Hoy me voy a poner un poco poética. No mucho, no corras. Solo es que a veces parece que no hay mejor manera de definirte que enseñando lo que tus ojos ven, los lugares o los objetos que te hacen sentirte tú. Se siente como si eso, y no otra cosa, fuera la mejor descripción de ti.
Esto es la tormenta vista de lejos. A veces te sientes así, en posición de ver cómo la lluvia cae sobre los demás mientras tú disfrutas de cosas como:
... nubes blancas de algodón que brillan como si el mundo estuviera recién pintado.
La carretera te lleva a cualquier parte ( These two lanes will take us anywhere, digo).
Bueno, siempre nos quedará el río (... and into the river we'd dive).
Treme es una serie. Creada por David Simon, el responsable de The Wire, está ambientada en Nueva Orleans tres meses después del paso devastador del huracán Katrina, es decir, en una ciudad destrozada y humillada, pero extremadamente viva, llena de ganas de salir adelante y, sobre todo, llena de música. He visto cuatro episodios y ya no quiero que acabe. Menos mal que después de la emisón del primero, HBO autorizó la segunda temporada.
Nada en esta seria y sincera obra audiovisual es escapismo. En ningún momento busca contemporizar. No es complaciente. Los personajes son sinceros, cáusticos y groseros en sus críticas. Se nos expone una verdad: cómo el sueño americano a veces es una puta mierda. Y sin embargo se las apaña para ser puro entretenimiento.
Nada de lo que pueda decir yo va a servir para nada. Es mejor la imagen, el sonido, el ambiente y el espíritu de Nueva Orleans a través de la pantalla. Sé que a veces (o sea, siempre) son un coñazo estos post llenos de youtubes, pero esto es un favor personal que pido a mis siete lectores: si tenéis unos minutos, dedicádselos. Yo creo de verdad que merece la pena.
Primero, John Goodman. Su personaje, Creighton Bernette, indignado por lo que está pasando en su ciudad, se convierte en uno de los primeros usuarios de Youtube. Sus sapos y culebras no tienen desperdicio. Es versión original, no he encontrado subtítulos, pero os pongo debajo la traducción de lo que dice:
"El Mardi Gras post-Katrina estimula un nuevo debate".
Ay los hijos de puta...
Hola, ¿Youtube? Soy Creighton Bernette, de Nueva Orleans. Sí, aún estamos aquí... Solo quiero deciros algo a todos los que estáis intentando decidir qué hacer con nuestra ciudad. ¡Chupádmela! Decís: "¿por qué reconstruirla?" Yo digo: "¡Que os jodan!" Reconstruisteis Chicago después del incendio; reconstruisteis San Francisco después del terremoto. Dejadme deciros algo: cualquier puta cosa buena que haya en Chicago ha venido de cualquier otro sitio; y San Francisco es un sumidero sobrevalorado con colinas. Para Houston y Atlanta: puedo decir... lamedme los huevos peludos. Os llevasteis a miles de nuestra gente pero, ¿sabéis qué?, todavía sois una mierda. Tenemos nosotros más cultura en un barrio que vosotros en todas vuestras patéticas zonas residenciales juntas. Para Nueva York: que os jodan también. Os ataca un puñado de putos fundamentalistas jilipollas... ¡y el dinero federal os llueve como pétalos de rosa! ¡Toda nuestra puta costa fue destruida y todavía estamos esperando a que a alguien le importe una puta hostia! Pero queréis dar por perdida Nueva Orleans. Cancelar el Carnaval. Dejadme deciros algo: el Martes 28 de Febrero, dondequiera que cojones estéis todos, será solo otro gris, deprimente, patético y jodido martes. Pero aquí abajo... será Mardi Gras. FUCK YOU, YOU FUCKING FUCKS!
Sin palabras.
Después, Antoine Batiste, trombón sin trabajo que vive a salto de mata (interpretado por Wendell Pierce, si habéis visto The Wire os sonará su cara): la presentación simultánea de un personaje y la ciudad a la que pertenece. Y la primera música. Play for that money, boys! Play for the motherfucking money!"
Y, por último, la espectacular cabecera. Los americanos sí saben hacer arte de sus miserias:
(¿A alguien más le recuerdan las primeras notas a la mítica cabecera de Doctor en Alaska?)
Hay más personajes, y de todos se podría (se debería) decir algo, porque es una serie coral donde la protagonista, por encima de todas las cosas, es la ciudad, personalizada en sus habitantes. Me ha recordado el chiste de Jon Stewart sobre la música de Bruce Springsteen (cito de memoria): "escuchándole dejas de ser un perdedor: te conviertes en el personaje de un poema épico... sobre perdedores".
Aunque no. La protagonista, por encima de todas las cosas, es la música.
No sabía cómo, le parecía que había una extraña armonía en el hecho de empezar unos cereales nuevos, unos que iban a tener un sabor completamente distinto, el día de la emisión del últmo episodio de Lost, como si de alguna manera ese hecho reforzara el otro, el de que empezaba una nueva vida, una vida sin la espera del siguiente episodio o la siguiente temporada.
―Exageras ― se dijo.
"Lo sé", pensó en respuesta. "Ni que importara". Lo sentía así, como si hace unos años hubiera entrado en un período especial que acababa ese lunes, a las 6.30 de la mañana, con la emisión de ese capítulo final.
Tal vez era porque con el principio de Lost había empezado su nueva vida. Recordaba cómo había empezado a ver la serie, en el ordenador portátil, en la habitación prestada por un amigo el año que llegó. Sintiéndose demoledoramente sola. Asustada y sobrecogida por los nuevos retos. Aterrizada por error en un mundo desconocido. Sin nadie que viniera a rescatarla. Así que estos dos comienzos caminaban irremediablemente de la mano.
Lost había sido su compañía, su referencia, el ancla para no sentirse tan aislada. Y al mismo tiempo el elemento diferenciador, un factor más que la hacía sentirse "especial". Y ahora, en pocas horas, acababa. Y la dejaba un poco huérfana, un poco sola otra vez, la dejaba enfrentada al resto de su vida.
―Qué tontería ― se dijo.
Pero, de alguna manera, así era. Sabía que nunca más volvería la inocencia de dejarse enganchar así, de enamorarse de esa forma de un grupo de personajes de ficción. Eso ya había ocurrido y jamás volvería a ocurrir por primera vez. Es tan importante, pensaba, disfrutar convenientemente de las primeras veces. "Se nos escapa tan a menudo la conciencia de lo irrepetible".
El día llegó. Puso el despertador, se levantó y desayunó los nuevos cereales sin darse cuenta de que, después de todo, no tenían un sabor tan diferente. Se colocó delante de la tele y se acordó de sacar una foto, para inmortalizar un momento que sabía importante. Que era importante porque ella así lo había decidido.
Vio el episodio en una nube de irrealidad, provocada, lo sabía, por el hecho de haber dormido tan poco. Por un error de cálculo vio el final pensando que todavía quedaba al menos media hora más. Cuando acabó, simplemente no parecía cierto. Había acabado.
Por la noche, después de pasar el día olvidando progresivamente esa absurda sensación de desamparo, decidió ver una película. Eligió bien: The Purple Rose of Cairo, de Woody Allen, que le contó cómo podía ocurrir que la ficción fuera preferible a la propia vida en ocasiones, el mejor lugar al que mirar. Y que era hermoso enamorarse de personajes de la pantalla porque ellos constituían todo lo que las personas soñaban. Eran bidimensionalmente perfectos.
La ficción se convirtió en ese lugar donde se podía de verdad creer que la muerte no existía, que no era el final. Y comprendió que en eso consistía la felicidad de las historias inventadas: eran el refugio de las personas sin fe.
El vídeo a continuación es el último episodio de Lost Untangled, titulado The End y contiene spoilers. Os recomiendo toda la serie Untangled para reíros un rato, de vosotros mismos y en general (y me refiero tanto a los "losties" como a los "no losties"). Muy divertido.
Solamente la canción, con subtítulos en español y muy mala calidad de imagen:
Con diferencia lo más interesante de Lost: como la vida misma, seguimos sin saber dónde colocar el Bien y el Mal absolutos. Si es que de verdad existen.
La ambigüedad es tal que en ningún momento podemos poner la mano en el fuego por ninguno de los bandos. El que gane escribirá la historia.
Nadie está libre de pecado. Nadie tiene de su parte la Verdad ni la Razón. Todos engañan, manipulan, matan. Todos mienten. Todos creen en su objetivo. Todos podrían estar juntos en el mismo lado.
"Para elegir un bando tienes que considerar los dos."
De forma discontinua pero recurrente he estado sola los últimos años de mi vida. Es decir, soltera. En general estoy bien así. Solo de vez en cuando echo de menos realmente la compañía de otra persona y a veces (esto tal vez algo más a menudo) echo de menos el sexo (con otro). Pero no tanto como para desear cambiar de estado. Me gustan muchas cosas del hecho de estar sola y, al llevar tantos años, cada vez me estoy haciendo más maniática, adicta a mis parcelas de libertad, a mis costumbres misántropas, a mi total y absoluta independencia y a dormir y desayunar sin que me den el coñazo. Dicen que esto es normal, no sé si lo es o no, pero desde luego a mí me está pasando. Cada vez deseo menos, qué triste, encontrar eso que llaman amor.
El caso es que la sociedad tiende a pensar que si estás sola quieres dejar de estarlo (como primer objetivo en la vida). En muchas ocasiones me he encontrado en situaciones absurdas con personas que parecen creer que quieres cosas que en realidad no saben si quieres. Cosas que, de hecho, no quieres para nada. No das ninguna señal de quererlas (o esa es tu intención). Pero da igual. Hablas de un tipo que acabas de conocer en el grupo de amigos tomando una caña y comentas sobre él cualquier inocente cosa y alguien te responde: "Sí, su mujer también es majísima". Por si no sabías que tenía una mujer. No sea que se te hubiera ocurrido planteártelo como objetivo.
Esto estropea muchas posibles buenas amistades. Hay hombres que parecen pensar que si eres amable y sonríes, es que quieres algo más. Aunque sea de forma sutil, incluso sutilísima, te dejan caer frases que no hay más remedio (paranoica también me estoy haciendo) que interpretar como señales de que no están disponibles. Una referencia de refilón a la novia, a la suegra o al perro. Un comentario inoportuno sobre que no es un buen momento "para hablar". No vaya a ser. A mí a veces me dan ganas de decir directamente: "mira, me caes bien pero no me interesas nada de nada; baja de la puta parra".
No se puede hacer eso porque vivimos en una sociedad civilizada y el otro pondría cara de (y diría) "¡yo jamás he pensado nada parecido!". Ya. Los cojones. Y mientras no lo aclaras (y no lo aclaras jamás), la sombra de "qué estará pensando que quiero" planea como un cuervo sobre cada frase que intercambias.
Tal vez la solución sería inventarme un novio. Calzarme para diario la alianza que me regaló mi primera (y nunca bastante olvidada) pareja-para-toda-la-vida y ver qué tal así. Tengo la sensación de que solo de esa manera dejaría de sentirme como una amenaza latente para los demás.
Después está la parte en que yo pienso lo mismo del 80% de tíos solteros que conozco. A poco que te dicen un día "qué tal si tomamos una caña", saltan todas las alarmas y empiezas a hacer planes de huida. Ay, dios, espero que de verdad solo sea una caña, como quiera algo conmigo me da un mal. Socorro. Y tú misma le pones cortapisas a esas amistades que podrían ser y no llegan a nada porque no dices desde el principio ese consabido, "vale, pero que sepas que no quiero tener novio" que haría que parecieras una amargada y una gilipollas.
Una caña en una terraza (mejor con buena compañía):
Saber que hay cosas así para mirar (además del arte románico):
Esto último no me lo tengáis en cuenta. Es primavera. Y soy del Madrid (aunque me pese). Y lo mejor de tener un blog es usarlo para confesar cosas inconfesables.
Maybe if I try to write (como decía la canción… I’m sick of sitting here try to write this book).
Leo a Cielo Vacío. Su relato sobre un coche, sobre irse, con un final un poco inquietante. Me siento identificada con el principio del cuento, con cierta parte del espíritu del cuento, tal vez porque hoy mismo he sentido algo parecido escuchando esta vieja canción mientras conducía hacia aquí (qué videoclip tan malo, por cierto):
Pero en mi caso el “irse” no tiene nada de metafórico. Me muero por irme. Estoy en ese coche y quiero largarme de aquí, poner tierra de por medio, dejarlo todo atrás, todas esas expresiones de película, tópicas y manidas, que siempre he sentido que me reflejaban tanto.
Cuando era niña, creo que esto ya lo he contado por aquí, solía tumbarme en el suelo, en el campo detrás de la casa del pueblo, a mirar el cielo en verano. Justo en ese punto hay un par de rutas regulares de aviones. Cada cierto tiempo, dos o tres veces al día, un pequeño avión metálico atraviesa ese cielo dejando una estela blanca en el fondo azul que tarda un buen rato en desvanecerse. Yo, tumbada allí, en el suelo, sintiéndome diminuta en el ancho espacio y aún más ancho tiempo, deseaba estar en aquellos aviones. Ir dondequiera que fueran. Volar lejos. Fly away.
Hay otra parte de mí que siempre quiere volver. La parte que mandó cuando volví a vivir aquí, la parte que se acuerda de que en ningún lugar estoy más tranquila, equilibrada y controlada que cerca de casa, la familia, mis cosas. Supongo que, como el Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, cuando una mitad manda la otra lucha por recuperar su poder. It makes me feel like half a man. A veces.
El caso es que ayer me compré el billete. El que me va a llevar lejos de aquí por un montón de semanas. El que va a hacer una vez más posible que me acuerde, por encima de las nubes, de aquella niña insatisfecha y aplastada contra el suelo que miraba los aviones y quería volar.
Que ha conseguido (en parte, a veces) ser lo que soñó ser.
Johnny Cash tiene una forma única de hacerte sentir que no estás solo.
I have been a rover I have walked alone Hiked a hundred highways Never found a home Still and all I'm happy The reason is, you see Once in a while, along the way, Love's been good to me.
He sido un trotamundos He andado solo He caminado cien autopistas Nunca he encontrado un hogar Con todo, soy feliz. La razón es, verás, De vez en cuando, en el camino El amor ha sido bueno conmigo.
(Y es que, como siempre, la cuestión es cómo te empeñes en verlo.)
De allí me llevé, resumiendo, románico lombardo, arte sacro, la Última Cena, Egon Schiele y Roy Liechtenstein, sonrisas y palabras, el último disco de Jakob Dylan, The Misfits (se os olvidó decirme que también sale Thelma Ritter), el Inter - Barça y un frasco de paté d'oliva.
Es una buena señal cuando en los viajes camino tanto que me caigo muerta en la cama al llegar la noche. Me duelen tanto los pies, los tobillos, tengo tantas agujetas que me cuestan un triunfo los dos primeros pasos del día.
784 fotos que tendré que cribar hasta quedarme con muchas, muchas menos. Y son pocas y malas. Tomo nota, tengo que aprender a encuadrar, a cambiar la distancia focal (parece que le tengo manía al zoom), a pensar. El dedo loco no sirve absolutamente para nada.
Vuelvo como nueva. El pinchazo en la espalda desapareció nada más llegar allí, sería la mochila, y no ha vuelto. Me siento mucho mejor. Esta va a ser la manera.
(Cuatro mierda de fotos de los dos últimos viajes aquí)
Hay veces que no hay nada que decir. O no puedes elegir solo un tema de entre todos los que dan vueltas en tu cabeza como si fuera una centrifugadora. O no se puede hablar de todo en un blog aunque prácticamente solo lo leas tú.
A veces todos los deseos, todos los anhelos, todas las ansias, se agolpan en la puerta de salida y apenas te dejan respirar. El hambre. De qué.
Y parece que vadeas un río de lodo de cosas que no sabes nombrar. Que no puedes mirar. Quiero todo o nada. Los días pasan y no pasan. Los acontecimientos no se desencadenan.
Veo películas, veo series, leo. Trabajo (poco). Escapo.
He intentado hacer muchas veces una lista mental de mis amantes. Nunca he conseguido terminarla, pero es una buena manera de que me dé el sueño o de terminar pensando en cualquier otra cosa (lo difícil que es que un amigo siga siendo un amigo después, por ejemplo).
No consigo enumerarlos a todos no porque sean tantos (no lo son), sino porque algunos de ellos han sido francamente olvidables.
Nada humano me es ajeno. (Homo sum; nihil humani a me alienum puto, dijo Publio Terencio Africano, para que no os vayáis de aquí sin por lo menos haber leído un latinajo y el nombre de su padre).
Los siete pecados capitales (lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia) no son, en el fondo, más que un compendio no exhaustivo de meras características humanas cuya moralidad va más, si se piensa, en los ojos del que mira. Es decir, se pueden considerar más "debilidades" que pecados. Hace mucho tiempo que tengo otro concepto del pecado. Mucho más benévolo.
La idea, en fin, es luchar contra ellos con las virtudes correspondientes (castidad, templanza, generosidad, diligencia, paciencia, caridad y humildad, respectivamente).
Hace unos días recitábamos en una reunión informal estos pecados y cada uno hacíamos un poco de ejercicio de conciencia sobre cuáles de estos pecados eran propios de nuestro comportamiento. Ahí es donde yo me acordé de la frase de Terencio. A mí me parece que yo hago gala de todos ellos. Unos más que otros, por naturaleza, pero todos sin excepción.
El peor es la ira. Me enfadan las tonterías que veo, las injusticias, la mayor parte de la gente en buena parte de sus circunstancias, las incongruencias, las incoherencias de los demás, mi propia inacción a veces. Después me enfrío otra vez. Me pongo en el lugar del otro, pienso en otra cosa, razono. Pero rara vez exteriorizo esa ira. Pienso, supongo, que los demás no tienen la culpa de esa falta de paciencia o de que a mí me sienten mal las cosas.
Esta tarde, en una visita al fisioterapeuta, a modo de bonus me ha hecho una especie de exploración. Me ha dicho que tengo una tensión particularmente notable en el órgano llamado vesícula. Y que ese órgano tiene que ver con la ira.
La verdad es que me ha dejado bastante sorprendida. Soy de la opinión de que el cuerpo hay que cuidarlo (más o menos). Así que, si me veis dar un grito a destiempo, hacer un comentario fuera de tono, no penséis que soy borde o que tengo mal carácter: procurad ser comprensivos y pensad que estoy cuidando amorosamente mi vesícula.
Para oír bien esta canción hay que despojarse de pensamientos y preocupaciones. Dejar por un momento en suspenso la vida real, el sol y la lluvia, el trabajo, las vacaciones. Apartar a un lado el desasosiego, las expectativas, la frustración, la alegría y la tristeza. La idea de soledad, la inteligencia, el hambre y la sed.
Así, desnudo, cierra los ojos y solo escucha. Deja que la fuerza de la música mande en los músculos y en la sangre.
Esta canción necesita que te pares. Que dejes de hacer lo que coño sea que estés haciendo. Que le des diez minutos de tu vida.
Bajaba hoy las escaleras cargada con una maleta y unas cuantas cosas más cuando se me ocurrió un nuevo cajón para este sitio. Soy mucho de soltarme a mí misma frases lapidarias que analizan o sintetizan situaciones, a veces sin rastro de compasión. De modo que he pensado (si recuerdo o tengo ocasión de apuntarlas) abrir este cajón titulado Simples verdades como puños.
Me estreno con una idea que apuntaba mientras apuntaba la idea, valga la (pronto cuádruple) redundancia:
No quiero ponerme filosófica ni trascendental. Es decir, iba a empezar diciendo algo grandilocuente como "A veces la vida". Y no quiero. Aunque a veces, la vida.
El caso es que hay oportunidades, ¿no? Caminos que se abren (oh, oh) ante ti. Tienes dos opciones (siempre), que son sí o no. Seguir el camino nuevo o desecharlo. Pero hay que ser consciente de algo: todos los caminos que no eliges se van directamente a la cuenta del debe, y de ahí al pozo de las cosas perdidas sin remisión. No hay más ocasiones. Solo quedan el "debería haberlo hecho" o el "qué habría pasado" ahí detrás, volviendo periódicamente a soltarte una colleja.
A mí suelen impedirme tomar esos caminos alternativos o bien motivos poéticos, como el miedo, o bien prosaicos, como el dinero. O ambos de forma conjunta. De repente, decido que "no me apetece tanto", que "es que mira todas las otras cosas que tengo que hacer". Y me quedo observando cómo el plan se diluye en el aire frente a mis ojos, las manos a los costados, y luchando (internamente, pero sin reconocerlo) contra la desolación de no haberme atrevido. Otra vez. Después me siento tan mal, miro atrás y me hago todas esas preguntas. Sobre todo si gané algo en la renuncia. La respuesta suele ser no. El dinero me lo gasto en otra cosa imbécil. El miedo sigue ahí.
No quiero eso para mi vida. Ni me gustan los cobardes ni quiero ser una de ellos. Tengo un proyecto nítidamente dibujado en el aire ante mis ojos. Tengo que tomarlo o dejarlo. No tengo dinero. Tengo miedo.
El otro día, respondiendo racionalmente al ataque de mis amigos, que me llamaban friki por ser fan de Lost, les contesté (creo que ya lo he dicho) que eran ellos y no yo los que estaban fuera del mundo por no haber visto la serie y no haber participado del fenómeno. Que el mundo había cambiado en una parte (si quieres) humilde, y que ellos simplemente se lo habían perdido. Yo estoy segura de que eso es cierto, y por eso, después de decirlo, vi la duda en sus ojos. Vi pasar por sus mentes la idea de que tal vez era cierto. Tal vez se han quedado fuera. Ellos se ríen de mí, pero yo soy quien ha visto Lost, yo soy quien conoce la importancia del número 23. Fingen que no les importa, pero yo sé que les jode.
Pero claro. Este tipo de razonamiento se puede aplicar a todos los objetos que significan en cualquier medida una revolución. Esa misma noche (tal vez la siguiente), pensando no sé por qué en el enésimo link que no pude pinchar por no ser del club, me di cuenta de que, por otra parte, era yo la que no estaba en el mundo. En ese otro mundo que ha sufrido un cambio en los niveles generales de comunicación entre usuarios. Me di cuenta de que estaba enrocada, maniáticamente, en ese absurdo lugar entre el alfil de la cerrazón y la torre de la exclusividad. Me recordé a mí misma a esos cabezotas que tardaron 5 años en comprarse un móvil.
"Muy lentamente y sin darse mucha cuenta, Ignacio Abel se había ido reconciliando con la presencia de los dos niños en el mundo y había descubierto, no sin asombro, que eran la parte más luminosa de su vida. Asistir al crecimiento de sus hijos y encontrar en sí mismo un yacimiento de ternura en el que nunca había reparado le enseñó a Ignacio Abel a desconfiar de la decepción y a permanecer atento y agradecer lo inesperado. La decepción podía ser tan halagadora y tan engañosa como el vano entusiasmo. Lo que la vida real imponía al deseo y al proyecto no eran solo amargas limitaciones: también posibilidades que nadie había anticipado, los dones de lo azaroso y de lo imprevisto. (...) No había plano tan perfecto que permitiera descartar la incertidumbre. Solo la prueba del paso del tiempo y de la acción de los elementos revelaba la belleza de una construcción, ennoblecida por la intemperie y gastada por el tránsito de las vidas humanas igual que el mango de una herramienta o que los peldaños de una escalera. Y si el cumplimiento de lo que había deseado sin esperanza cuando era muy joven le producía un fondo de decepción y desgana que los años agravaban, todo lo mejor que tenía era la consecuencia de lo inesperado."
Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos (Seix Barral, 2009)
Este texto me habla de la conveniencia de mirar lo bueno de las cosas. Para esto, se impone como primera condición mantener bajo control en la medida de lo posible los deseos y las expectativas con respecto a personas y circunstancias. A partir de cierta edad, se hace imperativo luchar contra el miedo al cambio, tratar de comprender las ventajas de la pérdida de control sobre los acontecimientos de la vida que nos afectan o pueden afectarnos. Debemos comprender cómo lo inesperado, lo no planeado o lo imprevisto nos aportan en muchas ocasiones (¿casi siempre?) las mejores oportunidades de adaptación, de crecimiento y de aprendizaje. Por lo tanto, el esfuerzo se debe centrar en dejar paso a la espontaneidad.
Según escribo esto me doy cuenta de que hay (no tan) sutiles contradicciones en el fondo: ¿cómo te puedes "esforzar" en ser "espontáneo"? Y es que parece que a medida que nos hacemos mayores vamos perdiendo la flexibilidad para adaptarnos a las novedades y va aumentando nuestro miedo a lo inesperado, al cambio de tendencia, a la pérdida de los elementos que consideramos "seguros" en nuestras vidas, que nos proporcionan tranquilidad y estabilidad. Y nos vemos obligados, si queremos seguir siendo 'jóvenes', a hacer ese esfuerzo para liberarnos de nuestras rigideces. Para evitar que la parálisis nos invada.
Hace un par de noches y por recomendación de personas muy de fiar vi Up in the Air (Jason Reitman, 2009). Y si bien no es una película que pasará a la historia (desde luego, espero que no ganando un Oscar, aunque hay que reconocerle más méritos narrativos, de planteamiento y de concepto que a la raquítica Avatar), el caso es que plantea alguna idea interesante. Tal vez lo hace un poco demasiado con un tono de libro de autoayuda, lo cual a mis ojos la desmerece, pero plantea, por ejemplo, que un terremoto vital como ser despedido de un empleo que llevas ejerciendo 15 o 20 años puede ser el comienzo de una nueva vida. Por supuesto y contra lo que tiendes a pensar en un primer momento, de una vida mejor. El personaje de George Clooney se tiene que enfrentar a un gran imprevisto, curioso por lo poco habitual, que es (ojo! espoiler) la irrupción del amor en una vida organizada en función de la no existencia de semejante sentimiento. Y esta convulsión de sus estructuras le obligará (probablemente) a aplicarse a sí mismo (y a ver con otro sentido) las frases de vacío consuelo que dedica a las personas que despide en ejercicio de su cruel profesión.
No tenía intención de hablar de esta película, pero la línea de pensamiento me ha llevado a ello sin quererlo. De forma inesperada este texto se ha llenado de contenido, se ha dirigido casi sin mi intervención hacia una reflexión que en principio no pretendía ser tan profunda ni tampoco mezclar dos narraciones a priori tan diferentes como la (hasta ahora magnífica) novela de Muñoz Molina y la película bastante menor de Reitman. Pero disfruto de esta irrupción de lo sorprendente y paro aquí, antes de convertir esto en otro de esos Post Interminables.
Mis alumnos se rieron de mí en la cuarta o quinta clase que tuve con ellos porque siempre (todos los días y en todas las clases) la nombraba y la ponía de ejemplo para algo: la forma espectacular en que los diez primeros minutos del episodio piloto presentan una situación, unos personajes y una línea de expectativas; el uso sabio y dinámico del flash-back; los dilemas en los que se encuentran los personajes; la forma en que las experiencias modelan nuestros comportamientos futuros y hasta nuestro carácter.
Pocas personas de mi círculo la siguen. Si la nombro entre mis conocidos, mis amigos o mi familia, todavía me miran como siempre, como si fuera un poco rara. Pero esta serie es más que una serie. Estamos ante un fenómeno mundial. Y, para bien o para mal, yo formo parte de este fenómeno.
Porque soy fan. Declarada, rendida e incondicional. Me gusta, la sigo devotamente, he visto varias veces todas las temporadas y tengo varias listas de preguntas, de las que sé que algunas jamás tendrán respuesta. Le perdono los fallos de tramas, de personajes, las incoherencias o las contradicciones. Las a veces cansinas ambigüedades y el exceso de cliffhangers. Emulando a John Locke y para variar, I’m a believer.
Lost nació con un plazo preestablecido de fin. Desde el principio se sabía cuántas temporadas tendría y cuándo exactamente iba a acabar. Se ha dedicado a hacer preguntas y establecer misterios, resolviendo muy pocos. Muchos espectadores esperan con el alma en vilo a que J.J. Abrams y Carlton Cuse, los responsables del invento, se cubran de gloria o se estrellen en el infierno del descalabro argumental.
Varios países del mundo emitieron el primer episodio de la sexta (y última) temporada la noche del 2 de febrero. En un récord de la televisión en España, Fox emitió ese mismo episodio doblado (y en versión original subtitulada) una semana más tarde, el 9 de Febrero, a las 21.30, y Cuatro a continuación, a las 22.15. Esto ya es un hito. El tiempo récord para subtitular y doblar la serie en España es una demostración de que esta serie ha supuesto el inicio de una revolución para la forma de ver televisión.
Lost fue la serie que provocó la avalancha de descargas de series en todo el mundo, amén del subtitulado y la traducción amateurs para un público global. A partir de esta, poco a poco todas las series, americanas y no americanas, y sus subtítulos en todos los idiomas imaginables se fueron progresivamente poniendo a disposición del público del mundo entero.
La audiencia, gracias a la confluencia de televisión e internet, empezó a ver televisión de verdad “a la carta”: en el idioma elegido, en un horario conveniente y la cantidad de veces que quisiera. El público español, desde luego, aprendió a diferenciar entre las diferentes “temporadas” de una serie. A seguirla en orden cronológico. A comprender las series como obras audiovisuales completas, respetables y, desde luego, en muchos casos, con una alta calidad artística, narrativa y dramática.
Esto, sin olvidar las muchas webs (la imprescindible Lostpedia, la divertidísima Post Lost, la más sesuda y genérica Espoiler) que tratan el asunto desde todos los puntos de vista posibles, más los innumerables foros, los blogs temáticos, las teorías (que jamás leo), las recopilaciones de libros, y los miles de sitios que no conozco y que nunca he visto ni veré. Por no dejar de mencionar los juegos online que resultaron ser un éxito (también internacional).
Ya lo he dicho: esta serie es mucho más que una serie, es un fenómeno. Y no lo digo porque sienta que tenga que justificar una pasión (en el momento en que puedes hacer eso, deja de ser una pasión). Ni porque sienta que estoy sola en una afición (ni es la primera vez ni será la última, y esta soledad es más que relativa en cuanto me asomo al mundo a través de una pantalla de ordenador).
Lo digo porque en los cinco años de su desarrollo, he visto cambiar el mundo. De una forma perceptible, tangible, gracias a ella. Y esto es mucho más de lo que muchos eventos culturales mucho más pretenciosos podrán decir jamás.
Para cerrar, la presentación de un personaje. Uno de los momentos más emocionantes de la serie: un hombre solo que salva el mundo cada 108 minutos. Y que, de repente, ya no está solo más.