01 febrero 2010

Barton Fink (Joel Coen, Ethan Coen, 1991)

(Spoiler: si no la has visto, no leas a no ser que no te importe que te revele un par de cosas importantes).

Barton Fink es la última película de los Coen que he visto. No es la que más me gusta. Me ha provocado una angustia sin final. Este John Turturro, por Dios. Lo que se puede hacer con una cara peculiar y una inagotable capacidad de transmisión de emociones (sin aparente esfuerzo, sin apenas gesticulación).

Viendo la película me he debatido entre la angustia y la casi incomprensión. Es decir, no entiendo muy bien qué pasa. Entiendo el bloqueo del escritor, su ansiedad por estar haciendo algo que no quiere hacer. Entiendo que no se siente capaz de escribir y que su excusa es que no sabe qué tiene que hacer, qué se espera de él, cuáles son los mecanismos de escritura reglada, las normas del género (de cualquier género). Pero no entiendo por qué muere esa mujer, quién la mata, por qué Barton no se entera hasta mucho rato después de que esa muerte se ha producido.

Tampoco le veo sentido al incendio final, al personaje desquiciado de Charlie Meadows – Karl Mad Man Munt (otra gran interpretación de John Goodman, que me gusta desde Roseanne) avanzando mientras el pasillo estalla en llamas, toda la secuencia produciéndose ante nuestros ojos como si ahí no hubiese un incendio. Me pregunto ¿qué son esas llamas? ¿Están ahí de verdad o son una especie de símbolo, el producto de la mente en desintegración de un personaje (o de los dos)? No le veo explicación. Me ocurre lo mismo con el final, la muchacha de la playa que es la muchacha del cuadro que adorna la pared de la habitación del hotel. ¿Qué hace ahí, qué significa? ¿Qué final es ese? En realidad, no sé cómo acaba. Más angustia.

Pero hay otros momentos que deberían formar parte de la historia del cine y ser ejemplos de cómo se deben hacer las cosas. Me encanta, por ejemplo, en la escena en la que Barton se despierta junto a Audrey, la forma en que mata el mosquito en su hombro sin que ella se despierte ni se mueva y, en lugar de eso, la sangre empieza a manar debajo de su cuerpo, como si esa palmada fuera el verdadero motivo de su muerte (¿la verdad existe por sí misma o se hace real cuando se revela?, ¿existe la verdad sin la conciencia de la verdad?) El mosquito aplastado deja en la espalda de la mujer una incongruente y desproporcionada mancha de sangre que se queda en nada en dos segundos, cuando el resto de la sangre fluye de la herida todavía no vista. Increíble la capacidad visual de los hermanos Coen, su habilidad para la visualización espectacular de las cosas pequeñas (explosiones, helicópteros que atraviesan edificios de cristal, ¿para qué?)

Es curioso cómo los Coen hacen películas sobre apenas nada, no se acaba de vislumbrar cuál es la profundidad en la mayoría sus películas, es decir, parecen por momentos o en conclusión grandes bolsas de humo, pero qué humo más bien hecho y más bien contado, y al final siempre terminas encontrando grandísimas dosis de humanidad en sus personajes y en la manera en que se comportan. En suma, me gusta la trascendencia sin ínfulas de trascendencia que practican.

Barton es un pobre gilipollas: se cree un observador, se sitúa a sí mismo por encima del resto de escritores porque su tema es el hombre común y por encima del hombre común por ser un escritor; desprecia al que estima "mejor novelista americano" porque bebe, pero termina imitando su ejemplo (en un par de ocasiones Audrey le dice "no nos juzgue", porque sabe que lo está haciendo, como casi siempre lo hacemos, sin entender, y también se lo dice: "hace falta comprensión"); pone el grito en el cielo porque considera una amoralidad que este mismo escritor haya dejado que su secretaria y amante le escriba guiones y novelas, y una vez hecho esto pretende utilizarla con la misma intención (pero antes se acuesta con ella). Y, por sobre todas las cosas, y tal como le grita indignado su psicópata amigo, no escucha. Vive por y para sí mismo, detenido en observar su propia existencia, agobiado por sus propios problemas, por su propio dolor, miedo, incapacidad.

Son los Coen autores mordaces y crueles que no perdonan nada, no ocultan un defecto, no engrandecen a sus personajes, no tienen piedad. Y sin embargo dejan que los queramos, dejan que sepamos que son como nosotros, con toda la mezquindad y las pequeñas virtudes, la indefensión, la ternura.

Si hay algo que me gusta de verdad, son los ritmos de sus películas, la manera pausada en la que cuentan las cosas sin que eso signifique aburrirse ni perder el tiempo: el uso de las pausas y los tempos lentos con una finalidad concreta, con sabiduría. En la escena en que Fink llega al hotel, por ejemplo, y toca el timbre de la recepción: el tono emitido por la campanilla se queda resonando en el aire mientras Fink espera a que aparezca el recepcionista. Espera y espera hasta que el personaje interpretado por Steve Buscemi aparece de una trampilla en el suelo con un zapato y un cepillo en la mano y detiene con un dedo el sonido que todavía flota en el ambiente, antes de dirigirse a él. A continuación, Barton entra en en el ascensor, donde hay un hombre sentado en un taburete y mirando al frente, sin moverse ni hablar, como un maniquí. Se queda unos segundos ahí parado. Después pide ir al sexto piso, pero no hay una reacción inmediata del ascensorista. Durante otros cuantos segundos más no ocurre nada (el tiempo justo de preguntarse "¿me habrá oído?"). Después, el hombre se mueve y dice "Próxima parada, seis", mientras cierra las puertas del ascensor, como si volviera de algún lugar muy lejano, como si volviera de la muerte. Perfecta manera de introducir al espectador en la extraña y opresiva atmósfera del Hotel Earle que se completa con la iluminación matizada, polvorienta y ambarina, y con el plano general del interminable pasillo, que se repetirá innumerables veces a partir de ahora, con o sin zapatos en las puertas, como un leit motiv, un estribillo visual, hasta la última visión entre las llamas (reconozco que, aunque narrativamente no tiene ningún sentido para mí, visualmente es poderosa, sobre todo contrastada con la actitud indiferente de los personajes).

También se podría hablar de la manera en que juegan con el sonido. Los sollozos provenientes de la habitación de al lado, que provocan el encuentro entre Barton y Charlie Mad Man y que se repetirán después, cuando el propio Fink llore desconsolado tras la muerte de Audrey y la marcha a Nueva York de Charlie, y que funcionan como signos de puntuación de principio y final del bloqueo creativo de Barton.

Podría seguir escribiendo sobre Barton Fink indefinidamente. Y eso que en la lista de las nueve o diez películas de los Coen que he visto, no está ni de lejos en los primeros lugares de mi gusto (si alguien tiene curiosidad, me quedo sin lugar a dudas con The Big Lebowski, Fargo y No country for old men). Eso es lo que me parece increíble de este dueto. Que, hagan lo que hagan, siempre hay algo genial. Siempre hay horas y horas de reflexión y conversación (o monólogo, en este caso). Siempre hay varios momentos en que me dejan con la boca abierta aunque el significado final o el mensaje global se me escapen.

Me da igual. No hay nada más claro en este mundo que el "mensaje global" de Avatar. Puedo vivir sin él. Pero no sé si podría vivir sin las cortinas de luz que entran por las ventanas de los hermanos Coen.

2 comentarios:

Gata Vagabunda dijo...

Hala, ¡qué pedazo de ensayo te has currado sobre "Barton Fink"!

A mí me encanta la película. Completa, toda ella, también con lo que a ti no te gusta.

Por cierto, algunas de las claves que das aquí son fundamentales -creo- para disfrutar "A serious man". En especial, las que mencionas sobre la construcción del ritmo y sobre la profundidad de sus películas. (Yo no creo que sean cortinas de humo, pero entiendo lo que quieres decir). ¿La has visto?

Un biquiño

K dijo...

Me quedó largo, ¿verdad? No pude evitarlo (y eso que me corté, podría haber seguido, qué diarrea verbal). Todavía no he visto A serious man, aquí no hay v.o. así que me espero a poderla ver en dvd. Qué remedio. Pero tengo muchas ganas.