ocupando medio salón, las ineludibles visitas a los lugares turísticos, que en el caso de mi ciudad son más bien pocos... En fin, una persona de carne y hueso sentada a tu lado en el sofá con la que hablar para sustituir el parpadeo de la pantalla del ordenador por unos días.
Con mi primo I, mi querido y bienvenido visitante, la conversación trata de las cosas de la vida, los trabajos, las expectativas, las perspectivas, los sueños y las desilusiones, los amigos comunes, la familia bien gracias, o mal, o lo que sea, las abuelas, los libros y las pelis que el otro tiene que leer o ver sin falta, los famosos del mundo que nos caen mal, los programas de la tele que no soportamos. De fondo, Roland Garros. Una delicia de semana. Sabréis disculparme, espero.
Ahora se han acabado las vacaciones y a cambio, menos mal, ha vuelto el sol. Sé que es un puto tópico de mierda, pero ya era hora. Más que nada porque tenía ganas de estrenar unas sandalias nuevas que se aburrían en su caja desde hace dos semanas. También los pies se aburrían de calcetines.
Sigo teniendo que estudiar y hacer la programación de marras, así que mi presencia aquí, en esta recta final, debería ser testimonial. Pero una, como es así de apañá, conseguirá robar horas a las amargas obligaciones opositoras para soltar un poco de mierda sobrante. Siempre hay mierda sobrante, aunque hoy casi mejor me la guardo.
El sábado me compré en el kiosko un pack de dvd que tenía El amigo americano y El Gatopardo. Anoche vi la primera de ellas. Siempre se me ha escapado el personaje de la Highsmith. Tendré que dedicarle un poco más de tiempo, tanto al literario como a sus diversas encarnaciones cinematográficas (admito sugerencias).
Leo aquí un estupendo artículo sobre Mujeres desesperadas. Y me fijo en esta frase:
"Pasear por esa calle no traslada al peatón al epicentro de la serie, sino al corazón de Estados Unidos. Cualquier lugar en las afueras de una gran ciudad tiene un aspecto calcado al de Wisteria Lane. Por eso los productores reconocen en voz baja que les cuesta entender el éxito de la serie en países y espectadores para quienes esa calle, ese aspecto, no conjuga con el concepto de infelicidad."
Pero lo entendemos porque lo hemos mamado, llevamos décadas viéndolo. Es el mismo barrio de Aquellos maravillosos años, Los problemas crecen, Cosas de casa, Las chicas de oro, y así en adelante. Las mismas calles y casas donde viven los protagonistas de American Beauty o El último boy scout.
Incluso tenemos ese icono implantado en nuestra publicidad (ahora mismo me viene a la cabeza el anuncio del Volkswagen Touran).
El resto del mundo vivimos con la mirada puesta en Estados Unidos a través de nuestros televisores. Algunos lo hacen por costumbre, otros por envidia, otros por aburrimiento, otros por curiosidad, otros sencillamente porque es el único modo de ver una televisión de calidad. Y cuando digo el único, lo digo con toda la intención y también con todo el dolor de mi corazón.
Así que conocemos mejor de lo que ellos creen, y también mejor de lo que nosotros mismos creemos, el carácter de ese pueblo. Muy pocas de las cosas que allí ocurren pueden sorprendernos de verdad. Como mucho, somos como Obélix: "están locos estos americanos".
Y sin embargo los miramos un miércoles más, nos asomamos a Wisteria Lane a ver cómo se vuelven un poco más desquiciados cada día.
Es muy común ese pensamiento: todos los que han vivido una experiencia piensan que quienes no la han vivido no pueden entenderla. Se regodean en una egoísta y elitista sensación de unicidad. Es un tema que daría para un largo y jugoso debate. Yo lo interpreto más bien como un rasgo de narcisismo mal enfocado.
Está claro que, si nunca se me ha muerto nadie realmente querido, nadie que esté de verdad dentro de los muros de mi intimidad, no sé lo que se siente. Eso no voy a negarlo. Pero creo que sí estoy capacitada para entender lo que otro puede sentir. Odio cuando me dicen eso de "es que tú no lo has vivido, no lo entiendes". Me dan ganas de contestar algo como "pues entonces no sé a qué cojones vienes a llorarme aquí". Sueles recibir esa tolerante respuesta (la primera, digo) cuando intentas consolar; cuando buscas algo positivo, una frase de aliento. De lo que deduzco que lo único que se busca en ese momento es compasión: "pobrecito, cuánto estás sufriendo". Pues mira, no.
Pero me voy del tema. Hablaba de los productores de Mujeres desesperadas. Decía que los habitantes del resto del mundo, para ellos poco menos que extraterrestres, estamos perfectamente preparados, porque tampoco hacen falta grandes dosis de intuición ni de formación, para comprender que un barrio como ese sea el prototipo de la falsa felicidad, de un hermoso envoltorio para el horror. El éxito de esta serie, como el de casi todas las series que lo tienen, se debe a su universalidad, al hecho de que el espectador pueda sentirse identificado con sus situaciones y sus personajes, y reconocerlos en sus propias experiencias.
Es refrescante y liberador ver que alguien pone en voz alta las angustias que te atormentan desde un punto de vista socarrón, irreverente y despojado de pesos. Te sientes menos solo, menos psicópata.
Empiezas a intuir que más o menos a todo el mundo le pica en el mismo sitio.
Estoy leyendo en la Off-Off Crítica el comentario sobre Zodiac, la última de David Fincher. Esta mañana he leído en el periódico un comentario que se deshacía en elogios que me dio ganas de verla, pero no es bueno fiarse de una sola opinión, y menos aún si esta es entusiasta y apasionada (yo no me fío nada de la pasión); en este portal de crítica libre suelen ser bastante expeditivos en sus comentarios, además de que suelo estar de acuerdo con ellos y me parecen gente muy de fiar cuando no estás muy segura de en qué sala gastarte las pelas.
Da lo mismo lo que dicen sobre la película, en cuanto a sus virtudes o defectos cinematográficos. No la ponen tan por las nubes como Miguel Anxo Fernández o como se llame el crítico de La Voz, exactamente tal como yo esperaba.
(¿Les he dicho que no he visto Seven? En fin.)
Lo que me da por pensar es esta frase (copio): "Unido además a sus casi tres horas de duración, por momentos se vuelve tediosa."
Tres horas. Otra vez. Anoche estuve viendo en dvd Arizona baby (y dejamos aparte la originalidad española en la adaptación de títulos) y ¡lo flipé cuando acabó al cabo de una hora y veintinueve minutos!
Han conseguido que lo que debería ser norma parezca excepcional. Una buena historia contada en el tiempo que necesita. Ni un minuto más. Un milagro.
Pues tenía ganas de ver Zodiac, pero se me están quitando.
El señor Joe Gillis lo dice muchísimo mejor que yo. Lean algo escrito bien y con ganas, hagan el favor.
Que yo últimamente tengo la inspiración por los putos suelos.
¿Sabéis cuando abrís el messenger deseando que haya alguien, quien sea, conectado, para poder hablar de algo un rato, y todos los nombres están apagados? ¿Esos días en que necesitas ese rato de contacto humano frívolo, trivial, insignificante, a falta de la presencia reparadora, consoladora, de un amigo de verdad, y no hay nadie al otro lado para decir "holaqtal"?