10 febrero 2010

Un fragmento

Sally y yo, utilizando la materia humana de que todos estamos hechos, nos habíamos esforzado para poner nuestro matrimonio a salvo de cualquier contingencia. La otra característica de los segundos matrimonios —a diferencia de los primeros, que solo requieren un ferviente impulso y hormonas sin travestismos— es que necesitan buenas razones para existir, motivos que es preferible estudiar minuciosamente y entender bien de antemano. Sally y yo llevamos a cabo sendas introspecciones cuando yo aún vivía en Haddam y, cada uno por nuestro lado, llegamos a la conclusión de que el matrimonio —del uno con el otro— prometía más posibilidades de felicidad para ambos de lo que cabía imaginar, y de que ninguno de los dos albergaba dudas sobre las cosas adversas de la vida (la enfermedad, la compartiríamos; la muerte, la esperábamos; la depresión, la trataríamos), y que cuanto más tiempo tardáramos en decidirnos menos tiempo tendríamos para pasar momentos inolvidables. Cosa en la que, por lo que a mí respecta —y me consta que Sally pensaba lo mismo—, acertamos plenamente.

Lo que equivale a decir que hicimos el agradable juego de prestidigitación de compartir la edad adulta. Renunciamos formalmente a nuestra personalidad de solteros. Generalizamos el pasado en beneficio de una pulcra mentalidad de segundo acto que ponía de relieve que la vida se reducía precisamente a su aspecto más visible. Reconocimos que los sentimientos sólidos eran superiores a la felicidad original, y prometimos no preguntarnos nunca si nos queríamos de verdad, de verdad, en el convencimiento de que la afinidad era amor: y nosotros teníamos afinidad. Hicimos hincapié en los matices y propugnamos que éramos lo que parecíamos. Comprobamos que nos portábamos bien en la cama y que la ausencia de intimidad solía ser autoimpuesta. Mantuvimos a nuestros hijos a cautelosa pero (al menos en mi caso) positiva distancia. Dejamos de resaltar el llegar a ser en beneficio del ser. Renunciamos de forma permanente a la melancolía y la nostalgia. Hacíamos cosas absurdas a propósito, como ir en avión a Moline y Flint y volver en el día porque éramos "arqueólogos". Pedíamos menús de Acción de Gracias y Navidad en determinados restaurantes de la autopista de peaje. Pensamos en comprar un refugio de animales de compañía en Nyack, un pequeño hotel en New Hampshire.

En otras palabras, pusimos en práctica lo que el gran novelista dijo sobre el matrimonio (aunque nunca llegó a descubrir el genoma matrimonial). "Si alguna vez me caso", escribió, "haré como si la vida me importara más que ahora". En lo que se refiere a Sally y a mí, teníamos la vida en mucha mayor estima de lo que nunca habíamos imaginado. Para decirlo de la manera más sencilla posible, nos queríamos de verdad y no nos hacíamos muchas preguntas.


Richard Ford, Acción de Gracias, (The lay of the land, 2006, publicado en Anagrama en España en 2008, traducción de Benito Gómez Ibáñez.)

Así me gustaría escribir a mí. Pero cada uno tiene lo que tiene, supongo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Quizas no venga a cuenta este comentario, pero alguien me regalo hace tiempo un link a tu blog, lo accepte, lo lei e incluso alguna vez me atrevi a comentar ( soy persona de pocas palabras).
Hoy, revisando mis favoritos me dio por entrar, leer alguno de sus pasajes. Ohhh Sorpresa entradas en el 2010.
Gracias por volver

k dijo...

Claro que viene a cuento, me hacen mucha ilusión los comentarios, así que te doy la bienvenida. Gracias por venir (o por volver) y por comentar. Un saludo.

Anónimo dijo...

Es verdad que el texto es una joya. Gracias por descubrírmelo.
Y si cada uno tiene lo que tiene, tú tienes "algo". Créeme. Me alegra tu vuelta.

k dijo...

Anónimo, me abrumas. Debería decir que no acepto halagos de desconocidos (es lo que me enseñó mi madre).

NoSurrender dijo...

La verdad es que Ford escribe de puta madre. Mezcla las tripas con el corazón y con la razón de una manera tal que no te deja más que rendirte.

Acción de gracias aún aguarda en la estantería, pero el anterior Dia de la Independencia me dejó muy impresionado: hablaba de mí tantas veces.

K dijo...

Me parece, lagarto, que Acción de Gracias habla aún más. Y seguirá hablando.