15 diciembre 2006

Soltando gas del freno


Se me agota la ventana, pero no las ganas de estar aquí sentada, de oír el sonido de las teclas, tengo quehacer, corregir unos exámenes, no me llevará más de una hora, he quedado para salir pero hace demasiado frío y mañana tengo que madrugar, los chicos comprenderán y de todos modos no estoy segura de que me consideren una buena compañía, una tía con novio, la novia de un amigo no es buena compañía para dos solteros de más de treinta (y cinco) con afición a emborracharse por pereza para hacer algo más interesante, o tal vez por miedo a volver a encontrarse un no, o tal vez porque ya no estamos en edad de buscar parejas por los bares, o quién sabe.

En fin, que hay que levantarse de aquí porque si no el frío hará suyos tus pies y tus manos, ni siquiera pongo música, me siento fuera del mundo, fuera de mí, debería haber ido a comprar los regalos de navidad, no tengo tiempo, no podré hacerlo, tendré que darme un baño de multitudes el sábado por la mañana contra reloj, este año no acertaré con los gustos porque será más importante el esto mismo que el esto concretamente.

Se trata de ejercitarse, de dejar que los dedos vuelen, los ojos impávidos, la mente casi en blanco, tan en blanco como el resto de esta imitación de papel blanco que se dibuja en la pantalla por debajo de las letras negras que van apareciendo sin dar tiempo al cursor a parpadear, sin dar tiempo a la idea a ordenarse, sólo escribir, escribir como, uf, las nubes en el cielo, uf, los barcos en el mar, uf, qué espanto.

Porque en realidad no tengo ganas de centrarme, no tengo ganas en absoluto de agarrarme a un personaje y llevarle al fin de la historia de la mano, no tengo ganas de hacer un esquema con un principio, un medio y un final, hacer una persona, ponerle un nombre, hacer que le pasen cosas, que sufra y ría y llore y se enfade y tenga un accidente de tráfico y se quede sin trabajo y sin novia, el mundo está lleno de Johnnies y Maries que

baby, are born to run.

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