08 marzo 2007

Una oferta que no podrás rechazar

Una vez me definí a mí misma en este mismo sitio como una "cinéfila descarriada". El descarrío se puede constatar fácilmente en la ingente lista de películas imprescindibles que no he visto.

Como sabéis los que venís por aquí a menudo, estoy poniendo arreglo a ese desaguisado. Despacito, que las prisas no son buenas.

El fin de semana tocaba El Padrino. Que nadie se mese los cabellos, más vale tarde que nunca.

El caso es que la tenía en divx desde hace más de tres años. En dos cedés. Un sábado tranquilo después de cenar, sofá, ninguna gana de salir a tomar copas ni cosas de esas. ¿Qué mejor opción que ver por primera vez El Padrino con treinta y tres años?

Así que meto el disco y doy al play. Allá vamos.

Me encuentro con una historia que me va atrapando en cada plano con más fuerza, hasta que llega un momento en que todo mi ser está pendiente de esa pantalla y ese altavoz.

Y entonces, el desastre.

Tomaba las riendas de la familia Michael yéndose a Las Vegas a proponerle a Moe Greene un negocio irrenunciable, se enfrentaba con el lechuguino de su hermano Fredo, cuando el disco dijo "y hasta aquí puedo leer".

No hubo manera de que siguiera adelante.

Me fui al videoclub de enfrente. Podía ocurrir el milagro. Pero no ocurrió. El cajero automático no sabía nada de la familia Corleone.

Tuve que esperar hasta ayer para tener tiempo y preguntar en el mostrador. ¿Tienes El Padrino?, le pregunté a la dueña, ansiosa. Se puso a buscar en el ordenador con toda la parsimonia que se le puede suponer a una dueña de videoclub de barrio periférico de ciudad de provincias (y aún alguna más). Finalmente dijo "sí". Intentó memorizar la referencia de la película (y lo hizo mal, porque juro por mis muelas que cambió un seis por un siete) y se dirigió a la estantería donde guarda las películas.

Aquí no está, a ver si aquí… Aquí tampoco, a ver si aquí… Ah, aquí está, dijo, metiendo un dvd en una cajita azul. Y leyó en voz alta: El Padrino, Segunda parte, disco 1. Yo le dije, no, la que yo quiero es El Padrino, la primera. La segunda también me la llevaré, pero primero quiero ver la otra. Ah, dice, ¿no es ésta? Y repite: El Padrino, Segunda parte, disco 1. Podéis creer que sucedió tal como lo cuento. Incluso puedo juraros que la cosa se alargó todavía diez minutos más. Al final, por no soltarle una voz, le dije que iba a hacer un recado y que la buscara tranquila. Volví al cabo de una hora y diré en su descargo que me la había encontrado y la había apartado. Y me dijo, la pobre, ¿te puedes creer que la tenía delante?

En fin. Odiseas aparte, por fin esta noche he podido verla. He sido incapaz de irme a Las Vegas, claro. La he vuelto a ver entera desde el principio, otra cosa habría sido una cutrez imperdonable. De paso, aprovechando la tecnología, ya la he visto en versión original y todo lo demás. Todavía no he visto una película que gane con el doblaje (animalada que leí el otro día no sé dónde).

Poco puedo decir que no se haya dicho cientos de veces. Sólo puedo hablar de mis propias impresiones. En la segunda visualización me ocurrió lo mismo que en la primera, sólo que más. Porque ya empecé a ver esos detalles que sólo se ven cuando ya sabes de qué va la historia. Al empezar a ver a Buonasera pidiéndole al Don el favor el día de la boda de su hija, se me pasó por la cabeza que tal vez me aburriría. Nada más lejos de la realidad. En tres minutos estaba metida hasta las corvas otra vez en la ficción.

Lo más enorme, el personaje de Michael. Me quedo con una escena pequeña, en primer plano, donde asistimos al encuentro conmovedor entre el padre y el hijo. Michael, ayudado por la enfermera, cambia la cama de su padre de cuarto en el hospital, tomando las riendas de una situación inesperada. En esta secuencia, aunque ya lo sabíamos, vemos cómo Michael es el único de los hijos de Vito Corleone que va a ser capaz de tomar el relevo. Con toda la sangre fría del mundo llama a su hermano Sonny, convence a la enfermera para trasladar la cama, envía al pastelero a vigilar la puerta del hospital y vuelve junto a su padre. Y le dice "Estoy contigo ahora. Estoy contigo". La lágrima que resbala por la mejilla del Don lo dice todo y no hace falta que yo diga nada más.

Aunque me gustaría.

5 comentarios:

fanshawe dijo...

Lo mismo que tú. Sentí lo mismo que tú. Siempre hablo de la misma secuencia. La misma que tú, joder, la misma...

K dijo...

A veces estas cosas pasan. Y cuando pasan, es la hostia.

billywild dijo...

Esa secuencia es tremenda. Es El Padrino en estado puro. A todos nos gustaría decir mil cosas de esta saga, a todos.

Qué grande es encontrarse con obras maestras la primera vez! Me alegro por ti.

Otis B. Driftwood dijo...

Yo no estoy del todo de acuerdo con vosotros ;-) Habré visto El Padrino n veces, donde n tiende a infinito, y me quedo con una escena, que es justo después de la que decís, y con la secuencia siguiente. La escena: Michael sale a la calle a ver cómo está Enzo, a quien ha puesto a vigilar la puerta. Cuando ha pasado ya el coche de los asesinos, Enzo, temblando como una hoja, saca un cigarrillo y se lo lleva a los labios. Abre su mechero de gasolina e intenta encenderlo, pero el temblor le impide rozar la piedra como debe. Es un plano en el que solo se ven las manos de Enzo temblorosas. En ese momento aparecen otras, calmadas, frías, seguras. Michael toma el mechero y de un solo golpe lo enciende.

Un par de secuencias más tarde, vemos el despacho de Vito. Los hermanos, junto con Clemenza y Tessio, están discutiendo qué hacer al respecto. Tom Hagen intenta convencer a Sonny de que no tome venganza inmediata y que espere a ver cómo evolucionan los acontecimientos. Sonny, enfurecido pero desorientado, acaba por estar de acuerdo con lo que dice Tom. En ese momento Michael, que está sentado en la butaca de su padre, en el centro del plano, con la cara hinchada (el capitán McCluskey se la acaba de cruzar pero bien), dice "We can't wait. We can't wait". Y, sin levantar la voz, pergeña su plan para eliminar a McCluskey y a Solozzo, mientras la cámara se le va acercando lentamente hasta dejar a todos los demás fuera de cuadro. Es en ese momento cuando te das cuenta del poder que emana de esos fríos ojos, de que Michael, que siempre quiso estar fuera, no sólo ha entrado casi por la fuerza en la oscuridad de la familia, sino que de hecho se ha erigido en su jefe sin tener que levantarse de la silla.

"Calofríos" que me entran, oigan.

Consejo de amigo: cómprate el pack dvd con la trilogía y vuelve a verla (las veces que quieras). Pero al menos, una de esas veces, pon como banda de sonido los comentarios del director. Creo que es la única peli que me he visto entera (la trilogía completa) con el dire de fondo contando por que hizo esto así o asá. De hecho, Coppola nunca quiere hablar de El Padrino en sus entrevistas, porque según él todo lo que tiene que decir sobre la trilogía está justamente en esos comentarios del dvd.

Me voy a dormir, que me caigo.

K dijo...

Cada una de las secuencias de la película es impresionante. Es una de las películas más perfectas que he visto en mi vida en ese sentido: no sobra ni un plano, cada secuencia aporta una información sobre la trama y los personajes que hacen que cada vez crezca más y sea más redonda.

También me gustaron las que comentas, y algunas más, o sea, todas, me parece. Como esa en la que Clemenza alecciona a Michael sobre cómo debe hacer para matar a Solozzo y McClusky y le pregunta ¿qué harás después de matarlos? y Michael con media sonrisa (de mandíbula rota) contesta "sentarme y acabar mi cena". Y... y... y... continuará.

Gracias por el consejo, Otis, pienso seguirlo (viaje a Madrid, lilolilo...)