28 diciembre 2007

Beautiful girls, Ted Demme

Al llegar a casa encendí la tele y la pillé por la mitad. Me encontré en la secuencia en la que Willie (Timothy Hutton) habla con Marty (Natalie Portman) en la pista de patinaje. Es tan seria la conversación que mantienen, adulta e infantil, como si estuviesen jugando y al mismo tiempo sopesando en serio la posibilidad de tener una relación. Pero él ya es mayor y sabe qué pasará en el futuro, porque ya lo ha visto, lo ha vivido. Y no quiere ser el Pooh de Marty-Christopher. Tú crecerás y cambiarás, le dice. Nada le jode más a un niño con alma de viejo que oír esas palabras.

Y tuve que verla hasta el final. La secuencia en que Andera (Uma Thurman) encuentra a Willie solo bebiendo en el bar (¿Estás borracho? No sé, pero las dos estáis guapísimas), y la tremenda, demoledora conversación que mantienen en la cabaña de pesca sobre el amor y la felicidad, sobre los domingos lluviosos por la mañana y los periódicos y Van Morrison y Tracy. Ella se marcha y él se queda diciendo damn it! Sabe que ella tiene razón en todo lo que dice. Como si saberlo sirviera para algo.

Entiendo tan bien los sentimientos de Willie como si fuera yo misma (ése es el truco, supongo): sus dudas, sus miedos, su insatisfacción, sus vaivenes. Su deseo de lo inalcanzable, su atracción por el fracaso, su infructuosa búsqueda de la resignación, el modo en que se queda fuera mirando lo que ocurre a su alrededor, el hecho de rendirse sin rendirse, siempre con esa pequeña llama brillando en el fondo de sus ojos. ¿Estás bien?, le pregunta Tracy en el coche mientras se van. Sí... sí.

Lo que pasa es que me quedo con una sensación tan grande de desasosiego siempre que la veo. No, me digo a mí misma mientras me limpio la mierda de lagrimón que se me resbala por la cara, no puede ser, no puede ser, no puede ser.

¿Puede ser?



27 diciembre 2007

¿Conclusión?

El año se acaba y me deja un sabor muy agradable, muy pleno. Tiene algo muy positivo disfrutar a esta edad, se supone que más serena y más consciente, de lo mejor de la vida, sobre todo porque tengo una sensación de que lo mejor de verdad todavía está por llegar. También lo peor, es probable.

Se acaba un año aunque no tengo esa sensación. Lo veo todo como un continuo sin fechas, sin límites, sin marcas de principio y de fin. Sólo es el camino. Los días, las horas, son las pequeñas jaulas donde metemos, para organizarlas en la medida de lo posible, nuestras pequeñas mierdas. Y las grandes. Y las estrellas que pastoreamos.

No puedo hacer planes para el año que viene. Iré tragando las ruedas de molino que no me quede más remedio que tragar, igual que hasta ahora. Iré tirando de mi carro, cada vez más lleno de mierda y de estrellas.

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18 diciembre 2007

Un domingo

Ayer fue un domingo de esos con los que sueño durante la semana y que casi nunca tengo: dormir sin despertador, con la persiana bajada hasta el fondo, la puerta cerrada a cal y canto y dejar que sea la madre naturaleza la que me despierte cuando lo tenga a bien; desayunar aunque sea la hora de comer; sentarme en el sofá a ver la tele o una peli o leer un libro; comer aunque sea la hora de merendar; seguir sentada en el sofá haciendo más o menos lo mismo de antes; cenar un colacao e irme a dormir. Todo ello sin haberme quitado el pijama.

La tele apenas la vi (el resumen del Madrid antes de irme a la cama). Leí un buen rato (estoy con Zuckerman encadenado, de Philip Roth, por ahora me gusta). Y vi dos pelis.

Una de ellas, La flaqueza del bolchevique, que había recomendado el lagarto y que llevaba varios meses esperando en el cajón. Me gustó de ella la interpretación de Tosar. Y el personaje, las dos cosas, aunque para ser un soplapollas la verdad es que por los pelos da la impresión de trabajar en un par de momentos. Demasiado centrado todo en la niña. Y el problema de que cuando llega algo que parece un punto de giro a destiempo, resulta que es el final. Pero el personaje y el actor, muy bien. Una persona real. No es nada difícil comprender el camino que emprende, compartir su descubrimiento, el momento en el que decide parar y mirarse.

La otra, Raging bull, de Scorsese. También llevaba meses en la recámara, últimamente estoy de un perezoso inaguantable.

Me hace gracia cómo hablan los personajes de Scorsese, exactamente igual que él mismo (o que el personaje de sí mismo que interpreta en el anuncio del cava, si lo preferís, lo cierto es que nunca he hablado con él, y eso que lo tuve cerca!) Tartamudean, repiten las frases, se entrecortan, da la sensación de que no tienen nada en la mollera.

Me gusta Marty porque cuenta cosas que no cuentan los demás. Se fija en personajes desagradables y desgraciados, complejos, atormentados, con los que es difícil, o más bien penoso, identificarse. No hay héroe. No hay nudos de la trama. No hay final feliz.

No es una película equilibrada, ni demasiado coherente en su exposición narrativa. No hace falta. Lo que cuenta es otra cosa y puede contarse conjugando pinceladas y brochazos. Y es exactamente lo que hace. Lo encantador del Scorsese de los primeros años era esa libertad, la sensación que transmiten sus películas de que hacía lo que le daba la gana, de que un plano de cinco segundos de una aspirina efervescente deshaciéndose en un vaso o un pasillo vacío tenían una razón de ser que no era discutible. El descaro, la frescura. Y funcionaba. Prueben a hacerlo ahora.

El Jake LaMotta que compone Robert de Niro es un enorme cabronazo. Un ser humano que no utiliza en ningún momento su inteligencia, si acaso solo para arrepentirse de haber metido la pata, es decir, a posteriori y sin utilidad alguna. Un personaje impulsivo, agresivo y tiránico, que se deja llevar por arranques de paranoia y que siempre se mueve por pasiones, atraído por ideas fijas que no necesitan (ni podrían) ser razonadas. Que no se conoce a sí mismo ni lo intenta siquiera. Su desgarrado lamento en el calabozo después de ser detenido, ese "I'm not so bad", lo dice todo de él. Te preguntas "¿de verdad lo crees?" Por supuesto que lo cree. Solo entiende un idioma, y es un idioma que nadie quiere hablar con él.

Se empeña en alejar de él a las personas que le quieren y que estiran lo inquebrantable de su fidelidad hasta límites desmedidos. Extiende su tortura interna, incomprensible e inexplicada, a los demás, por medio de la violencia, ejercida de todas las formas posibles, incluso a través de su mera presencia. Pierde a su hermano, pierde a la mujer que le ama, poco a poco lo pierde todo, sin darse cuenta en ningún momento de que lo hace metódicamente, por su mano.

La creación de ese personaje acabado, solo, hundido, alcoholizado y abandonado es portentosa. Durante todo el desarrollo del personaje el espectador atiende a un punto, escondido en alguna parte, de compasión, que revienta al final. Aunque sea una compasión que no redime, sino que se agota en sí misma. El personaje, patético, sigue sin provocar empatía. Se limita a mostrar la naturaleza exacta de lo que es: su "I'm the boss I'm the boss I'm the boss" final es su descripción perfecta: el jefe de nada.

16 diciembre 2007

3.40 o cualquier otra hora

Cuando llego a casa a estas horas siempre me quedo un rato esperando antes de irme a la cama, esperando que pase algo más mientras los pies se me enfrían. Espero que alguien me escriba o me llame, que una voz amiga aparezca como un milagro.

Aunque al mismo tiempo soy absurdamente consciente de ser la única persona que está despierta en el mundo, la única persona que mira por la ventana esperando sin motivo que haya alguna otra luz encendida.

Si lo pienso bien, en realidad lo hago siempre. Mientras camino por la calle. Mientras compro en el supermercado. Mientras bebo Guinness en el bar. No sé por qué lo hago. Ni siquiera sé que espero. Ni mucho menos sé qué haría si de repente ocurriera.

No creo en los milagros. Como dice esta canción, no creo en la magia. No sé qué haría si ocurriera porque no va a ocurrir.

Pero supongo que no se trata de eso, de ser realistas o de encarar las cosas como son, sino de lo otro, del sueño o del hambre, de la esperanza incongruente, de la ausencia.

En realidad me encanta esto. Disfruto de esta sensación de hambre y de ausencia probablemente mucho más de lo que disfrutaría de la plenitud y de la presencia. Y eso es lo interesante del asunto, lo complejo. La sensación de ser dos personas, la que quiere algo y la que no lo quiere. Las dos son ciertas, verdaderas, están aquí dentro, en alguna parte, mirándose raro la una a la otra. Preguntando "¿quién eres tú?"

Es un poco ególatra, pero me fascino a mí misma. Me estoy empezando a enamorar de mis propias paradojas. Como Narciso, un día de estos me acercaré tanto al espejo de mi hermosura que me ahogaré en él sin darme cuenta.

Cuento algo así en esta pantalla y me doy cuenta de que es algo que no podría explicar en voz alta a nadie porque sentiría que me es imposible explicarme y que es imposible que el otro pueda entenderme. Pero los dedos sí pueden decirlo. Aquí no importa que a nadie le interese. Y mañana habrá alguien a quien tal vez le interese, por ese mismo motivo. Y yo me avergonzaré de haber sido tan indecorosa.

Cuánta literatura inútil.


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11 diciembre 2007

Lo que están haciendo es importante

Tengo un punto escondido muy sindicalista, yo. Siempre me conmueven los tremendos pifostios que se montan en Francia, por ejemplo, cuando los obreros, los que sean, se ponen en huelga y la gente se dedica a esperar a que ellos y las empresas lleguen a un acuerdo, comprendiendo que para que alguien consiga algo es necesario el apoyo de los demás "alguien".

Lo que quiero decir es que pocas cosas me revientan más en este mundo que la señora que sale en la tele quejándose de que por culpa de la huelga de transportes ella llega tarde a su trabajo. O que no hay quien soporte el mal olor de las basuras desde que los señores que las recogen han decidido que hay una situación que no se puede soportar más.

Parto de una base, tal vez demasiado idealista, que es la siguiente: cuando se hace una huelga es porque hay algo que no funciona bien y mucha gente decide que la situación puede ser cambiada.

Cuando mucha gente decide que una situación puede ser cambiada, cuando la gente que lo decide hace piña y resiste, entonces esa situación puede ser cambiada.

Lo que están haciendo los guionistas de Hollywood es importante. La última huelga (por lo poco que he leído, en 1988) duró cinco meses y tuvo severas consecuencias en el consumo de productos audiovisuales (según este blog, un descenso permanente del 9% del consumo, además de las evidentes pérdidas económicas directas). Ese riesgo, al parecer, sigue existiendo. Incluso, habida cuenta de las alternativas, probablemente sea mayor.

Esto empezó porque el día 31 de octubre expiró el contrato de la AMPTP (la Alianza de productores de cine y televisión) con la WGA, el sindicato de guionistas más importante, nutrido y poderoso. Y los guionistas decidieron pedir aproximadamente lo que creían que les correspondia. Estas cosas siempre son un tira y afloja, aquí no voy a entrar a valorar si lo que piden es justo o no. Para eso están las negociaciones.

Los sindicatos siempre han tenido mucho peso en Hollywood, valiente nido de rojos y contestatarios está hecha la ladera de ese monte. Así que los guionistas decidieron que ya está bien de que otros se lucren a costa de su trabajo. No creo que pongan en tela de juicio la cuestión de que otro se lucre. Pero saben (parece ser que mejor que la industria) lo importantes que son, lo fundamental que es su trabajo, y usan bien su arma. Me retracto y valoro: no me parece una solicitud desproporcionada. Quieren, si no he entendido mal la cosa, que la industria se adapte a los tiempos no solo en cobrar, sino también en pagar.

Lógico, ¿no? Los representantes de las empresas (es decir, la AMPTP) dicen que no. Y ellos dicen que de ahí no se mueven. Me gusta.

Me muero de ganas de que la huelga se alargue hasta febrero o marzo. Me encantará ver qué salida encuentra la industria. Quiero ser testigo de un momento histórico: en pleno siglo XXI, la edad del estado del bienestar, de los culos calientes que no se mueven un milímetro para conseguir nada que implique perder algo de lo que ya tienen; en una era de "sacrificios, los justos", vienen estos señores a darnos de comer (más) sopas con honda. Vivir para ver. Ver para creer.

Y después está el punto a favor. Tienen los guionistas algo que vale su peso en oro en una revolución: la solidaridad. Algunos actores están apoyando esta iniciativa (vedlo aquí, si tenéis ganas, un ejemplo al final). La gracia del chiste es que resulta que el convenio de los actores y directores se acaba en verano. La cosa promete. Ya lo dice el dicho: a río revuelto, ganancia de pescadores. No creo que la cosa llegue al verano (sería demasiado espectáculo incluso para Hollywood). Pero en qué acabe esto condicionará muchas otras cosas. Y eso quiero verlo.

10 diciembre 2007

La Gata y el Vagabundo

Mi hermana me miró con los ojos raros que suele poner últimamente para mirarme:

—Pero, antes de que vinieran, ¿nunca los habías visto?

—No.—, dije yo.

A ver. Te puedes equivocar, todos nos hemos equivocado alguna vez con la gente.

No necesitamos mucho más para invitar a comer a unos compañeros del trabajo. Hay personas que las miras a los ojos y te fías. Porque sí. Sin más.

Bueno, pues hay personas que las miras a las letras y lo mismo. Sabes que sí. Les abres la puerta de tu casa y en lugar de llegar, parece que vuelven.

Mi casa es un puto desastre, con pelusillas agazapadas en los rincones, libros desordenados, una cocina que necesita la visita de una fregona y esas cosas. Exactamente igual que yo misma, al fin y al cabo. Cosas que hacen que tal vez no merezca mucho la pena un viaje de tres horas a lo que parece el fin del mundo. Pero bueno, lo hicieron.

Me gustó tenerles allí conmigo esas horas. Poner ojos, risas y voces a esas personas de la pantalla que a veces saben componérselas para estar tan cerca.

En casa han dicho que ella parece muy tímida y que él tiene unos ojos preciosos.

03 diciembre 2007

Pues a mí me gusta la Navidad

Y, joderse con el temita, parece que hasta está feo decirlo.

Me gusta la Navidad, qué pasa.

(Queremos turrón, turrón, turrón!)

¿Qué tendrá de malo fingir que podemos hacer con una sonrisa que el mundo sea un poco mejor?

O fingir que lo creemos por unos días.

Que sí, que es todo mentira. Que sí, que la gente somos muy hipócritas. Que sí, que los villancicos rayan (¿o rallan? el problema de estos verbos con acepciones de nuevo cuño es que los que los usan no saben qué verbo están actualizando exactamente; me quedo con la y, sobre todo por eso de que en Argentina y otros países americanos es sinónimo de enloquecer… frikadas, ustedes perdonen), sobre todo cuando salen a todo volumen de las tiendas. El típico papá Noel bailarín que se pone a hacer escándalo cuando pasas a su lado, que te dan ganas de darle una patada a él y otra a la dependienta por no decapitarlo. Todo eso es verdad.

Y es terriblemente aburrido.

La Navidad mola. Todo el mundo se dedica como loco a pensar qué regalar a las personas que quiere, y eso es precioso. Comemos salvajemente, después cenamos salvajemente, y al día siguiente volvemos a empezar. La gente está contenta y habla más alto en los bares.

Yo solo tengo un adorno de Navidad. Es una especie de figura de porcelana, un muñeco de nieve con bufanda y una estrellita colgando de una mano. Lo he sacado esta tarde y lo he colocado en la estantería del pasillo, junto a la campana rota que me trajo un amigo como souvenir cuando pasó por Philadelphia este verano.

Como soy atea no pongo nacimiento, ya sería demasiado. Y el espumillón es una horterada, aunque juro que lo pondría si no viviera sola. Pondría árbol también. Pero es que luego soy perezosa y no lo quito hasta el 15 de febrero y me da corte que me lo vean tan anacrónico.

Pero lo que es la cosa esa de juntarse la familia, de salir a tomar algo y que todos los bares estén petados de gente, del calorazo de los sitios, de los innumerables mensajes de texto chorras que se pusieron de moda hace unos años, de abrir una botella de champán que nadie se bebe, de ponerse hasta las trancas de langostinos y vieiras, los regalos en nochebuena y después otra vez en reyes (será por pasta!), la emoción en los ojos de mi padre después de las jodías uvas, siempre, invariablemente con Ramonchu en la Primera, qué mal me cae ese hombre, pobrecillo, y no me ha hecho nada, y toda la parafernalia, pues qué queréis que os diga, yo no lo puedo evitar, me encanta.

Empezar las vacaciones (ahora que las tengo otra vez) la mañana del 22 oyendo el soniquete de los putos niños de San Ildefonso y comprobando que otra vez no tengo ni un jodido reintegro, y mira que parecía imposible, con todas las participaciones que llevaba, pues me encanta también.

Y los anuncios. Los interminables anuncios de perfumes… for him… for her… pour lui, pour elle… De juguetes. De cava (¿os había dicho que en Madrid vi a Scorsese…? ay qué ilusión). De turrón. De la viuda esa tan erótica y sus bombones (¿os habéis dado cuenta de que este año le da la vuelta a la foto del padre de Cuéntame?). Del corte inglés (que no falte). De la play. Del brain training. De la wii. Del Día (esos son los mejores). De movistar (desde octubre). Y de la lotería, que después viene la del Niño, que sirve, mayormente, para que los pocos desgraciados que tienen la suerte de que les toque el reintegro no lleguen jamás a cobrarlo…

En fin. Que a mí me gusta. Sales con cinco kilos de ropa extra que te pones y te quitas de bar en bar y llegas a casa con unas castañas especiales, más navideñas, llenas de amor y de paz, no sé, de buen rollo, te felicitas con todo el mundo, te hablas con gente con la que ni te saludas el resto del año, deseas que la gente sea feliz.

Total, ¿qué más da vivir esta pequeña mentira?

Ni que la verdad fuera tan interesante.

02 diciembre 2007

30 noviembre 2007

Bilbao, 26 de noviembre de 2007

Bueno. He ido a tres conciertos de este señor en total pero todavía no he hecho una cola. Bueno, sí. Hice una cola inútil el día dos de octubre. Hacer colas no me parece el colmo del fan. Hay cosas mejores que hacer colas.

En Bilbao había cola cuando llegó nuestro autobús. Yo, en lugar de sumarme, me fui a tomar cervezas con unas personas a las que no había visto nunca hasta el día anterior.

Sí, vale. La promesa de papá Noel era disfrutar de primeras filas sin colas. Pero era una posibilidad, no una certeza. La posibilidad era suficiente y me permitió pasar un rato impagable. No lo pagan los euros de la entrada ni lo paga nada.

Y vuelvo a rectificar lo de la cola, porque la había para las cervezas en la barra. Y la hice, vaya si la hice. Y tan a gusto.

Al final no hubo primeras filas. Pero tuve un regalo mejor. Y la persona que me hizo el regalo me pidió disculpas como si tuviera algún motivo, como si yo no fuera feliz. Hubo dos personas que renunciaron a su propio lugar en las primeras filas solo para quedarse conmigo en un sitio cualquiera en medio del mogollón, escorados a la derecha, al lado de la barra, más o menos en ninguna parte. Pues, señores, cualquier sitio puede ser el mejor sitio. Ahora lo sé.

Y de nuevo lista de canciones deseadas. Yo quería Backstreets. Tú, Kitty's back. Ella, verte feliz.

Qué buen concierto. Desde la primera canción se notaba algo especial que no había estado, no del mismo modo, la noche anterior. La noche anterior, Madrid, fue especial y maravillosa, inolvidable por muchos motivos, única, porque sonó Candy's room, porque sonó No surrender, porque sonó Thunder road, porque yo estaba allí, con vosotros a no muchos metros de mí, dentro de mí. Pero la banda en Bilbao fue otra cosa. Estaban despiertos y vibraban. Hicieron que no importara ver a Bruce, Nils, Steve o Clarence solo cuando se colaban en los huecos entre las cabezas de la gente. Veía a Max y Roy todo el tiempo, qué putos genios, qué maravilla.

A la mitad de Promised land yo no sé qué coño me pasó pero, si siempre me pone los pelos de punta ese "mister, I ain't a boy, no I'm a man", ese día me destrozó, y cuando estaba a punto de no poder más, empezó a cantar esa cosa de "what others may want for free", y supongo que no pude más. Y entonces alguien vino y me abrazó. Y si en Madrid me había sentido feliz de estar sola, en Bilbao me sentí privilegiada por tener aquella compañía.

Cuando empezó la intro de piano de Bacstreets supe que, contra cualquier pronóstico, superando cualquier expectativa, por una vez en la vida, iba a ser la segunda noche consecutiva de conseguir sueños. En un verano suave e infecto Terry y yo nos hicimos amigos, intentando en vano respirar el fuego en el que estábamos naciendo, largándonos a las afueras, sujetando la fe entre los dientes, durmiendo en aquella vieja casa abandonada de la playa, consumiéndonos de calor y escondiéndonos en los callejones, escondiéndonos en los callejones, con un amor tan duro y lleno de derrota, corriendo por nuestras vidas de noche por los callejones. Recuerdas todas las películas, Terry, que fuimos a ver, intentando aprender a caminar como los héroes que creíamos que teníamos que ser? Y después de todo ese tiempo, encontrar que sólo éramos como los demás, solos en el parque y obligados a confesar que nos escondíamos en los callejones. Juramos que siempre seríamos amigos, en los callejones hasta el final. Siento que no sonara Incident en su lugar, J, pero esta canción me hacía falta.

Y los tres sabíamos, desde el principio, que Kitty tenía que volver. Dijimos, pensamos, "ahora es el momento, venga, tócala ahora", después de Girls, y no, pero no importaba porque la que sonó fue Tenth avenue y ya era la hostia, la cosa más flipante del mundo, aquello sonaba de escándalo y yo jamás soñé con escuchar una cosa así en directo. Y bueno, entonces acabó y de repente sonó el primer punteo del enésimo milagro del fin de semana. Y dio igual estar en el culo del mundo del concierto, dio igual no verle la cara a Bruce, dio igual la diminuta decepción del pit, dio igual el enfermo mental que se dedicó a dar alaridos a nuestro lado durante medio concierto, dio igual la música de cuarenta principales del autobús y dio igual todo, por ver esa cara, esos ojos, por esos diez minutos de cosa inverosímil llamada Kitty's Back. Oooh, what can I do? De verdad, ¿qué importa todo? ¿Qué importa que nadie más lo entienda?

Así que no sé. Si no me muero antes, tengo que volver a ver un concierto de esta gira. Ya será mucho pedir NYC serenade, pero me estoy acostumbrando a ver hechos realidad mis sueños más insensatos.

28 noviembre 2007

Madrid, 25 de noviembre de 2007

Quisiera contarlo.

Para empezar, hay que elegir un principio. Tengo varios.

Podría colocar el principio en verano, cuando un amigo me dijo "habrá disco de Bruce en octubre y después gira; tengo la seguridad de que nos veremos allí".

También podría situarlo poco después, cuando otro amigo me envió una canción por email, Radio Nowhere, el día de mi cumpleaños.

O cuando, el día dos de octubre, me quedé sin entrada para Madrid después de hacer cola y esperar en vano. Unos días después conseguía entrada para Bilbao.

Recibí un mensaje: "No compartiremos el mismo concierto, me jode".

Yo contesté: "No surrender".

Pero voy a poner el principio el día que sonó el teléfono y una voz casi desconocida me dijo: "¿Tú no tienes entrada para Madrid, no?" Yo contesté: "No". Y la voz dijo "Pues ahora ya tienes. Resulta…"

Me da la sensación de que esta locura hay que explicarla, pero no puedo. Alguien que nunca haya hecho algo así leerá estas palabras y no entenderá nada. Quien no sea capaz de perder la cabeza por un sueño absurdo no entenderá nada.

Como diría el africano, "este anuncio es para todos los demás".

Lo difícil es por dónde empezar. Dice Houellebecq en La posibilidad de una isla: "No hay reglas precisas respecto al relato de vida. El principio puede tener lugar en cualquier punto de la temporalidad, igual que la primera mirada puede detenerse en cualquier punto del espacio de un cuadro; lo importante es que, poco a poco, asome el conjunto". No es verdad. El lugar donde colocas el principio lo condiciona todo. El autor del cuadro sabe dónde pondrás los ojos en primer lugar. O debería saberlo. Debería decidirlo.

La ciudad donde vivo está llena de gente rara que se sienta sola en un bar decorado en madera con un papel y un boli o un incongruente y diminuto libro de poesía. Yo también lo hago. Me siento sola y pido media de Guinness (Slàinte!). Viene una alumna a saludarme y cuando vuelvo a levantar la cabeza me ha pagado la cerveza, qué encanto. Suena otra música. Suena demasiado alta. Me pongo a recordar.

Nadie ha dicho que hicimos la ola sin más motivo que la pura tensión de la espera. Nadie dice que la multitud ansiosa aplaude y silba a los técnicos de luminotecnia que se encaraman a las estructuras, a los hombres sin nombre que colocan en una pulcra fila los saxos de Big Man.

Cuando se apagaron las luces el público entró en erupción. El rayo de luz. Y Bruce preguntando eso. IS THERE ANYBODY ALIVE OUT THERE? La multitud ruge. Así que vuelve a preguntarlo. IS THERE ANYBODY ALIVE OUT THERE??! Todos gritamos. Nosotros estamos vivos, what about you?

(Cuando me dio la entrada me temblaban tanto las manos que me dio vergüenza vérmelas. Saqué un cigarrillo, guardé el paquete, lo volví a sacar, ofrecí, alguien aceptó uno, cogí un cigarrillo, lo encendí, guardé el paquete, me di cuenta de que tenía un cigarrillo extra apagado en la mano, el que había sacado primero, saqué de nuevo el paquete y lo guardé. Todo con las manos temblando. Todo con la entrada maravillosa guardada en lugar seguro. Escalera 17. Fila 2. Asiento 1. No os podéis imaginar qué cerca están esas palabras y esos números de Martin Scorsese.)

Es potente ese principio con Radio Nowhere, funciona bien. Tal vez no sea una gran canción, aunque yo la adoro. Y funciona. Intento encontrar un mundo con algo de alma, intento establecer una conexión contigo.

(Unas cervezas antes del concierto. Todos tenemos entradas de grada, no tenemos que hacer cola. Lista de canciones que queremos escuchar. Estos dos chicos tienen las suyas. No surrender les une por alguna oscura razón. La canción de su complicidad.)

No reconozco los acordes de la segunda camción al momento. Pero después sí. Arranca No surrender y yo pienso en ellos y en la mirada que se cruzaron cuando la desearon juntos. Y veo que esta noche va a ser una noche de cumplir sueños. No nos rendimos, estamos aquí, cantando, gritando, jurando que siempre recordaremos, porque aprendimos más en una canción de tres minutos que en todo el tiempo que pasamos en el instituto.

Y ¿qué hay de mi deseo? Bueno, mi deseo era que se cumplieran los tuyos, pero también tenía una canción que quería oír. Y mi canción empieza a sonar con una batería loca. ¿Es o no es Max Weinberg uno de los mejores baterías de rock del mundo? ¿De verdad importa eso? Es lo que tú sientes que es. Los cambios en la voz del Bruce, los cambios de ritmo, el crescendo salvaje de esta canción pasan por encima de mí como una apisonadora. Cuando la canción enfila el final estoy llorando sin motivo. O por un motivo que está a medio camino entre la emoción y la histeria. El momento ha llegado y yo apenas puedo creerlo. Casi no sé ni si estoy viva, si todo esto está pasando de verdad.

Podría hablar de cada una de las canciones del set list, que es como se llama técnicamente el asunto. Todas las canciones dicen algo, de todas se puede sacar una emoción, todas me van partiendo en trozos por dentro. Nadie conocido a mi lado y no me siento sola, sino feliz, porque puedo vivir esto sin testigos, completamente libre.

Last to die tiene una potencia devastadora. Tunnel of love no sale muy bien pero la guitarra de Nils arregla un poco el desastre. La versión de Reason to believe, una canción tan dura y tan esperanzada, tan llena de fe en las personas, en sus ilusiones y en sus motivos para seguir viviendo, añade ganas de pasarlo bien en las formas, y tiene tanta vida dentro que al final te das cuenta de que tienes que cerrar la boca.

Así que llega Badlands y, después de esa comunión brutal, en que la muchedumbre se mueve al unísono como un animal enardecido, el escenario se queda vacío por un momento. Es la hora de los bises, la hora de cumplir el último deseo, que la multitud pide a coro. Bruce sonríe, I got it, I got it, el deseo será concedido pero hay que esperar. Hace la broma, busca el cartelito, lo recoge, lo muestra a cámara: Thunder road, please! La magia comienza. La puerta se cierra de golpe y el vestido de Mary ondea. Ahí la tienes, amigo. Por fin. Me noquea de tal modo que ni siquiera puedo llorar. Todos los milagros han tenido lugar.

Pero no todos. Al día siguiente vuelve a empezar. Con otra calma. Ya ha habido una primera vez y yo no sé todavía que todas las veces son la primera. Kilómetros hacia el norte.

Y Papá Noel reparte promesas de felicidad por sms. Puede que no se cumplan, pero la mera posibilidad es suficiente.

Tal vez mañana.

27 noviembre 2007

Quizá mañana

Tengo que hablar de todo lo que he vivido este fin de semana. He hecho locuras, he conocido personas maravillosas, he sido escandalosamente feliz, he atesorado momentos que se contarán para siempre entre los mejores de mi vida.

Pero no puede ser hoy y tal vez no pueda ser nunca.

Por ahora, os dejo con el primer párrafo de uno de los libros que me compré el sábado en la Fnac. Se trata de La novia imaginaria, de John Irving. Describe este oficio y, por lo tanto este blog y los demás también.

Este relato es autobiográfico pero os pido por favor que comprendáis que, para cualquier escritor dotado de una buena imaginación, todos los relatos autobiográficos son falsos. La memoria de un narrador es una proveedora de detalles especialmente imperfecta. Un detalle imaginado es siempre mejor que uno recordado. El detalle correcto pocas veces es con exactitud lo sucedido; el detalle más verdadero es lo que podría o debería haber sucedido. La mitad de mi vida es un acto de revisión, y más de la mitad de ese acto se lleva a cabo con pequeños cambios. Ser escritor es un arduo maridaje entre una observación minuciosa y la imaginación, no menos minuciosa, de las realidades que no has tenido ocasión de ver. El resto es el necesario, estricto y asiduo trabajo con el lenguaje, lo cual significa para mí escribir las frases una y otra vez hasta que parezcan tan espontáneas como una buena conversación.

No creo que tarde en volver. Solo tengo que reconstruir mis recuerdos.

16 noviembre 2007

Tiempos raros

Bien, bien, todo bien. Ayer me decía un buen amigo que soy un culo inquieto, que ahí reside mi encanto y yo, bueno, a lo mejor me cago en mi encanto.

Todo bien pero falta algo, siempre falta algo, tengo sed, tengo hambre, me ahogo. Todo bien. El trabajo bien, la vida bien, con salud, gracias, sin problemas, no pasa nada si un mes tardan en pagarme porque tengo dinero, las cosas más o menos salen como quiero, bueno, es cierto, me enrollo con un casi desconocido y de repente me ama y parece que quiere casarse conmigo, en el fondo es un halago, joder, no sé de qué me quejo, pero.

Hago kilómetros y kilómetros. Juraría que fue ayer cuando le cambié el aceite al coche y me faltan mil kilómetros para volver a cambiárselo, no importa, tengo dinero, tengo tiempo, no pasa nada. Me llaman para una entrevista de trabajo en la tele de los curas y tengo que ir y hacerla, y como no me interesa nada probablemente me ofrecerán un puesto estupendo, la ironía es que si no lo hacen me va a sentar fatal.

El miércoles dejé pasar la tarde esperando que llegara la hora del concierto. Tenía tantas ganas de ir. Cené y esperé, y cuando llegó la hora, salí de casa. Con una sensación de nervios y un nudo en la boca del estómago, como si hubiera quedado con el chico que me gusta, que, de hecho y dicho sea de paso, no existe. No existe el hombre que me haga un nudo en la boca del estómago cuando voy a verle. Mi amiga E, que es optimista, dice que "aún no ha llegado". Honestamente, hace tiempo que no lo espero. En fin. Esa misma sensación por dos guitarras y un contrabajo. Y la voz. Hacía tiempo que no me acariciaban con la voz. No quiero que suene erótico, pero es esa forma de cantar, como desde el fondo de la garganta, que casi nadie tiene, que me pone los pelos de punta, que es como una caricia.

Cuando salí de casa me sentía rara. Quién hace todos esos kilómetros para ver un concierto tonto, un grupo del que no has escuchado nada, de otro que solo te dejó una especie de cosquilla en algún sitio. Vas sola a una ciudad que no conoces demasiado, te metes en un bar lleno de gente y ya no te sientes tan rara, o sí, pero es lo de siempre, rara como siempre, rara como todo el mundo, lo normal.

Te sientas por allí y un señor muy castizo, muy chulo, madrileño y tanguero, qué peligro de combinación, que mira el culo a las rubias que pasan al baño, canta en un tango unas palabras que te hacen encoger las tripas otra vez: "si yo tuviera corazón, el corazón que di, si yo pudiera como ayer querer sin presentir, es posible que tus ojos, que me gritan su cariño, los cerrara con mis besos". Querer sin presentir. Ja.

Cuando salí de casa me sentía un poco loca. En muchos sitios del mundo la gente se va un miércoles a las once a un concierto a 50 kilómetros de casa, pero en mi mundo, no. En mi mundo las chicas no van solas a conciertos.

Pero después vino la música y me olvidé de eso, y de todo. Primero los tangos, en mi vida he escuchado tangos, ni siquiera conozco títulos de tangos, y llegan y te hacen eso, llega un momento en que te dices "si sigue así voy a echarme a llorar". Y después lo otro, el swing, el jazz, las guitarras y la voz, la diversión, esa sensación de jodida y plena felicidad, como un deseo de que no se acabe nunca, de que el momento se alargue hasta el infinito.

Cuando volví a casa me sentía bien. Viva, supongo. Era demasiado tarde y sabía que iba a arrastrar el sueño toda la semana, pero ¿para qué estamos? ¿Para dormir y comer todos los días a la misma hora, repitiendo ritmos, dejándonos morir despacio?


(A ver si reconocéis la versión...)

10 noviembre 2007

Jo, cómo mola…

Los viernes hay concierto en el Baranda. Unas veces es hardcore del pueblo de al lado, otras veces es música folclórica, otras veces rocanrolito más o menos humilde, estamos a la espera de un pop bastante bien hecho, por lo que dicen. Para entendernos, normalmente no se sabe en qué idioma cantan.

El público del Baranda es difícil. Hablan mientras suena la música (y más alto cuanto más alta suene la música, de hecho, no vaya a ser que no se les oiga). Tardan varios segundos en empezar a aplaudir después de que terminan las canciones. Son capaces de acabar con la confianza de cualquiera que tenga los huevos de subirse a ese escenario. Hace un mes estuvo Josele Santiago, al que le sentó fatal estar oyendo las conversaciones del público de la primera fila mientras cantaba prácticamente a solas con su guitarra y su compañero (Pablo Novoa), pero que ni con broncas ni con malos gestos consiguió acallarlas.

Pero nosotras vamos todos los viernes, toque quien toque, porque de esto no hay aquí, un poco en la línea de lo que comentaba el otro día sobre la versión original. ¿Hay? Pues vas. Vas y escuchas e intentas hacer ver al respetable por qué se llama respetable. Atiendes, escuchas, aplaudes, hagan lo que hagan los que están allí arriba peleándose con los micros y con la indiferencia de la mayoría de los de abajo.

Y anoche tuvimos un pequeño lujo. Un grupo de Alicante llamado Aguardiente Swing Quartet. Esta vez sí que había música bien hecha. No lo digo por desmerecer. Un contrabajo y tres guitarras (o dos guitarras y una voz muy bien modulada) tocando ritmos swing, jazz y gipsy jazz. Haciéndolo bien. Una buena voz llevándonos a los años 30 y 40, a los ritmos iniciales, a la base de la música que me gusta a mí. O lo que debe de ser la base, intuyo, que yo de esto no entiendo mucho.

Mi amiga me dijo "¡Se entiende mejor a este cantando en inglés que al de la semana pasada cantando en gallego!" Insisto, pa entendernos.

No es la música que más escucho en casa o en el coche. Pero creo que es la música que más disfruto en directo. No sé por qué, es una música que ha nacido para estos locales oscuros y llenos de humo. Ahí cuando no puedes evitar mover la cabeza y dar palmas, mover los pies o las rodillas al compás de esa música tan rítmica y tan bien hecha. Estos chicos eran aplaudidos sin compás de espera, lo que ya es un triunfo en el Baranda, aunque ellos no lo sepan ni estén en condiciones de valorarlo. Incluso los moscardones molestos, los que gritaban para hacer oír sus voces por encima de unas guitarras (acústicas) que se esforzaban en ignorarles, se fueron transcurrida poco más de la mitad del concierto y nos dejaron a los que sí lo estábamos pasando bien, bien de verdad, bien por primera vez (o segunda, en realidad) que nos dedicáramos a disfrutar de una cosa bien hecha. Bien hecha y con cariño.

Son admirables este tipo de músicos. Gente que sabe que nunca se hará famosa, que jamás será número uno en las listas de la radio fórmula. Gente que se echa su guitarra al maletero y se hace mil kilómetros para hacer diez días de gira por pueblos donde no saben si tocarán en la sala de plenos del ayuntamiento, en el aula de cultura o en un bar punky. Donde no saben si la gente que va a escucharles sabe lo que es el swing, donde la gente va a gritarles "¡tocad una de los rolin!" Y quieren vivir de esto, y viven por dentro, porque te cuentan una anécdota que les pasó con un niño gitano en una jam session en Francia, y les brillan los ojos cuando te dicen que ha venido alguien a felicitarles y te cuentan que dentro de tres días tocan con Malevaje y que siempre funciona muy bien y que creen que merece la pena verlo.

Así que con Malevaje. La verdad es que voy a ir, aunque tengo que hacer unos kilómetros, y esta vez (¡qué cutre!) voy a llevar en el bolsillo el suficiente dinero para comprarles el disco. Porque aunque esta es una música para directo, me he quedado con ganas de más.

Abrieron con esto:

08 noviembre 2007

Versión original subtitulada

Este miércoles y los dos próximos se produce un pequeño milagro en (iba a decir "mi ciudad" pero es demasiado nombre) el sitio donde vivo. Un cineclub (sí! todavía existen) y el único multicine que queda se han aliado y han decidido poner tres películas europeas en versión original.

La cuestión es la siguiente: a modo de ocasión casi irrepetible se me presenta la oportunidad de ver una película en versión original subtitulada en una pantalla enorme, en una sala a oscuras, con todo el ritual que implica ir al cine a ver una peli (y que en mi caso no incluye ni palomitas ni vaso de plástico con cocacola, al menos cuando voy sola y hago lo que quiero).

¿Qué peli? ¿Qué coño importa? Hay que verla.

Bueno, era 2 días en París, de Julie Delpy. Sí, no es gran cosa, pero tiene una de las virtudes que me gustan, esto es, es pequeña y no muy pretenciosa. Empieza con muchas trazas de humor y se va deslizando hasta la casi tragedia. Trata de una pareja de más o menos mi edad con todas las características que tiene una pareja que lleva dos años junta; esas características que son los motivos por los que yo no quiero tener pareja (mayormente). Pasan un par de días en París, de donde ella es oriunda, y atraviesan una pequeña crisis, supongo que propia de los dos años de relación, en la que tienen que enfrentarse a lo que el otro es y decidir si lo aceptan o lo rechazan.

Trata, en suma, de cómo y por qué nos conformamos. Y es bonita, está bien contada y lo comprendes. Que se conformen, comprendes, aunque no estés muy de acuerdo, o aunque lo comprendas con la cabeza pero no con el corazón. De algún modo te dice "bueno, en un momento determinado ves claro que va a ser así siempre y decides que ha llegado la ocasión de no salir corriendo".

No sé. He salido del cine con la sensación de haberme llevado una hostia en la cara, así, con la mano abierta. Con una especie de voz que me decía, "K, eso no es para ti; confórmate con saberlo".

Creo que me da igual.

Hoy he leído letreros en el cine. No recuerdo los años que han pasado desde que hacer algo así era normal.

Realmente, ¿qué más quiero?

04 noviembre 2007

Antonia, Marleen Gorris

Es una película que habla sobre el paso del tiempo. Sobre el amor, la pasión, el dolor, los sueños, las realidades, la vida y la muerte.

Que no se complica demasiado para dividir el mundo en cosas que están bien y cosas que no, que tal vez separa con una brocha gorda a los buenos de los malos, pero que sin embargo juzga poco.

Una película de personajes completos, vivos, que comparten contigo sus miradas, sus anhelos, sus penas, sus miedos, sus risas.

Es una película que habla de mujeres desde las mujeres, pero para todos, en la que los hombres son buenos y necesarios, guías y apoyos, referencias.

Me gustaría no hacer mucha poesía sobre esta película, pero es una película hecha de poesía, si es que el cine narrativo puede ser alguna vez poético. Cuenta una historia con un principio, un medio y un final.

Tiene personajes amargos, dulces, tiernos, patéticos, conmovedores, entrañables, admirables, enteros, rotos, fuertes, resistentes, constructivos, cómicos, trágicos, absurdos.

Juega en los límites que separan la realidad de los sueños.

Tiene una fotografía espectacular de una zona rural que podría ser mi pueblo, o el tuyo.

Bueno, es una película que me ha hecho llorar varias veces. Y que jamás me ha puesto triste. Tal vez porque cuenta el pasado y ayuda a conformar el futuro.

Tal vez porque trata los temas que trata sin miedo, sin guantes, y los acaricia con cariño pero sin pudor.

Yo no puedo evitarlo. Soy una chica fácil. Me gusta el cine fácil. El cine que me mira a los ojos y me cuenta historias sin faltas de ortografía, con inocencia, con candidez, que me dice en la misma frase que la vida puede ser la hostia aunque en realidad es una mierda casi siempre y muy poca cosa a la postre.

La ponen hoy, en la 2, a las nueve y media. Espero que a esa hora no tengáis mucho más que hacer. Sirve para conocerme mejor.

03 noviembre 2007

Sueño

Soñé que paseaba por un extraño bosque de pinos en medio de una llanura desierta. Antes que nosotros, que íbamos de la mano como si estuviéramos enamorados, había pasado un perro enorme que había dejado dibujadas las huellas de sus zarpas gigantes en la arena. Tú tenías miedo y yo me reía. Eran pisadas de perro bueno.

El viento era suave y el sol calentaba, las palabras fluían y se creaba alrededor una sensación de magia, de cosa inverosímil, de milagro irrepetible, tal vez.

A veces merece la pena desactivar la realidad, dormir un rato, para poder soñar cosas así.

31 octubre 2007

Steinbeck y las dos formas de ver el cine

Yo fui una vez a ver una película y como si saliera yo y más que yo; y mi vida y más que mi vida, todo como más grande.

Bueno, yo tengo bastantes penas. Me gusta olvidarme de ellas.

Claro. Siempre que te lo puedas creer.


De Las uvas de la ira.

30 octubre 2007

No puente

El jueves es fiesta. Bueno, no es fiesta pero es un día no lectivo.

Me parece curioso cómo el día de los muertos es considerado un día de fiesta. Me hace recordar la bronca que nos echó la madre de una amiga mía a ella y a mí hace muchos años porque le pedimos que la dejara ir a la discoteca el miércoles o el jueves santo. "Cristo muriendo en la cruz", le dijo, "y tú quieres ir a la discoteca". Menos mal que el parecido de esta santa mujer con la madre de Carrie acaba aquí.

En fin. El caso es que no hay que trabajar. Me levanté el lunes pensando en el puente y hoy me he enterado de que no nos han dado el viernes. No es grave, en el sentido de que los días de puente son regalos que no te mereces, te caen como bienes inesperados, y si son esperados (volvemos a lo mismo), es por un exceso de optimismo del que nadie es culpable. Pero jode porque los alumnos ya han notificado que no piensan aparecer.

De modo que a las nueve de la mañana estaré firmando para dejar que pasen cuatro horas (y tengo suerte, solo son cuatro) sin hacer nada. Estoy cabreadísima con el mundo. Se me ocurre putear a los alumnos, obligarles a venir o algo así, chantajearles o amenazarles con graves consecuencias, pero total para qué. Que disfruten, ellos que pueden. Yo qué sé.

Bueno. Esta chuminada por escribir algo y para que veáis que no solo vosotros os quejáis de vicio. Que puestos a lloriquear cualquier excusa es buena. Menudo día llevo.

La música te reconcilia con el mundo. Os dejo una canción de Tom Waits de su último disco, Orphans. Se titula Long way home.



Long way home

Well I stumbled in the darkness
I'm lost and alone
Though I said I'd go before us
And show the way back home
There a light up ahead
I can't hold onto her arm
Forgive me pretty baby but I always take the long way home

Money's just something you throw
Off the back of a train
Got a head full of lightning
A hat full of rain
And I know that I said
I'd never do it again
I love you pretty baby but I always take the long way home

I put food on the table
And roof overhead
But I'd trade it all tomorrow
For the highway instead
Watch your back if I should tell you
Love's the only thing I've ever known
One thing for sure pretty baby I always take the long way home

You know I love you baby
More than the whole wide world
You are my woman
I know you are my pearl
Let's go out past the party lights
Where we can finally be alone
Come with me and we can take the long way home
Come with me, together we can take the long way home
Come with me, together we can take the long way home.

El camino largo a casa

Bueno, tropecé en la oscuridad
Estoy perdido y solo
Creo que dije que iría delante de nosotros
Y mostraría el camino a casa
Hay una luz ahí adelante
No puedo apoyarme en su brazo
Perdóname, preciosa, pero siempre cojo el camino largo a casa.

El dinero es solo algo que extravías
de la parte trasera de un tren.
Tengo una cabeza llena de relámpagos
un sombrero lleno de lluvia
Y sé que dije
que nunca lo haría otra vez
Y te quiero, preciosa, pero siempre cojo el camino largo a casa.

Pongo comida en la mesa
y un techo sobre la cabeza
Pero cambiaría todo eso mañana
por la autopista.
Vigila tu espalda si te dijera
que el amor es lo único que he conocido nunca
Una cosa es segura, preciosa, siempre cojo el camino largo a casa.

Sabes que te quiero, nena
más que al mundo entero
Eres mi mujer
Sabes que eres mi perla
Salgamos, pasando las luces de la fiesta
donde por fin podremos estar solos.
Ven conmigo y podremos coger el camino largo a casa.
Ven conmigo, juntos podemos coger el camino largo a casa.
Ven conmigo, juntos podemos coger el camino largo a casa.

(Ehem. La traducción es mía así que si algún entendido sabe hacer algo mejor que una traducción literal con licencias en los tiempos verbales y tiene tiempo y ganas, pues eso.)

29 octubre 2007

Pérdidas

Unas señoras charlando en una terraza.

Hablan de dietas y una de ellas comenta, "Ah, pues hace un par de meses hice la de (no sé qué)."

Así que le pregunta su amiga: "Aah, y ¿qué tal? ¿Cuánto perdiste?"

La señora la mira y contesta: "Quince días."

27 octubre 2007

Me gusta que los planes salgan bien

Creo que de este tema he hablado mil veces.

Por lo general procuro no hacerme muchas ilusiones con los planes que hago, intento mantener a raya las expectativas. He aprendido a no esperar demasiado de las personas o de las situaciones posibles, sobre todo porque odio culparlas de decepcionarme cuando, si alguien tiene la culpa de una situación así, es el que se inventa un futuro y después se enfada con la vida, o con el otro, porque esa invención no se cumple.

(Odio ese concepto judeocristiano, la culpa, si algún día tuviera un hijo intentaría educarlo sin la menor mención a él...)

Pero a veces las cosas, sencillamente, salen bien. Se ajustan como un traje a medida a lo planeado, a lo esperado. A ese mapa mental optimista y luminoso que te haces aunque siempre lo remates con el cuervo negro de la frase "... pero también puede ocurrir todo lo contrario".

Hace unos años en televisión se emitió un anuncio en la tele. Era de un coche. El eslógan en español decía: "a veces el mundo se pone de acuerdo".





Y una canción de Fito que he escuchado este fin de semana y que hoy me dice muchas cosas.


(Algo, lo que me invade, todo viene de dentro. Nunca lo que me sacie, siempre quiero, lobo hambriento. Todo me queda grande para no estar contigo. ¿Sabes? Quisiera darte siempre un poco más de lo que te pido. Sabes que soñaré, si no estás, que me despierto contigo. Sabes que quiero más, no sé vivir sólo con cinco sentidos. Este mar cada vez guarda más barcos hundidos.

Tú eres aire, yo papel, donde vayas, yo me iré. Si me quedo a oscuras, luz de la locura, ven y alúmbrame. Alguien dijo alguna vez "por la boca vive el pez" y yo lo estoy diciendo, te lo estoy diciendo otra vez.

Dime, ¿por qué preguntas cuánto te he echao de menos? Si en cada canción que escribo, corazón, eres tú el acento. No quiero estrella errante, no quiero ver la aurora. Quiero mirar tus ojos del color de la cocacola. Sabes que soñaré, si no estás, que me despierto contigo. Sabes que quiero más, no sé vivir sólo con cinco sentidos. Este mar cada vez guarda más barcos hundidos.

¿No estás conmigo siempre que te canto? ¿No hago canciones para estar contigo? Porque escribo igual que sangro. Porque sangro todo lo que escribo. Me he dado cuenta cada vez que canto que si no canto no sé lo que digo. La pena está bailando con el llanto y cuando quiera bailará conmigo. La vida eterna solo dura un rato, que es lo que tengo para estar contigo, para decirte lo que nunca canto, para cantarte lo que nunca digo.)