27 marzo 2008

Jet lag state of mind



Sé lo que es esto: es una sensación que se pasa con el tiempo. Durante unas horas o unos días no piensas en otra cosa. Te lo planteas todo. Las ilusiones conviven con los fantasmas, se podría decir. Casi interesa más lo que está dentro, los recuerdos y las esperanzas, que lo que hay fuera, que te rodea y es tangible y real.

Sigues sin saber qué es lo que quieres en realidad. Go confidently in the direction of your dreams! Live the life you've imagined, dice la taza que compré en la tienda de regalos de la Public Library. Claro, el problema es distinguir los sueños de los espejismos.

Todo lo que has vivido te hace sentir especial de alguna manera, e ignoras por qué, en realidad no has hecho nada que te haga diferente de cualquier otro.

Mientras tanto, hay que seguir haciendo lo de siempre, recuperar la rutina que quedó atrás hace tan solo diez días que sin motivo percibes como un abismo que separa dos eras.

Todo volverá a su sitio poco a poco. El vuelo dura siete horas, pero tú tardas mucho más tiempo en aterrizar. Tal vez siete días. Conoces los síntomas, sabes que se pasa.

5 comentarios:

jafatron dijo...

Acertado el mensaje de la taza. Quizá tengan otra parecida en Sevilla para la gente que llega de Nueva York. Y quizá el secreto esté en acabar nuestros días con una colección completa de tazas de infinitas ciudades. Porque tal vez la magia esté siempre donde no estamos nosotros, muriendo de todas formas con la implacable rutina y solo puede resucitarse en otro lugar.
En fin, como tú dices todo volverá a su sitio poco a poco, pero te quedará una taza para recordarte que durante siete días fue algo más que una taza.

K dijo...

Te tengo aquí abandonado. Supongo que eso que dices es el motivo por el que nos gustan los viajes: revientan las rutinas y nos permiten inventarnos un poco, o pensar que eso que soñamos era posible aunque ni siquiera recordemos qué coño era.

Esa taza, en cualquier caso, siempre será algo más que una taza.

Lula Fortune dijo...

Te he leído con avidez, reconociendo cada rincón y cada sensación de las que hablas. También a mí me parecieron amables los newyorkinos; te hablan, te preguntan si necesitas algo si te ven mirando un plano en el metro. También yo huía de las fonéticas conocidas en un vano intento de no sentirme una turista entre turistas. Y ni un solo día he dejado de pensar en esa ciudad, de querer ser esa ciudad. En ningún otro sitio me he sentido, tan pronto, como si ninca me hubiera ido de allí. He vivido allí siempre, en todas las películas que llenaron mi infancia, en todos los libros que alimentaron mi adolescencia... y ahora sigo leyendo, como una mendiga, las migajas de esa ciudad que personas como tú me traéis hasta aqui.
Una vez más, gracias.

Antígona dijo...

Conozco de sobra ese sentimiento. En mi caso, ese estar en otra parte en mi cabeza y rebelarme contra la realidad cotidiana de mi propia ciudad fue lo que motivó que me rapara la cabeza al uno, ¡para escándalo de toda mi familia, claro! Sólo que era otra época y entonces aún me podía permitir esas rarezas.

Luego la realidad acabará efectivamente imponiéndose, la sensación especial diluyéndose. Pero los recuerdos seguirán ahí, como tu taza, y cada café que te tomes en ella será un pequeño soplo del viento que corría por New York.

Distinguir los sueños de los espejismos... ¡qué gran tema! Tal vez sólo sea posible aventurándose a querer hacerlos realidad, arriesgándose a darse el batacazo de que, a la postre, sólo fueran un espejismo. No se me ocurre, de momento, otra solución.

¡Un beso!

K dijo...

Lula, creo que sé cómo te sientes: como me sentiré yo la próxima vez que cualquiera de vosotros viaje a Nueva York y lo cuente. Gracias a ti.

Por ahora, Antígona, la sensación especial regresa cada vez que afloran los recuerdos, ojalá siga siendo así (aunque si tú dices que no, la aprovecharé un poco más intensamente, por si acaso, que me fío bastante de ti). Esa taza, como otro par de chorradas que me he traído, siempre serán especiales. Incluso lo son la ropa y los zapatos que usé allí. Ya son para siempre "los zapatos de Nueva York" aunque me los comprara en mi pueblo. Hombre, el contacto con una rata del Soho no se olvida fácilmente.

La solución que propones para diferenciar los sueños de los espejismos es la única que se me ocurre a mí también, sí. Otra cosa es que tengamos los arrestos. Yo nunca los he tenido, pero nunca es tarde. Un beso :)